Entre la celebracin y el escarnio: mujeres contestatarias (1890-1900)
Dora Barrancos

Quando nasci, un anjo esbelto desses
que tocam, trombeta, anunciou:
vai carregar bandeira.
Cargo muito pesado pra mulher,
esta espcie ainda envergonhada.
Adelia Prado, Bagagem

Reconocimiento, aplauso, homenaje, celebracin / burla, mofa, ridculo, escarnio. Pueden continuar as acumulndose polarmente los sentimientos de este final decimonnico que arrancan las mujeres, especialmente las que alteran lo cotidiano. La heterogeneidad de ste puede llegar a un cierto paroxismo, por ejemplo con las lavanderas que se animan a caminar probablemente bajo un calcinante sol a principios de 1895 hasta la sede del gobierno municipal porteo, reclamando contra la distancia que deben recorrer y por el precio que deben pagar para acceder a los lavaderos pblicos.1

Es imaginable la sorpresa de los transentes y hasta podemos calcular las caras azoradas que dan luego lugar a la mueca burlona y hasta al comentario despectivo. Es tambin probable que quienes ya se sienten tocados por un irreprimible impulso identificacin con sus iguales, en nuestro amanecer del proletariado, al verlas, adhieran con simpata a su movimiento, tal como lo hace la prensa doctrinariamente adicta que aplaude la inusitada manifestacin de las lavanderas.

Pero tambin la gran prensa debe, finalmente, curvarse ante la protesta. No otra cosa significa que su petitorio merezca un lugar en aqulla, lo que permite enterarnos de la casi impecable lgica que impulsa su razonamiento. Expulsadas del ro tras el justificativo de mejorar la higiene pblica, las lavanderas en cuyo nombre se expresan Catalina Costa, Catalina Buzzini, Rosa Gauna, Juana Echevarra y Mara Mazoqui responden que al hacernos retirar del ro y vindonos obligadas a ganar el sustento para nuestros hijos, tenemos que lavar en nuestras viviendas, que generalmente son en esas casas de vecindad habitadas por mujeres de nuestro oficio, donde nos vemos obligadas a aglomerar sobre la pobreza en que vivimos, las inmundicias de las aguas servidas del lavado, que tras de la miseria vendr sobre nosotras y nuestra familia la epidemia de la enfermedad por falta de condiciones de higiene.2 A lo que agregan, reclamando por la distancia de los lavaderos habilitados: Medite el seor Intendente,cul es ms saludable y ms higinico, dejar sin amparo a quinientas familias cuyo nmero mayor de hijos tienen que dejar abandonados, expuestos al pillaje y la holgazanera y amenazados por el porvenir de un estado miserable? Esta vez la nota se libra secamente a la consideracin pblica, lo que no es habitual.

El movimiento pendular relativo a la valoracin de las mujeres que se exponen a actos no previstos para el gnero, como se ver, no es patrimonio apenas de las tendencias conservadoras de la sociedad argentina, cuya mirada sobre lo femenino es justamente un recurrente traqueteo entre la cspide y el abismo.

Como se sabe, el fin de siglo es particularmente neurovegetativo sobre el gnero, condenatorio o absolutorio segn corresponda, y esta extrema oscilacin suele no economizar siquiera a las vanguardias ideolgicas que abrazan su condicin. Me ocupar de algunas circunstancias donde asoman las conductas irruptoras de mujeres cuya condicin de trabajadoras, o de familiares de trabajadores, las lleva a una vinculacin con el socialismo, circunstancias en las que pueden observarse los contrapuntos valorativos de los juzgamientos. Como se recordar, la nueva fuerza poltica, cuya entera conformacin se logr en 18963 termin inscribindose en la tradicin reformista o revisionista si se prefiere segn la cual la transformacin que altera las relaciones capitalistas slo es posible mediante la paulatina evolucin de las instituciones. Sin embargo, los pasos iniciales del socialismo en el pas no desconocieron la presencia de organizadores y militantes ms radicalizados provenientes sobre todo de las filas obreras junto a las conocidas figuras intelectuales que optaron por frmulas revisionistas, de acuerdo con la atmsfera de la Segunda Internacional. A pesar de que el Partido Socialista torn cada vez ms enftico el tono de la reforma social y poltica, permaneci una corriente obrerista que se empe en desarrollar los organismos de resistencia entre el naciente proletariado. A ella le debe mucho la asociacin inaugural de las trabajadoras.

