Las psicologías del fin de siglo
a
la luz de su historia.
Hugo Vezzetti*
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Presentación
En el propio enunciado “psicologías del fin de siglo”,
con la que se me invitó a hablar, están presentes dos proposiciones: la idea de
una nueva etapa para la disciplina que vendrían a cerrar un ciclo y la
proposición de que no hay una sino varias psicologías.
La primera proposición se da en un clima, propio del “fin
de siglo”, que parece intensificar cierta “conciencia de crisis”. Sobre esto
hay que distinguir dos cosas. Por una parte, la consideración de la psicología
como una disciplina “problemática”, caracterizada por una falta de unidad y un
cierta inconsistencia científica ha acompañado el proceso de implantación y
desarrollo de las disciplinas psicológicas a lo largo de este siglo. En ese
sentido, la idea de crisis no es nueva y, en todo caso, lo que hay que
interrogar es el modo en que esta percepción de “crisis” se presenta hoy y las
diferencias que ofrece respecto del pasado.[1]
Por otra parte, esta “sensibilidad” presente frente a cambios profundos,
sociales y políticos, culturales y de pensamiento (y que impacta sobre el
conjunto de las disciplinas, no sólo sobre la psicología) parece corresponder a
la vivencia del fin de un ciclo histórico y la transición, llena de incertidumbres, hacia un futuro
sobre el que no sabemos casi nada. Y las proyecciones hacia el “próximo
milenio” parecen conjuros en la oscuridad. No tengo mucho que decir en esa
dirección, salvo que cualquier ejercicio de anticipación de las psicologías del
futuro requiere de una mirada al pasado, sobre todo al proceso “problemático”
de su constitución como campo científico y profesional.
En cuanto a la segunda proposición, la que habla de las
“psicologías”, sin duda alude a un tópico central y enuncia un estado de la
materia que ha sido, distintamente, caracterizado como pluralidad o fragmentación. Y por supuesto, como esas expresiones
lo muestran, ha sido, también, valorizado de modos bien distintos, como un
rasgo favorable al desarrollo y al futuro del campo disciplinar o, por el
contrario, como un factor de inconsistencia y falta de cohesión que tiende a
disolverla. Volveré sobre estas distintas visiones de la pluralidad del campo.
Como sea, el uso del plural es indicativo de un rasgo de
“dispersión” y de tensiones que no es nuevo y que tiene que ver con la
heterogeneidad de tradiciones teóricas, de “objetos”, métodos y ámbitos de
aplicación. En ese sentido, la pregunta por la unidad de la psicología nace con la psicología junto con la autopercepción
de un estado de “crisis” que ha sido planteado y juzgado diversamente. Ahora
bien, como lo ha señalado Caparros en el artículo citado, el término “crisis”
se presta a equívocos si se lo toma en el sentido de Kuhn, porque puede hacer
suponer que hubo en algún momento algo así como una “ciencia normal”, un
“paradigma” aceptado, respecto del cual el estado actual de la disciplina
mostraría un estado de convulsión. Pero nunca hubo tal cosa. En todo caso, si
algo ha cambiado hoy es que se admite más francamente esa heterogeneidad
originaria. Creo que éste es un rasgo presente que va a perdurar y a
acrecentarse: el reconocimiento y la admisión de la pluralidad constitutiva del
campo. Ya no hay condiciones, afortunadamente, para proyectos que busquen
constituir la “unidad” de la psicología.
Me interesa exponer y desarrollar esta tesis: hoy tiende
a admitirse la pluralidad del campo y no puede evitarse cierto juicio sobre
ella, aunque, por supuesto se la interpreta y se la valoriza de modos muy
diferentes. Voy a hacerlo refiriéndome, por una parte, a lo que conozco mejor,
o sea lo que ha sucedido y está sucediendo con la historia de la psicología,
que se ha convertido en una disciplina académica desarrollada y relativamente
autónoma. Por otra parte, para no quedarme solo con la visión de los
historiadores, he buscado (de un modo no exhaustivo) opiniones proveniente de
la comunidad de psicólogos que se han referido al estado presente de la
disciplina en el American Psychologist.[2]
De modo que trato de examinar el devenir de la psicología
en una perspectiva de alcance más largo que la vivencia del “fin de siglo”, que
puede ser engañosa en la medida en que puede llevar a pensar que el cambio de
siglo coincide puntualmente con transformaciones profundas en las ideas y las
disciplinas. Vistos en esta perspectiva, los cambios contemporáneos más visibles, en el nivel
de las corrientes teóricas y metodológicas (por ejemplo, los que resultarían
del tránsito del conductismo al cognitivismo o de la expansión de las
neurociencias) adquieren otra luz y no necesariamente se presentan como un
“giro copernicano”.
