Prólogo

Norbert Elias

 

Fuente: El Proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, FCE, 1989

 

            El objeto de esta investigación son formas de comportamiento que se consideran típicas del hombre civilizado occidental. La cuestión que tales formas de comportamiento plantean es bastante simple: los hombres de Occidente no se han comportado siempre del modo que hoy acostumbramos a considerar como típico suyo y como propio de los hombres “civilizados”. Si uno de nuestros contemporáneos occidentales civilizados pudieran regresar a un periodo pasado de su propia sociedad, por ejemplo, el periodo feudal medieval, encontraría en él mucho de lo que esta acostumbrado a considerar  como “incivilizado” hoy en otras sociedades. Su reacción apenas se diferenciaría de lo que hoy le producen las formas de comportamiento de los hombres de sociedades feudales fuera del ámbito occidental. Según fueran su situación y sus inclinaciones, nuestro contemporáneo se sentiría, a veces atraído por la vida salvaje, sin trabas, aventurera, de las clases altas en esa sociedad y, a veces, repelido por las costumbres “bárbaras”, por la suciedad y la rudeza con que tropezaría; y, cualquiera que sea su concepto de “civilización”, sentiría inequívocamente que , en este periodo pretérito de la historia de Occidente, no se encuentra con una sociedad a la que pueda llamarse “civilizada” en el sentido de la sociedad occidental actual.

            Hoy día es posible que, para muchas personas, todo esto sea evidente y que resulte innecesario hablar de ello una vez más; sin embargo, se plantea aquí un problema del que no cabe decir que esté claro y nítido en la conciencia de las generaciones de hoy, por más que no carece de importancia para la comprensión de nosotros mismos: ¿Cómo se produjo en realidad este cambio, esta “civilización” en Occidente? ¿En qué consistió? ¿Y cuáles fueron sus impulsos, sus causas y sus motores?

            Tales son las cuestiones principales a las que este trabajo trata de dar respuesta.

            Con el fin de allanar el camino para su comprensión y, en cierto modo, también, con el fin de que sirva de introducción al planteamiento del problema, ha parecido necesario averiguar el distinto  significado y valoración que tiene el concepto de “civilización” en Alemania y en Francia. Sobre esto versa el capitulo Primero. También puede ser de ayuda el intento de flexibilizar y cuestionar la oposición rígida entre “cultura” y “civilización”. Al mismo tiempo, puede resultar útil facilitar a los alemanes una comprensión histórica del comportamiento de los franceses y de los ingleses, así como aclarar a los franceses e ingleses el comportamiento de los alemanes. Todo ello servirá, finalmente para ilustrar ciertas figuras típicas del propio proceso civilizatorio.

            Con el fin de acercarnos algo más a las cuestiones principales, se hizo preciso conseguir una imagen más clara de cómo cambian los comportamientos y la estructura afectiva del hombre occidental desde la Edad Media en adelante. A esto se dedica el Capitulo Segundo que trata de mostrar del modo más simple y plástico posible, el camino hacia la comprensión del proceso psíquico de la civilización. Es posible que, en la situación actual de los conocimientos históricos, la idea de un proceso psíquico, que se extiende a lo largo de muchas generaciones, resulte excesivamente osada y problemática. Lo que no puede decidirse de un modo exclusivamente teórico o especulativo es si los cambios de los hábitos psíquicos que pueden observarse en el curso de la historia occidental tienen un orden o una dirección determinadas; lo único que puede darnos una idea correcta de esto es el examen del material empírico- histórico. Por esta razón, dado que no puede presuponerse el conocimiento del material documental, no cabe adelantar en forma resumida la estructura y las líneas maestras de todo el trabajo; éstas fueron tomando forma paulatinamente a través de una observación continua de los hechos históricos, de un control y comparación permanente de lo que podía preverse, por un lado, con lo que luego se manifestó a la observación. Por ello es bastante posible que algunas partes de este trabajo, así como su construcción y modelo solamente sean comprensibles una vez que  puedan examinarse como un todo. Para facilitar la comprensión del lector bastará con que hagamos referencia aquí a  algunos problemas.