Es sobre todo en esos primeros aos de experiencia socialista a lo que debe agregarse el fermento notable del anarquismo, cuya radicalidad le asegur indiscutible hegemona entre los sectores trabajadores ya entrado el nuevo siglo que discurre un persistente discurso a favor de la liberacin femenina en la prensa partidaria.4 Desde la temprana publicacin en forma de entregas de uno de los ms famoso textos provenientes de la socialdemocracia, La mujer y el socialismo de Augusto Bebel5 hasta la serie dedicada a encomisticas biografas de las mujeres de la Revolucin Francesa, ambas a cargo de La Vanguardia durante 1897, hasta la prdica a favor del mejoramiento de la condicin femenina, que suele tener constancia en la publicacin, todo habla a las claras de la importancia concedida al problema.

Es cierto, ello transcurre dentro de las tensiones propias del discurso prerrogado6 caracterstico del momento, fenmeno del que se revelan ejemplares las escenas que el destacado militante Adrin Patroni crea en La mujer de un socialista,7 narrativa en la que despus de algunos forcejeos una mujer, antes reprobadora, acepta la inscripcin socialista de su marido, un obrero con quien habita en el suburbio. El texto, como tantos de los que persiguen elevar la conciencia de los trabajadores, incluye a otra mujer ya convertida a los ideales socialistas, que empuja a la que es renuente a aceptarlos utilizando hasta prrafos del propio Bebel.

Ciertamente es en la prensa socialista y anarquista, y en la enrolada a alguna forma de librepensamiento, que el arco a favor de la causa femenina se tensa todo lo que permite el momento histrico, si bien ello tambin tiene sus excepciones en lo atinente a un espinoso problema: la incorporacin masiva de las mujeres en la manufactura y la industria donde es tradicional la fuerza de trabajo masculina. Algunas corporaciones sobre todo las que constituyen la aristocracia obrera sern decididamente opuestas a la concurrencia femenina, sabidamente los grficos,8 y la burla puede ser entonces la manera ms rpida del juicio descalificante.

Sin embargo, la prensa poltica del socialismo se cuida de menear este tipo de contradicciones y evita poner lea en la hoguera; ms bien seala las causas sociales que obligan al trabajo femenino y denuncia los atropellos que padecen las trabajadoras. Tratndose de stas, la prensa socialista constituye, junto con la anarquista, un dique contra la burla y el menoscabo.

Esta tradicin ya sido expresada de manera peculiar, entre otra prensa contestataria, por el peridico El Obrero, dirigido por German Ave Lallemant. La publicacin no vacila, por ejemplo, en reconocer el valor contestatario de Rosa una jovencita casi una nia quien en abril de 1892 ha incendiado el taller grfico donde trabajaba, seguramente harta de humillaciones,9 aun cuando seguramente sus propios compaeros juzguen una locura la hazaa. El gesto contestario a ultranza de Rosa recibe, pues, magnanimidad en esta prensa, magnanimidad casi celebratoria.

Otra circunstancia vivida en las pginas de El Obrero es salir al paso de ciertos desenfados burlescos contra la condicin femenina registrados, al parecer, por el diario El Argentino.10

Sin embargo, no faltan los repliegues hacia la orilla de la mofa estrepitosa cuando se trata de cuestionar algunas propuestas osadas en materia de diversificacin de las oportunidades formativas. Tomemos el ejemplo que se nos ofrece en abril de 1897 cuando aparece la iniciativa de abrir una Academia de Contabilidad y Mercantil para seoras (sic). LV en realidad satiriza a su promotor, de nombre Csar Mausero, a quien lo ve ridculo en su papel de favorecedor del desaparecimiento de las tareas manuales femeninas. Obviamente, le asigna un grosero inters mercadolgico que no tiene escrpulos.11

El contrapunto entre el reconocimiento y la chanza tiene una oportunidad singular cuando las costureras deciden formar su agremiacin. Es bien sabido que fue la corriente socialista la que impuls precozmente su entidad. El nombre de Mara Mauli, la compaera de Carlos Mauli, una figura de talla en las luchas gremiales del momento, suena alto en el empeo de llevar los ideales socialistas a las trabajadoras.