La
posición del historiador
El punto de vista
de un historiador no es el del científico o el investigador instalado, limitado
en cierto sentido en un área determinada de investigación dentro de la
disciplina. No voy a detenerme en este problema; en todo caso, se pone en juego la importancia y el papel
que la historia puede cumplir en relación a las orientaciones y los programas
presentes de la disciplina. Es decir, la cuestión de los “usos” de la historia
para una reflexión sobre la diversidad del campo disciplinar. Ante todo, la
historia, por lo menos, permitiría plantear las preguntas “genealógicas” acerca
de cómo este campo disciplinar se fue formando.
Ahora bien, planteada en general, la relación de una
disciplina, en sus realizaciones presentes, con su historia es diferente en las
ciencias naturales y en las ciencias humanas y sociales. En las ciencias
naturales, la historia no parece cumplir un papel muy importante en el estado
presente de la disciplina: basta estar “actualizado”.[3]
Es decir que los practicantes de las ciencias naturales tenderían a pensar que
lo importante ha sido incorporado a las producciones científicas vigentes y
que, en todo caso, la historia puede valer para confirmar lo que ya se sabe; de
allí nace la búsqueda del “precursor” o del “antecedente”. Fuera de ello, la
historia puede tomar la forma de una erudición que no sirve a la producción de
conocimiento sino al gusto por las antigüedades o “anticuarismo”. Pero no
habría necesidad de volver a tomar contacto con las investigaciones de un
pasado que se considera remoto y superado; la idea subyacente es la del
“progreso” de la ciencia. Como se sabe, hoy se discuten las evidencias de tal
“progreso”, por lo menos en el caso de la psicología y de las ciencias humanas.
Ahora bien, la relación con la historia es distinta en
las humanidades y, de algún modo, en las ciencias sociales. La consideración
crítica de los trabajos pasados no sólo tienen un valor formativo para el que
busca introducirse en la disciplina, sino que a menudo está incoporada en los
trabajos presentes. De allí nace el valor de los “clásicos”. Un biólogo puede
ser muy bueno en su línea de investigación sin saber nada de historia de la
biología, en cambio un filósofo no puede dejar de volver, alguna vez por lo
menos, a leer a Descartes, Kant o Hegel. En el caso de las ciencias sociales se
da una situación intermedia; hay una amplia gama de investigación empírica,
objetiva y cuantificable, según los patrones de un saber acumulativo, pero
cuando se trata de interpretar, de conceptualizar los fenómenos, hay problemas
y autores clásicos de la teoría social y política (llámense Tocqueville, Marx o
Weber) que no pueden ser eludidos.
¿Y la psicología? En primer lugar, sería
difícil ponernos de acuerdo acerca de quienes son nuestros “clásicos”, eso que
la literatura constituye como el “canon”; pero aun más difícil sería ponernos
de acuerdo acerca de si deben ser leídos hoy, si se debe recurrir a ellos a
partir de preguntas y de problemas actuales. Puesta de este modo la cuestión de
los “usos” presentes de la historia, lo que surge, entonces, es la vieja
cuestión de si la psicología debe ser considerada es una “ciencia natural” o si
es más parecida a las “ciencias humanas”. No hay que olvidar que esa discusión
estaba así planteada en los orígenes de la psicología, que nace
contemporáneamente a la “querella de los métodos”; y basta recordar que el dualismo
metodológico de Wundt no hacía sino admitir esa posición intermedia y dual de
la psicología.