            En el Capítulo Segundo hallaremos una serie de ejemplos que cumplen una misión catalizadora y que permiten observar en unas pocas páginas cómo, a lo largo de los siglos, siempre que se han dado las mismas circunstancias, ha ido cambiando la pauta del comportamiento humano en una dirección determinada. Considérese el comportamiento de los hombres en la mesa, en el dormitorio o en el combate entre enemigos. En éstas y en otras ocupaciones elementales va cambiando poco a poco la forma en que el individuo se comporta y reacciona; cambio que se produce en el sentido de una “civilización” paulatina. Pero solamente la experiencia histórica aclara lo que significa en realidad esta palabra. La palabra muestra, por ejemplo, la función decisiva que cabe a un cambio especifico del sentimiento de la vergüenza y de los escrúpulos en este proceso de la “civilización”. Cambian las pautas de las exigencias y las prohibiciones sociales y, en correspondencia con ello, se alteran los limites del desagrado y el temor socialmente producidos, con lo cual la cuestión de la sociogénesis de los temores humanos se convierte en uno de los problemas cardinales del proceso civilizatorio.

            Hay otro orden de cuestiones que se encuentra en la más estrecha relación con todo esto. En el curso del proceso civilizatorio aumenta la distancia entre el  comportamiento y la constitución psíquica de los niños y de los adultos. Es posible que ésta sea la clave que nos explique por qué muchos pueblos o grupos de pueblos nos parecen “jóvenes” o, incluso, infantiles, mientras que otros, en cambio, se nos antojan “mayores” o “más adultos”. Lo que tratamos de expresar de este modo son las diferencias en la forma y en las etapas del proceso civilizatorio que estas sociedades han recorrido. Ésta es una cuestión que había que plantear en el contexto del trabajo. La serie de ejemplos y las aclaraciones del Capitulo Segundo nos demuestran con la mayor transparencia el hecho de que el proceso específico del “crecimiento” psíquico en las sociedades occidentales, que suele preocupar hoy a los psicólogos y a los pedagogos, es idéntico al proceso civilizatorio individual al que se ve sometido todo adolescente desde pequeño con mayor o menor éxito, en las sociedades civilizadas, como consecuencia del proceso civilizatorio social a lo largo de los siglos. No es posible entender la psicogénesis de los hábitos de los adultos en la sociedad civilizada, si se considera independientemente de la sociogénesis de nuestra “civilización”. Según una especie de “ley fundamental de la sociogénesis”,(1) durante su vida, el individuo vuelve a recorrer los procesos que ha recorrido su sociedad a lo largo de la suya.

            El Capitulo Tercero intenta hacer comprensible ciertos procesos de esa gran historia de la sociedad. Este capítulo trata de aclarar, en algunos ámbitos exactamente delimitados, cómo y por qué cambia continuamente la estructura de la sociedad occidental en el curso de su historia y, al propio tiempo, muestra el camino para responder a la pregunta de por qué cambian las pautas de comportamiento y los hábitos psíquicos de los hombres occidentales.

            Considérese, por ejemplo, el panorama social de la Alta Edad Media: hay una multiplicidad de grandes y pequeños burgueses, hasta los asentamientos urbanos de antaño se han feudalizado y el núcleo central esta ocupado por los burgos y las  propiedades de los señores de una casta guerrera. La pregunta que hay que hacerse aquí es qué entramados sociales ha provocado en último termino la constitución de eso que llamamos “sistema feudal”. Seguidamente tratamos de mostrar algunos de estos “mecanismos de feudalización”. A continuación podemos ver cómo va surgiendo sobre la base  de los burgos, lentamente, una serie de cortes feudales mayores y mas ricas, conjuntamente con unos asentamientos urbanos compuestos fundamentalmente por artesanos y comerciantes; dentro de la casa guerrera va configurándose cada vez mas claramente una especie de capa superior y sus lugares de resistencia son los centros verdaderos de la lírica de los Minnesanger y trovadores por un lado, así como de las formas de trato y comportamiento “cortesanas”, del otro. Si antes situamos la pauta de comportamiento “cortés” en el punto de origen de una serie de ejemplos que podían darnos una imagen del cambio de los hábitos psíquicos aquí encontramos la explicación de la sociogénesis de estos comportamientos “corteses”.