En enero de 1895 parece cuajar definitivamente la tarea que Mara ha venido ejerciendo entre sus compaeras - que incluyen entre otras a Fortunata Morel de Bern, Mara Viani, Josefa de Varela, Rosa Alvarez, Mara P. de Reinoso, Mara Godoy, Luca M. Gonzlez, Teresa Alvarez, Mercedes Mausele, Carmen Almaya y se realiza la reunin constitutiva con ms de 200 asistentes, segn la prensa partidaria. La asamblea alcanza momentos notables; se propone que adems de los reclamos salariales y mejores condiciones de trabajo, pueda contarse con un sistema de ayuda mutua para amparar la salud. Hay tambin una propuesta de crear una cooperativa de produccin para las socias. Pero es evidente que duras desavenencias sobrevienen a causa del perfil definitivo de la nueva asociacin y ello no permite que la comisin emergente cumpla su cometido. En realidad se trata de un choque entre dos posiciones: la liderada por Mara Mauli a favor de una asociacin definida sin tapujos por el objetivo de la resistencia, y la encabezada por Mara Reinoso que preconiza esencialmente una entidad de socorros mutuos. Es evidente que se llega a un cierto armisticio y adherentes de ambas frmulas resultan electas para la conduccin gremial.

Las desinteligencias estallan y se expresan en una nueva asamblea; los perfiles femeninos resultan ntidos. Mara Reinoso exclama: Compaeras: nada de gritos subversivos, y a su propuesta de una Sociedad de Socorros Mutuos se le interponen Fortunata Morel de Beron, Mara Mauli y seguramente otras voces. El clima alcanza toda su tensin cuando algunos grupos abandonan la reunin en medio de palabras hostiles.

Finalmente se impone la lnea ms radicalizada y surge la comisin directiva de la Asociacin Cosmopolita de Obreras Costureras con los nombre de Mara Viani como Presidenta, de Mauli como secretaria, de Concepcin Molinero como pro secretaria y de Fortunata Morel de Beron como tesorera. El comunicado que sueltan revela su determinacin: Debemos rechazar dicen a los que nos recomiendan el trabajo como virtud, cuando ellos no hacen otra cosa que divertirse en bailes y fiestas. No nos hemos asociado para formar una escuela de templanza, que no la necesitamos.12 Y en cuanto al clima de la gran prensa que ha reseado burlescamente nuestras asambleas so pretexto de que estas no han sido muy ordenadas, debis comprender que en todas las sociedades hay desrdenes ms o menos repetidos, limitndose en nuestro caso a que durante un rato muchas hablaban a la vez. Si ha habido algunos desrdenes contina nos enaltecen por las causas que los han promovido. No hemos podido ver sin protestar -contina la nota- que algunas compaeras mal aconsejadas pretendan desnaturalizar los fines de nuestra sociedad []. La indignacin provocada por esta tendencia nos parece muy justa.

Es que La Prensa se ha ocupado largamente de los hechos, titulando como asamblea borrascosa,13 e incidentes la crnica, ciertamente puntillosa, que se encarga de difundir el desorden, ruidoso en extremo de la asamblea de las costureras.

Infinitas veces se reclam orden, no obtenindose nada que fuera parecido a esto. Las escenas de asambleas de mujeres y adems trabajadoras deben, seguramente, constituir un revulsivo para la mentalidad del momento, y si a ello se agrega la estridencia de la compulsa de opiniones, esa redoble suena a transgresin lamentable que conviene rebajar con la chanza, algo ms duro que el tono directo de la recriminacin.