Es un hecho que en
el trasplante a los EE.UU., la psicología (la académica, por lo menos) buscó
ponerse del lado de las ciencias naturales y que así pareció ganar en respeto y
legitimidad tanto como en apoyos institucionales y financieros. Pero hoy se
discuten las consecuencias y los resultados (en términos de conocimiento, es
decir de teorización) de esa afiliación exclusiva y de la relativa separación e
incomunicación con las tradiciones europeas, sobre todo alemanas, que habían
quedado muy limitadas después del derrumbe de la guerra. Asistimos en estos
años a una notoria recuperación de esas tradiciones más ligada al continente de
las “humanidades”. Un ejemplo de ello: la European Society for the History of
the Social and Behavioral Sciences, inspirada en una sociedad americana que
tiene la misma denominación, ha cambiado recientemente su nombre y se llama
ahora, “Sociedad Europea de Historia de las Ciencias Humanas”. Nadie propuso
mantener la expresión “Behavioral Sciences”, considerada “extraña
culturalmente” en Europa. Y en esa decisión se mostró el acuerdo de los
psicólogos que se ocupan de la historia de la disciplina, de los historiadores
de la ciencia y de los que provienen del campo de la “historia social y
cultural”.[4]
Ahora bien, veamos la historiografía
reciente de la psicología y lo que puede aportar para pensar el estado presente
y el futuro inmediato. En principio, desde hace unos veinte años, se ha
producido, en el propio medio académico anglosajón, una revisión histórica de
la disciplina que ha cumplido un papel “crítico” respecto de la representación
que la psicología académica había construído acerca de su pasado y que encontró
su expresión ejemplar en la historia de la psicología experimental de Boring.
Se trataba de un relato del pasado concebido como el desenvolvimiento
progresivo y acumulativo de los resultados de los enfoques experimentales. Ese
relato ha quedado seriamente cuestionado. Es imposible sintetizar el volumen de
producción de estos últimos años, pero no hay tema, corriente o escuelas de las
psicologías del siglo XX que no hayan sido sometidas a examen. Tampoco voy a
intentar una evaluación de esa producción, dentro de la cual también hay
reducciones y exageraciones iconoclastas. En todo caso, me interesa proponer
que la perspectiva del historiador, es decir de la “nueva historia”, a la vez
que es capaz de advertir los signos de la “crisis” en las tradiciones
historiográficas, al plantearse cómo escribir (o mejor reescribir) la historia
de la psicología está incorporando algo de los interrogantes y de las
incertidumbres presentes en el propio campo de la psicología académica. Si la
historia, en un sentido, siempre se escribe desde preguntas que se formulan en
el presente (pero las respuestas no deben estar ya dadas desde el presente)
esas preguntas no dejan de formarse en un espacio de inquietudes y
perplejidades que los historiadores, en cierto sentido, comparten con los
científicos.
La aparición de una impresionante producción
historiográfica (y del nacimiento de sociedades científicas, publicaciones,
posiciones académicas) es un indicador a tomar en cuenta. En general, no sólo
en la historia de las disciplinas, el recurso a la historia y a la revisión del
pasado suele ser un indicador de las crisis y las incertidumbres en el
presente. Y algo que no puede negarse es que existe hoy, en el campo
internacional de la psicología, en EE.UU. y Europa, pero también en América
Latina, un notable despliegue de la historia. Un ejemplo de ello es la creación
de la división 26 de la APA y la próxima publicación de History of Psychology, una revista que estará a cargo de Michel M.
Sokal, un investigador proveniente del campo de la historia de las ciencias. Pero,
¿qué representa esa nueva
versión del pasado respecto de lo que podría llamarse la “comunidad” de los
especialistas? Podría pensarse que es la historia y no la psicología la que
entró en crisis, es decir que la voluntad “revisionista” es sólo representativa
de la comunidad de historiadores, más proclives a alinearse en las ciencias
sociales. Es por eso que, más adelante, he procurado buscar “testimonios”
surgidos de la propia comunidad de los psicólogos.