            O considérese, por ejemplo, con que lentitud se fue constituyendo la primera forma de eso que llamamos un “Estado”. Antes se ha mostrado que, en la época del “absolutismo”, y bajo la denominación de “civilité”, se designa un comportamiento que ha variado de modo especialmente notorio en la dirección de esa pauta a la que, con un derivado del termino civilité llamamos hoy “comportamiento civilizado”; para la ilustración de este proceso civilizatorio pareció particularmente necesario conseguir una idea clara de como se llegó a la constitución de tal régimen absolutista y, con ello, del Estado absolutista. Tal era el camino que mostraba la consideración del pasado e, igualmente, una serie de consideraciones actuales permite pensar que la constitución del comportamiento “civilizado” depende de modo muy directo de la organización de las sociedades occidentales bajo la forma de “Estados”. En otros términos, la cuestión era la de averiguar cómo había sido posible que, de aquella sociedad grandemente descentralizada de la primera Edad Media, en la que los guerreros grandes y pequeños son los verdaderos señores de los territorios occidentales, surgiera otra sociedad mas o menos pacificada hacia el interior y armada hacia el exterior, a la que llamamos “Estado”. ¿Que entramados sociales son los que presionan aquí para conseguir la integración de territorios cada vez más extensos bajo un aparato de dominación relativamente estable y centralizado?

            A primera vista puede parecer que preguntar siempre por la génesis de toda construcción histórica es una complicación inútil. Pero, como sea que toda manifestación histórica, tanto las actitudes humanas como las instituciones sociales, han “sido” de hecho, ¿cómo pueden pretender ser simples y satisfactorias interpretaciones que, mediante una especie de abstracción artificial, extraen a todas estas manifestaciones de su decurso natural e histórico, que les arrebatan su carácter de movimiento y de proceso y que tratan de comprenderlas como construcciones estáticas, independientes del camino en el que se ha originado y en el que se transformaran? No es ningún prejuicio teórico, sino simplemente la experiencia, la que nos obliga a buscar interpretaciones y caminos que orienten a nuestra conciencia entre la Escila de este “estatismo”, que trata de expresar todo lo histórico como inmóvil y no motivado, y el Caribdis de ese “relativismo histórico” que solamente ve en la historia un cambio continuo, sin penetrar en la ordenación de ese cambio y en la regularidad de las formaciones. Esto es precisamente lo que se intenta aquí. La investigación sociogenética y psicogenética trata de descubrir el orden de los cambios históricos, su mecánica y sus mecanismos concretos y, con ello, parece que se pueden encontrar respuestas relativamente sencillas y precisas para toda una serie de problemas que hoy se presenta como muy complicados o como insolubles a la reflexión.

            En este sentido preguntamos por la sociogénesis de “Estado”. Aparece aquí el problema del monopolio de la violencia cuando nos enfrentamos con un aspecto de su historia constitutiva y estructural. Ya Max Weber ha señalado, de modo definitorio que, entre las instituciones constitutivas de la organización social a la que llamamos “Estado” se cuenta un monopolio del ejercicio físico de la violencia. Aquí tratamos de hacer visible algo de los procesos históricos concretos que condujeron paulatinamente desde aquella época en la que el ejercicio de la violencia era privilegio de una serie de guerreros rivales libres hasta una tal centralización y monopolio del ejercicio físico de la violencia y de sus instrumentos. Puede comprobarse que la tendencia a tal constitución del monopolio en esta época pasada de nuestra historia no es ni más fácil ni más difícil de comprender que la fuerte tendencia a la constitución de monopolios en nuestra propia época. Finalmente tampoco es difícil de comprender que, con este monopolio de la violencia corporal, como una especie de nudo en el que confluye toda una serie de influencias sociales, se cambia fundamentalmente toda la configuración del individuo, la forma en que le influyen las exigencias y prohibiciones sociales, que modelan el habito social en cada persona y, en especial, también el tipo de angustias que tienen una función en la vida del individuo.