En contrapartida, las mujeres que consiguen como las costureras marchar osadamente hacia la renovacin encuadradas en los ideales del socialismo obtienen, bajo ciertas circunstancias, la admiracin celebratoria de los compaeros de causa. No otra cosa ocurre con la participacin de la joven Luisa Pizza que por primera vez habla en nombre del gnero en un acto pblico del socialismo.

Poco sabemos de la muchacha, probablemente familiar de Miguel Pizza una destacada figura de los albores partidarios, de extraccin obrera y parece evidente que su gesto, en aquel 1 de Mayo de 1896, si ha incendiado los corazones tambin se ha consumido en ese acto, como las minsculas forjas que no ingresan a la historia.

El socialismo conmemora la fecha con una fiesta campestre en la quinta Los Leones, en los Corrales Viejos (donde se emplazaba el antiguo matadero porteo) y slo estn previstos discursos masculinos. Hacia la tarde, llam mucho la atencin dice la crnica de LV el hecho de que una seorita, tomando una bandera roja, ocupara la tribuna. Era Luisa Pizza quien dijo estas pocas palabras elocuentes: Compaeros, la causa del socialismo no es, ni debe ser, la causa del hombre solamente. Tambin las mujeres debemos ser socialistas. Os invito a que demos un viva al 1 de mayo y al socialismo.14

Como no poda ser de otro modo, la nota agrega: Fue calurosamente aplaudida. Las palabras de Luisa son el detonante para que los asistentes se encolumnen y busquen en manifestacin la salida hacia la calle a cuya cabeza van cuatro muchachas portando las banderas rojas. El espectculo conmueve, la participacin femenina resulta excelsa. No ocurre otro tanto cuando se escucha en noviembre de 1896 a Vitalina Pachecho o se asiste a la conferencia de Cipriana Cardala en Barracas, en mayo de 1897, que desarrolla las relaciones entre la mujer y el socialismo? Y no hay, por ventura, que conceder un buen lugar en el peridico, de todo reconocimiento, a las quejas de Eugenia Parquet, la camisera que denuncia las condiciones de explotacin del trabajo a domicilio, y lo que soportan por aadidura, esto es, las burlas de la gente bien que hacen sprit con las pobres costureras que tienen que atravesar las calles con sus atados a la cabeza?15

Propongo, finalmente, el examen de otro escenario unos aos ms adelante, para corroborar que ciertas osadas de las compaeras pueden, sobrepasando el sarcasmo, redundar en respeto.

Se trata esta vez de un mbito institucional socialista, en el seno mismo del movimiento obrero organizado. Es conocida la circunstancia de que las organizaciones de los trabajadores consiguieron una central unificada con la Federacin Obrera Argentina surgida en 1901 que prometa saldar las diferencias ideolgicas entre anarquistas y socialistas. Es tambin sabido que ya a fines de 1902 la ruptura resultaba inevitable. En marzo de 1903, los socialistas se separaron definitivamente y originaron la Unin General de Trabajadores UGT en cuyo Comit Ejecutivo Nacional se hizo participar a Cecilia L. de Baldovino, representando la recin creada Unin Gremial Femenina.

Cecilia haba tenido una aquilatada actuacin como organizadora de las obreras. Su compaero, Luis, tuvo destacada participacin en los inicios del partido contribuyendo a la organizacin de los trabajadores; por algunos aos, fue secretario de la agrupacin de Obreros en General, su representante ante la FOA, y naturalmente adherente de la recin surgida UGT. Pocas veces reparamos en que los mritos militantes de Cecilia, seguramente, debieron ser reconocidos, una vez que la nueva central le cedi un lugar en la cpula dirigente al conferirle las tareas de Tesorera.

Las reuniones de la UGT cuentan con las representaciones directas de cada nucleamiento, de modo que Emeteria Boria primero, Magdalena Rosolli despus, y Clementina Forti ms adelante en representacin de la Unin Gremial Femenina todas completan el diminuto cuadro de la presencia femenina en esas reuniones, siempre nocturnas, de la central obrera socialista.