La
nueva historiografía
Veamos qué ha producido la nueva historia y qué puede
decirnos sobre las tendencias presentes. Ante todo, ha reconstituído las
visiones sobre el pasado de la psicología en el sentido de reconocer, e
indagar, el espacio de una ciencia
problemática.[5]
1.- La historia de la
psicología no puede ser indagada de un modo aislado respecto de otras
disciplinas y de la historia del pensamiento y la cultura. En todo caso, la
autonomía lograda y los modos de su institucionalización –concebida por la
historia tradicional como una "liberación" de la filosofía y de la
medicina– no es un problema simple sino que incluyó procesos complejos de
construcción conceptual y discursiva. En todo caso, la perspectiva dominante,
lo que podría llamarse una "historia social de las ideas", redefine
la vieja cuestión del papel de los factores "externos" e
"internos" en la historia de las disciplinas: ha dejado de ser un
tópico de polémica entre escuelas rivales para convertirse en un punto
inseparable de la perspectivas concretas de la investigación.[6] Esta
historia “revisionista” en parte se posiciona como una “contrahistoria”. Si la
historia anterior, la de Boring por ejemplo, creía en la autonomía plena del
desenvolvimiento científico, la nueva historia va a acentuar los orígenes
"sociales": el punto de vista que acentúa la relación de las ideas y los programas con los intereses
sociales, las instituciones y los "actores", en este caso un grupo
profesional-académico que establece un cierto "monopolio" de
conocimiento y de ejercicio de prácticas técnicas. Pero esa relación entre la
configuración de la disciplina y el contexto socioinstitucional no es encarada
mayormente como una relación global, como si la disciplina simplemente
“reflejara” la estructura y los intereses de grupos sociales dominantes, como
si todo se redujera a un análisis global del régimen de poder social, sino como una relación mediada por el grupo profesional. Las preguntas centrales de esta
nueva historia, entonces, no se refieren solamente a la constitución de la
disciplina científica en el terreno de los conceptos, los metodos y los
problemas (aunque hay mucho investigación en ese sentido), sino cómo se
constituye una comunidad académico-profesional.
En las nuevas
investigaciones hay, por una parte, un desplazamiento del puro reino de las
ideas a las instituciones y la red de prácticas que mantienen conexiones
definidas con la sociedad. Por otra, se resiente la narración que postula un
crecimiento continuo desde las especulaciones filosóficas a los resultados
acumulativos de una experimentación puramente empírica y sin supuestos; lo que
viene a mostrarse es que los desarrollos científicos de la psicología en los
EE.UU., en este siglo, estuvieron relacionados con ciertas y precisas corrientes
filosóficas: el positivismo lógico y el operacionalismo.
2.- Esa
nueva historia busca, entonces, reescribir el proceso de formación y
constitución de la disciplina y necesariamente tiene que remontarse a los
comienzos para examinar, no una, sino varias "fundaciones
conceptuales" a lo largo del s.XIX. De acuerdo con el libro citado, ellas
son:
- Kant y la "fundación filosófica” que impacta
fuertemente en toda la tradición alemana, hasta Wundt.
- Fechner, la
física y la Naturphilosophie, es
decir el marco a la vez filosófico y científico que da nacimiento a la
psicofísica y al desafío de medir "energías mentales" en términos de
magnitudes físicas.
- Darwin y la biología, es decir el impacto de la
revolución darwiniana en la emergencia de problemas y modos de concebir el
estudio de las funciones mentales y el comportamiento.
Es
claro que otras “fundaciones” podrían ser igualmente indicadas, en particular
las que derivan del campo de experiencias de la clínica, la neuro y la
psicopatología, y la conformación del campo del hísterohipnotismo y sus
prolongaciones hacia una psicología de las masas.
A
partir de esos orígenes, la generación siguiente, representada por W. Wundt y
W. James estaba lejos de considerar a la psicología como una disciplina autónoma
y tendía a acentuar su lugar como una disciplina básica, integrada al horizonte
de la filosofía, un cuerpo de saberes empíricos que sería fundamental para la
ética y la epistemología. Cerrado ese ciclo, en los EE.UU. la psicología del
siglo XX adquiere su fisonomía propia, en un proceso que conjuga tres rasgos.
Primero, una implantación académica autónoma; segundo, la constitución de un
grupo y de una cierta “identidad” (atravesada, sin embargo, por la separación
entre los académicos y los practicantes de la profesión); finalmente, la
expansión e implantación en la sociedad y las instituciones públicas:
educativas, militares, económicas.
Ahora bien, en su búsqueda de
alcanzar legitimidad académica como una disciplina científica autónoma, buscó
asimilarse a las ciencias naturales, aunque nunca dejaron de aparecer voces
entre los mismos psicólogos que planteaban su preocupación por no alcanzar un
estatuto suficientemente legítimo en términos de esos parámetros de
cientificidad. En todo caso, más allá de la producción de conocimiento y la
instauración de tradiciones y programas de investigación, esa búsqueda de
autonomía por la vía de la homogeneidad metodológica vino a estrechar los
márgenes del pensamiento psicológico respecto de ese contexto, de esa "identidad
interdisciplinaria", si se quiere, que caracterizó su emergencia en las
últimas décadas del siglo XIX. Así se traza el pasaje de una “identidad híbrida” de la
psicología experimental en sus comienzos, en lengua alemana –una síntesis de
objetivos filosóficos y métodos científico-naturales– al estrechamiento
disciplinar en torno de los procedimientos experimentales de las llamadas
psicologías “objetivas”.[7]
No puede dejar de verse que esa
reconstrucción que destaca el contraste respecto de aquellos comienzos de la
disciplina, sería correlativa, hacia el presente, de la mayor admisión de la
pluralidad. En ese sentido, algunos imaginan una suerte de re-comienzo, una
situación más parecida a la de la constitución inicial, es decir la evidencia y
el reconocimiento de un campo disciplinar complejo, con áreas, enfoques y
relaciones heterogéneas. Algo que, por supuesto, traería aparejados otros
problemas, otros desafíos y riesgos.