            Finalmente, el Resumen, “Bosquejo de una teoría de la civilización”, subraya una vez más las interrelaciones entre estos cambios en la constitución de la sociedad y los cambios en la constitución del comportamiento y de los hábitos psíquicos. En tal resumen se examinan muchos de los temas que únicamente pudieron apuntarse antes en la exposición de los procesos históricos concretos. Se pueden encontrar, por ejemplo, una exposición muy breve sobre la estructura de los temores producidos por la vergüenza  y el pudor, como una especie de suma total teórica de aquello que había ido considerándose previamente de modo detallado en la explicación de por qué precisamente estos temores cumplen una función importante en los progresos del proceso civilizatorio. Asímismo se aclara parcialmente la constitución del “Super-yo” y la relación entre movimientos conscientes e inconscientes en el espíritu del hombre “civilizado”. Encuentra aquí respuesta el problema de los procesos históricos al plantear la cuestión de cómo es posible que todos estos procesos que no consisten en otra cosa sino en acciones de los seres humanos aislados, den origen a instituciones y formaciones cuya configuración final nadie había querido ni había planteado. Finalmente, en un “repaso”, se intenta hacer una sola imagen entre estas perspectivas del pasado y las experiencias del presente.

            Este trabajo, por lo tanto, plantea y desarrolla un problema de mucha envergadura y no pretende haberlo resuelto. Su misión es abrir un campo de estudio al que hasta ahora se ha dedicado poca atención, y dar los primeros pasos para su observación. Otros tendrán que continuar la tarea.

            No he profundizado en muchas cuestiones y aspectos que han ido surgiendo a lo largo de la investigación. Lo que me interesaba no era construir una teoría general de la civilización en el aire para comprobar después si se acomodaba a los hechos, sino que mi primera tarea me parecía ser recuperar la perspectiva perdida del proceso y del cambio real del comportamiento humano en un ámbito delimitado, tratar de encontrar luego las razones de sus causas y reunir, finalmente, todos los puntos de vista teóricos que pudieran extraerse por este procedimiento. Si he conseguido echar un fundamento relativamente seguro para la reflexión y la investigación posteriores en este campo, este libro habrá cumplido su propósito. Para dar respuesta a los problemas que han ido apareciendo a lo largo de la investigación, será necesaria la reflexión de muchas personas y la cooperación de diversas ramas del saber que hoy se encuentra separadas por barreras artificiales; entre estas deben contarse la psicología, la filología, la etnología o la antropología, no menos que la sociología o las distintas ramas especializadas de la investigación histórica.

            El propio planteamiento del problema no procede tanto de la tradición científica en sentido escrito del término como de las experiencias bajo las que vivimos todos, las experiencias de la crisis y la reorientación de lo que hasta ahora ha sido la civilización occidental, así como la de la simple necesidad de comprender que es en realidad esta “civilización”. No obstante, durante la investigación no me he dejado  guiar por  la idea de que nuestra forma civilizada de comportarnos sea la más adelantada de todas las posibles formas humanas de conducta, ni tampoco por la opinión de que la “civilización” sea la forma vital mas deleznable y esté condenada al hundimiento. Todo lo que podemos observar hoy es que, con el paulatino proceso de la civilización aparece una serie de carencias civilizatorias específicas; pero no podemos asegurar con certidumbre que comprendamos por qué nos atormentamos en realidad. Tenemos la impresión de que, a causa de la civilización, estamos atrapados en una red tupida que los seres humanos menos civilizados no conocen; pero también sabemos que esos seres humanos menos “civilizados”, a su vez suelen verse acosados por miserias y angustias que a nosotros ya no nos atormentan o, en todo caso, no nos atormentan de igual modo que a ellos. Quizá pueda verse todo esto con mayor claridad si se comprende como se desarrollan tales procesos civilizatorios; en todo caso, tal era uno de los deseos que me animaban cuando inicié este trabajo. Bien pudiera ser que, en el futuro consiguiéramos una comprensión mas clara que nos ayudase a orientar estos procesos que hoy se desarrollan en nosotros y en torno a nosotros de un modo no muy distinto al de los fenómenos de la naturaleza y frente a  los cuales nos encontramos en la misma situación que los hombres medievales frente a las fuerzas naturales.