A poco andar, Cecilia coloca objeciones sobre la manera en que andan las cosas. Es muy probable que no est de acuerdo con ciertos manejos del Comit, sobre todo en lo que respecta a la posibilidad de engaos sobre la representatividad efectiva de algunos nucleamientos. En la sesin del 3 de junio de 1903 Cecilia se manifiesta: [La Tesorera] hace constar que de las 28 sociedades

que mandaron su adhesin [] slo 17 han abonado sus primeras cuotas, no estando los dems, por consiguiente, adheridas de hecho, segn prescribe los Estatutos de la Unin en su Art. 10.16 Pero la voluntad de sus compaeros determina que esa cuestin debe quedar aplazada, hasta que se haya normalizado la marcha de la Unin. Cecilia se anima a enfrentarlos y enva circulares a todos los organismos reclamando la cuota, so pena de no ser reconocidos en la central, y la tormenta se desata.

En la sesin del 1 de julio el tumulto es de consideracin. Una buena mayora apoya la mocin de Basilio Vidal para que se suspenda a la compaera Cecilia S. de Baldovino en el ejercicio de sus funciones [] hasta tanto no se retracte en una asamblea convocada al efecto del acto de indisciplina cometido, pasando por una resolucin del Comit Nacional y de la Junta Ejecutiva de la UGT.17

Dgase de paso que los nicos que aprueban una censura simple a la conducta de Cecilia son los obreros pintores, de la Capital y de San Nicols. Una bien explicada abstencin parten de su compaero, Luis Baldovino y de la compaera Roselli de la UGF, a quienes se unen los estibadores del puerto de La Plata.

El temperamento de Cecilia puede medirse por su conducta en la sesin siguiente. Sigamos el registro del obrero Lazola, secretario de actas: Se discute el proceder de la Tesorera con motivo de haber pasado varias notas poniendo en malas condiciones a la Junta Ejecutiva y al Comit Nacional: estando presente dicha compaera toma la palabra y lejos de retractarse confirma sus actos se entabla una acalorada discusin y la compaera Baldovino vuelve a faltar al Comit Nacional tratanlos (sic) de mistificadores y ambiciosos (sic) presentando su renuncia y retirndose de la sesin.18 El gesto determinado de Cecilia crea una impasse; es necesario resolver algo que, finalmente tal vez sin que sus promotores lo imaginen dar el triunfo a la osada Tesorera al imponerse la siguiente mocin: En vista de que la compaera Baldovino no se ha retractado e insiste formulando cargos hirientes y calumniosos [] que se pasen los antecedentes a las sociedades adheridas y que procedan en consecuencia  por medio del voto general.19 A lo que se agregar: que la compaera Baldovino contine suspendida hasta que se pronuncie el voto general al respecto.20 Esta pequea guerra de Cecilia tiene un final interesante: el voto general segn la tradicin sindical, un hombre, un voto la confirm como Tesorera con 431 adhesiones y le permiti ocupar el quinto lugar entre los siete ms votados.

La manera en que quedaron registrados estos hechos puede reconducirnos a la dicotoma valorativa de los gestos femeninos, en esa bisagra de los dos siglos. Creo que la constancia de las expresiones de esta militante, agraviantes para la conduccin masculina y resumidos en mistificadores y ambiciosos, patentiza la pendularidad con que es tratado el gnero. Al consignarlas obra una suerte de sarcasmo que convive con una secreta admiracin celebratoria.

Notas:

La autora agradece la cooperacin de Nicols Iigo Carrera y de Mario Gasparri por haber permitido el acceso a la biblioteca particular del Dr. Nicols Repetto y a la documentacin relacionada con la Unin General de Trabajadores (1903-1905) que se encuentra en la CGT, respectivamente. A la Biblioteca del Congreso de la Nacin, otro tanto.

1. A fines de 1894 la Municipalidad de Bs. As. aleg insoslayables cuestiones de higiene para impedir que las lavanderas siguieran trabajando en el Ro de la Plata, en la regin cercana al Paseo de Julio (hoy Av. Leandro Alem). Se vieron obligadas a pagar un tributo de $0.07 por el uso de los lavaderos habilitados en Bs. As., alejados de sus domicilios. En gran medida las obras del nuevo Puerto Madero estaban avanzadas; probablemente fue causante de la ordenanza.