3.- En el siglo XX las tensiones entre la
disciplina científica y la dimensión “tecnológica” y profesional forman parte
del desarrollo de la disciplina y acompañan su implantación en la sociedad. Lo
dominante en este período ha sido la
presencia del psicólogo en marcos no académicos y la red de apoyos y
financiamiento que se teje en directa relación con las demandas de la sociedad:
educación, prensa, gobierno e instituciones militar y judicial. Al mismo tiempo
se edifica la implantación y la eficacia del psicólogo como
"experto".[8] En ese sentido, al lado de la implantación institucional de la
disciplina en ámbitos académicos, se reconoce una instalación más amplia y
extendida en la sociedad: el reconocimiento de una dimensión subjetiva y la
función de describir, interpretar y, eventualmente, “gestionar” los
desequilibrios y “malestares” asociados al cambio social y la modernización.
Se reconoce así una función “compensatoria” de las
ciencias sociales y humanas en su dimensión aplicada: necesariamente asociadas
a los déficits, los desórdenes y los fallos frente a las exigencias complejas
de la vida moderna o frente a acontecimientos que conmocionan a la sociedad,
como la guerra. Y desde luego que la complejidad de esa “gestión” y lo que
produce no puede ser suficientemente abarcada con la idea simple del “control
social”. Ahora bien, en las dos dimensiones, el siglo XX muestra una verdadera
“explosión” de la “investigación” y la “aplicación”, al mismo tiempo que la
psicología se extiende por el mundo, a partir de los límites iniciales. Es
bastante sabido que la “profesionalización” adquirió un perfil
predominantemente orientado hacia la práctica y lo que podría llamarse la
dimensión “tecnológica” en la cínica, la educación, la producción industrial,
la criminalidad y la penalidad jurídica, etc.
4.- La
visión "revisionista" es crítica respecto al estatuto de
"ciencia" alcanzado: en la medida en que han tomado prestado
categorías y métodos de la ciencias naturales se habría fallado en la
construcción de categorías explicativas y métodos de investigación apropiados a
su "objeto". Pero la cuestión
no queda planteada ya en los términos clásicos, no se trata de determinar
definitivamente si hubo un nacimiento efectivo o fallido de una disciplina
científica autónoma; la pregunta ya no es si la psicología es o no una ciencia;
el problema es otro: la emergencia problemática y la autodefinición gradual de
una disciplina entre otras y las relaciones que necesariamente establece con
las tradiciones científicas, las comunidades y la organización académica y
profesional, los usos tecnológicas y los requerimentos de las instituciones de
la sociedad, incluyendo la amplia implantación de la psicología como discurso
cultural.
5.- En
cuanto al tema de las psicologías “en” la cultura, lo que sale a la luz es el
indisociable entrecruzamiento de las tradiciones teóricas y metodológicas con
rasgos culturales y situaciones nacionales diversas. Se ha discutido y
reformulado la distinción entre los rasgos locales (que siempre se admitieron )
y la dimensión o la pretensión universal de la disciplina. Por ejemplo, admitida
la generalización de los modelos científicos y académicos establecidos en los
EE.UU. y extendidos por el mundo en la segunda posguerra, se plantea la
necesidad de analizar la pretensión de "universalidad" de esos
modelos por la vía de confrontar esa pretensión con el peso de rasgos
“locales”, es decir propios del habitat norteamericano, que alcanzan su
hegemonía por causas que no tienen que ver necesariamente con el avance
científico. De modo que la dimensión de la "universalidad" del conocimiento
(aceptada al menos como ideal "regulativo") pasa a ser diferenciada
de la lógica de la hegemonía: la emergencia de "paradigmas"
dominantes debe ser analizada en términos que no excluyan los factores
"extracientíficos".[9]
Finalmente, la
misma delimitación de una secuencia (o “revolución”, en la versión más
militante) del conductismo al cognitivismo está explícitamente referida sólo a
la psicología norteamericana. Con lo cual, las
distinciones de la historia “interna” y “externa” de la psicología, como se
dijo, se constituye en un problema histórico específico, que debe ser analizado
en cada caso.