            Yo mismo he tenido que aprender a pensar de otro modo en una serie de aspectos durante la investigación y tampoco he podido evitar que el lector haya de enfrentarse con una serie de aspectos y expresiones insólitos.

Lo más importante de todo es que ahora tengo más clara la esencia de los procesos históricos, la “mecánica de desarrollo de la historia”, si se me permite llamar así, al igual que su relación con los procesos espirituales. Los que marcan la pauta son los conceptos de sociogénesis y psicogénesis, economía afectiva (Affekthaushalt) y modelación de impulsos (Triebmodellierung), coacciones externas (Fremdzwänge) y coacciones internas (Selbstzwänge), límite de escrúpulos (Peinlichkeitsschwelle) y fuerza social, mecanismo de monopolio y algunos otros. En cambio, he hecho el uso más restringido posible de la necesidad de expresar con términos nuevos también lo que aparecía de nuevo a la vida.

            Hasta aquí lo referente al trabajo.

            Tanto para esta investigación como para una serie de trabajos previos necesarios he recibido consejos y apoyo de diversa procedencia. Constituye un derecho y deber por mí parte expresar mi agradecimiento a cuantas personas e instituciones me han ayudado.

            Gracias al apoyo del Steun-Fond, de Amsterdam, pude terminar mi trabajo de habilitación, una investigación mayor que ésta acerca de la nobleza, la monarquía y la sociedad cortesana de Francia, que ha servido como base para el trabajo actual. El Steun-Fond, al igual que los profesores Frijda, de Amsterdam, y Bouglé, de París, son igualmente merecedores de mi gratitud por las constantes pruebas de amistad e interés que me dieron durante mi estancia en París.

            En la época de mi trabajo en Londres recibí la ayuda generosa de la Woburn-House; con ella, y con los profesores Ginsberg, de Londres, H. Loewe, de Cambridge, y A. Makover, M.A., de Londres, tengo una deuda profunda de gratitud, pues, sin su ayuda, este trabajo no se hubiera realizado.

            Agradezco al profesor K. Manheim, de Londres, la ayuda y los consejos que me dio continuamente. Y por ultimo debo mencionar a mis amigos Gisèle Freund, Dr. Phil, París, M. Braun, Dr. Phil. D., Cambridge, A. Glücksmann, Dr. Med., Cambridge, H. Rosenhaupt, Dr. Phil., Chicago, y R. Bonwit, Londres, a quienes agradezco su ayuda así como las frecuentes conversaciones, en el curso de las cuales he aclarado tantas ideas.

 

Septiembre de  1936.

 

 

Notas

(1) No debe interpretarse incorrectamente esta expresión en el sentido de que la historia del individuo “civilizado” reprodujese todas y cada una de las frases de la historia social. Nada podría ser mas disparatado que tratar de encontrar una “época feudal de economía natural” o un “Renacimiento” o un “Periodo cortesano-absolutista” en la vida del individuo. Todos los conceptos de este tipo se refieren a la estructura de  grupos sociales completos.

       Lo que hay que subrayar aquí es el hecho simple de que en la sociedad civilizada, ningún ser humano viene civilizado al mundo y que el proceso civilizatorio individual que se le impone es una función del proceso civilizatorio social general. Ciertamente, la estructura afectiva y mental del niño tiene un cierto parentesco con la de los pueblos “incivilizados” y lo mismo sucede con esa capa en la conciencia de los adultos que, con el avance de la civilización esta sometida a una forma mas o menos intensa de censura y que se manifiesta en los sueños, por ejemplo. Como quiera, sin embargo, que, en nuestra sociedad, todo ser humano, desde el primer momento de su existencia, está sometido a las influencias y a la intervención modeladora de los adultos “mas civilizados”, aquél se ve obligado a añadir un nuevo proceso civilizatorio a la etapa ya alcanzada por la sociedad en el curso de su historia, pero no está obligado en modo alguno a recorrer todos los pasos históricos por separado del proceso civilizatorio general.