2. La Prensa, 27-1-1895

3. El Partido Socialista Obrero Argentino, que ms adelante ira a reconocer continuidad como Partido Socialista, tuvo entre sus conocidos antecedentes los esfuerzos de algunos grupos refugiados de la Comuna de Pars que constituyeron la asociacin Les Egaux, un grupo de italianos que formaron el Fascio dei Lavoratori, y el ncleo fundador del Club Vorwaerts (compuesto de trabajadores alemanes), adems de otros ncleos locales incluidos algunos agrupamientos del interior. Entre las primeras manifestaciones pro socialistas se encuentra la participacin de una delegacin argentina al Congreso de Paris (1890) del que emergieron impulsos decisivos para la formacin de la Segunda Internacional.

4. Ver especialmente Charles Sowerwine, Les femmes et le soscialisme, Paris, 1978; Richard Evans, The Feminist Movement in Germany, London, 1976; Patrice Hilden, Working Women and Socialist Politics in France -1880-1914. A Regional Study, Oxford, 1986.

5. Se tiene la certeza de que el libro de A. Bebel fue uno de los que alcanz mayor difusin, al punto de convertirse en un best seller. De acuerdo con Franco Andreucci, A difusao e a vulgarizacao do marxismo, entre 1879 y 1913 hubo 53 ediciones del libro y su traduccin se realiz en 11 idiomas. En E.J.Hobsbawm (Ed), Histria de marxismo, V. II - Ro de Janeiro, Paz e Terra, 1982

6. Me he ocupado del discurso prerrogado, o concedido, en El contrafeminismo del femeninismo anarquista. Anarquismo, educacin y costumbres en la Argentina de principios de siglos, Buenos Aires, Contrapunto, 1990.

7. La Vanguardia (en adelante LV.)5-6-1897. Entre los hechos que han convencido a Juan, el protagonista, es haber asistido a un acto en un saln repleto de espectadores y entre estos muchas madres de familia con chicos.

8. La posicin adversa de los grficos al ingreso de mujeres a los talleres es un dato universal. La mirada crtica, aunque no reaccionaria del socilogo J. Delevsky detect los conflictos obreros al mismo tiempo intergenricos en numerosas huelgas de diversos grupos de trabajadores en Inglaterra, Estados Unidos, Blgica, Alemania y su propio pas, Francia. Se hace cargo de testimonios como el de Lily Braun quien en Die Frauen frage asegura que en el dominio del trabajo proletario el hombre pude ser considerado como un enemigo de la mujer, aunque consideraba que esa circunstancia proceda de las necesidades econmicas. Ver de este autor Antagonismes sociaux et antagonismes prolttariens - College Libre des Sciences sociales - Paris - M. Giard ed. -1924.

Para la oposicin al trabajo femenino en Uruguay remito a Yamand Gonzlez Sierra,Obreras, madres o prostitutas? La cuestin femenina en el Uruguay de fines del siglo XIX - Informe Beca del Programa de Formacin e Investigacin sobre la mujer - CLACSO

9.  El Obrero,9-4-1892

10. Ver La comunidad de mujeres, El Obrero,26-5-1894

11. LV 3-4-1897

12. LV l6-2-1895

13. La Prensa, 4-2-1895

14. LV 9-5-1896

15. El trabajo de la mujer de Eugenia Parquet, LV 15-5-1897

16. Libro de actas UGT - 3-6-1903

17. Libro de Actas UGT - Sesin 1-7-1903

18. Libro de Actas UGT - Sesin 16-7-1903

19. nfasis mo.

20. Libro de Actas UGT, Sesin 16-7-1903. Es evidente el clima tenso de esta sesin: esta mocin aprobada no constaba y debi incluirse cuando se realiz la lectura y aprobacin del acta en la sesin siguiente.

Fuente:
Fletcher Lea (Comp) (1994), Mujeres y cultura en la Argentina del siglo XIX, Buenos Aires, Feminaria Editora.