A esta profunda revisión disciplinar
en el terreno de la historia se ha agregado, recientemente, el impacto de las
corrientes del “multiculturalismo”, muy activas e influyentes en los medios
académicos norteamericanos, en los estudios culturales y literarios y en las
ciencias sociales y, recientemente presentes en el campo de la psicología.[10] Estos
nuevos planteos suponen desafíos y rupturas de otro orden, en el sentido de un
relativismo extremo, que subordina el análisis histórico de los problemas
disciplinares a una suerte de "revuelta cultural" en favor de las
minorías y de los diferentes: los no occidentales, afroamericanos,
“hispánicos”, a lo que se agrega los “estudios de género” aplicados a la
historia de las ciencias y del pensamiento.[11]Hay que
distinguir, entonces, en el horizonte de la “crítica” contemporánea, esos
discursos que tienden a demoler cualquier pertinencia disciplinar (y amenazan
con instalar un nuevo dogmatismo), de una historia crítica que postula una
configuración pluralista del campo disciplinar y procura reconstituir un orden
“policéntrico”, pero que sigue apegada a criterios de sistematicidad y
justificación que recuperan mucho de la tradición de la historia de las
ciencias y del pensamiento. Si la nueva historia cuestiona el "mito de los
orígenes" establecido en el laboratorio experimental, no busca suprimir
las tradiciones de la disciplina sino reinterpretarlas y construye otras lecturas
de los clásicos (G. Fechner, W. Wundt, W.James) al mismo tiempo que
"descubre" autores europeos que no habían sido casi considerados como
integrando el “canon” de la psicología, como G. Politzer o M. Merleau-Ponty.
Evidentemente, la diferencia salta a la vista respecto de ese
"arrasamiento" del marco "disciplinar" que viene a
considerar a las "ideas psicológicas" como homogéneamente repartidas
entre distintas tradiciones culturales, en un sentido que, finalmente, apunta a
denunciar la dominación de las tradiciones occidentales.
Revisiones
actuales sobre el estado de la disciplina
Dado que se trata de una indagación inicial, voy a
limitarme, a la psicología norteamericana. El “Centenario” de 1979, que fue
celebrado casi únicamente en el país del norte, brindó la ocasión de diversos
tipos de conmemoraciones; pero también de obras de balance y de la aparición de
testimonios surgidos de la propia comunidad de los psicólogos para referirse al
estado de la disciplina. Desde luego, me refiero básicamente a la psicología anglosajona,
sobre todo americana.
1.- En primer lugar, en ese balance
reaparece una vieja “grieta”, una línea de fractura que desde mucho antes
separa la ciencia de la profesión. En efecto, los conflictos derivados de la cuestión profesional (especialmente por
la creciente incorporación de psicólogos al campo de la salud mental) fueron
los que llevaron a los mayores conflictos políticos y de organización de la APA
y concluyeron con la “fractura” de 1988 y el nacimiento de una nueva sociedad:
la American Psychological Society (APS)
y una nueva publicación: Psychological
Science. En ese conflicto, la preocupación mayor de los “practicantes”
profesionales habría estado orientada a ingresar al seguro médico y al medio
hospitario y al derecho a prescribir medicamentos en una “completa identificación con la medicina”.[12] El
balance que ofrece el artículo de Schneider muestra su preocupación por el
presente y el futuro de la psicología académica tanto como de la práctica
profesional. No voy a insistir sobre las dificultades que observa en el terreno
de la práctica profesional, particularmente la clínica. En todo caso, presenta
un panorama de la psicología clínica dominada por el setting psiquiátrico y
señala los problemas del papel del psicólogo como “proveedor de servicios de
salud”. Pero los cambios recientes en el sistema no se llevan bien con el
abordaje psicoterapéutico tradicional en la medida en que el sistema de salud
mental se vuelve cada vez más biológico y médico. Por lo tanto propone, de un
modo genérico, una mayor autonomía respecto del establishment de la salud
mental, es decir, expander los “servicios” y autonomizarse del modelo médico.
En cuanto a la “psicología
académica” y la investigación, me interesa destacar una preocupación que está
presente en otro artículo de esos años y que se refiere a lo que llama
“tendencias centrífugas” en psicología.[13] Y me interesa destacarlo porque es
un artículo que nace en la universidad y se presente como fruto de la tarea
docente. El problema planteado se refiere al modo de concebir y presentar a la
psicología, lo que supone enfrentar una oposición entre considerarla como una
“disciplina unitaria”, con un núcleo central firme, o como una serie de áreas
relativamente independientes. Ahora bien, de la lectura de estos dos artículos
(que he considerado tentativamente como representativos de cierta “revisión” de
la psicología contemporánea que sería convergente con la que manifiestan los
histriadores) surgen otras líneas de fractura, que se agregan a la grieta que
separa la ciencia de la profesión.
2.- En efecto, habría, dicen estos
autores, una “brecha cultural” dentro del campo de la psicología: en la
disciplina conviven “dos culturas”. Y con esta proposición retoman trabajos
anteriores. Esa distinción de las “dos culturas” en el espacio general del
pensamiento y de las disciplinas conocimiento fue planteada en los 50’ por un
autor inglés C.P. Snow. Con ello se refería a la separación entre la cultura científica y la cultura de las
humanidades, consideradas como algo más que una distinción de enfoques y
tradiciones de conocimiento en la medida en que separaría dos sistemas de
valores, de creencias, de lenguaje. S.Schneider retoma un trabajo
anterior de G.A. Kimble y se refiere a una
encuesta realizada por este autor, en 1984, entre psicólogos con diversas
adscripciones disciplinares; en ella se habían puesto en evidencia diferencias
muy notables en los criterios básicos, las convicciones científicas y los
supuestos epistemológicos entre los psicólogos que adscribían al punto de vista
“científico” (típicamente quienes adscribían a la “psicología experimental”) y
la identidad “humanística” de los miembros de la división “psicoterapia”.[14]
Esta
segunda línea de fractura nace, entonces, de una suerte de visión
“antropológica” de la disciplina: en el “territorio” de la psicología habitan
dos tribus básicamente incomunicadas. De modo que esta separación ya no sigue
estrictamente la oposición ciencia/profesión sino que se superpone y la
atraviesa en diagonal. Y si se toma al pie de la letra la figura de las dos
culturas tendríamos que admitir una disciplina “bicultural”, afectada de una
suerte de “bilingüismo” inherente y profundo. Las tensiones entre la tradición de las
ciencias humanas y los modelos científicos y de investigación de las ciencias
naturales reflejan, entonces, algo más que una confrontación metodológica. Se
trata de una disociación más profundan una incomunicación que, por supuesto, no se señala por primera vez . Mucho
se ha dicho y se propuso sobre la conveniencia y la posibilidad de integrar
esos dos “sistemas de valores”. Por ejemplo: habría que educar a los
científicos en las áreas de las humanidades y las “bellas letras” y, a la vez,
procurar que los literatos y los filósofos se formen en los temas de la ciencia;
pero esa línea de separación sigue allí más o menos inconmovible. No tengo una
solución que proponer. En todo caso, me resulta muy inspiradora la posición de
un autor alemán, historiador de la sociología, W.Lepenies, que enfrenta un
problema semejante y propone la tesis siguiente: las ciencias sociales
formarían una “tercera cultura” en la cual se oponen desde su nacimiento
orientaciones científicas y literarias.[15]
3.- Existiría una tercera “tendencia
centrífuga”, muy actual y preocupante en la perspectiva de J.Spence quien, como
dije, escribe desde el mundo académico. Destaca al algo que es hoy admitido en
general: los avances en la investigación académica, en las últimas décadas
(tanto en la investigación empírica como en la producción de nuevas teorías) se
concentraron en las áreas de la cognición
y las neurociencias. Y sin embargo,
esos avances no produjeron una mayor unidad metodológica y disciplinar sino
todo lo contrario: “una colección de áreas de investigación relativamente
independientes”. Como consecuencia ve con preocupación que se hayan establecido
en diversas universidades centros de investigación en “ciencia cognitiva”, por
una parte y en “neurociencia”, por otra, como nuevas unidades académicas, por
fuera de los departamentos de psicología y como polos que atraen a los
investigadores y docentes psicólogos. Frente a esto, la autora despliega lo que
llama su “pesadilla”, estos es un campo “diezmado” académicamente: hacia el
área cognitiva, por un lado y hacia los departamentos de biología y neurociencia,
por otra. Más aun, recuerda que los psicólogos clínicos y los educacionales ya
iniciaron el éxodo y se han ubicado en las escuelas correspondientes; los
psicólogos organizacionales y laborales se ven atraídos por las escuelas de
economía y disciplinas laborales y los psicopatólogos se dirigen a las escuelas
de medicina. En fin, el espacio académico de la psicología se vacía y se
“desgrana” hacia otras áreas disciplinares.
Al
mismo tiempo, no deja de admitirse que, junto a esos riesgos (falta de unidad,
fragmentación y “divisibilidad”), las
tendencias “centrífugas” habrían beneficiado a la psicología a través de la
interacción con otras disciplinas, con nuevos modelos de investigación y
encuadres de formación más abiertos y extendidos. Es decir que no se trata
simplemente de celebrar las tendencias “centrípetas” que si bien aseguran la
unidad, la estabilidad y la armonía, a la vez pueden producir inmovilidad,
esclerosis y una formación reproductiva y auto-protegida. Más bien se trataría
de apostar al crecimiento de las áreas que “conectan”, que establecen puentes y
abren nuevas perspectivas de investigación y aplicación. Pero esa disposición a
una comunicación que no borre las diferencias requiere poder ampliar las
perspectiva respecto de una investigación empírica que aparece muy
circunscripta y es reacia a poner en juego enfoques más amplios sobre los
problemas de la vida psíquica y la subjetividad. Es interesante remarcar,
entonces, que en esta evaluación crítica del estado de la disciplina se extraña
un “marco intelectual” más extendido, que permita interrogar y descubrir los
desarrollos y los “descubrimientos” en las distintas áreas, en un horizonte
abierto de teorización, algo que, como se vio, se parece a la psicología de los
comienzos.
Ahora bien,
estos trabajos, en parte “testimoniales”, que he tomado, no se quedan sólo en
la expresión de una preocupación extendida. Uno de ellos, el de Schneider,
incluye una propuesta para la formación de grado que parte de considerar que
las “Escuelas de Psicología” son demasiado limitadas y “parroquiales” como para
procurar una comunicación abierta que “rompa con las barreras disciplinares y
departamentales”. Y propone una formación interdisciplinaria y
multidisciplinaria, en el estudio, la investigación y el compromiso con la
comunidad, a través de un Colegio de Estudios
Biopsicosociales. Como en ese campo epistémico la psicología es la
disciplina que tiene raíces firmes tanto en lo biológico como en lo social,
debería liderar esa empresa de pluralización, en un ámbito de formación que
contendría: biología (especialmente del desarrollo), neurociencia y ciencia del
comportamiento, psicología y ciencia cognitiva, sociología, economía,
antropología social y cultural, y algunas otras materias. Lo importante para este
autor, en todo caso, es que se favorezcan los abordajes transdisciplinares.
De modo que, a partir de un
diagnóstico similar se proyectan estas dos visiones contrastantes, entre la de
una disciplina que se vacía o la de una disciplina básica en la dimensión
transdisciplinaria que se comunica al mismo tiempo con la biología, con las
humanidades y las ciencias sociales. Y esa visión prospectiva no deja de evocar
la condición intermedia, “híbrida”, si se quiere, de los comienzos de la
psicología.
Conclusiones
Me ha interesado rescatar esa convergencia de un discurso
“crítico” en la nueva historia de la psicología y en algunas “evaluaciones”
nacidas de la propia comunidad de los psicólogos, en torno de la conmemoración
del “Centenario”. Obviamente hay otras voces y otros puntos de vista, entre los
que piensan que en lo esencial nada ha cambiado (y que parecen dispuestos a
continuar con las mismas rutinas) y los que, en el extremo opuesto, parecen
anunciar y celebrar la dispersión y la fragmentación. El problema, en todo
caso, se presenta, para mí, en estos términos: cómo admitir la pluralidad y la
diversidad del campo (incluso el papel jugado por factores sociales y
culturales en la configuración de la disciplina y sus crisis) y, a la vez,
mantener no sólo algunas normas de justificación, de “racionalidad”,
sistematicidad y transmisibilidad, sino un horizonte de diálogo que soporte
diferencias profundas en los criterios y las tradiciones del saber. En todo
caso, este es el desafío y frente a él deberíamos medirnos al evaluar, en las
condiciones presentes, tanto la enseñanza que impartimos como nuestra propia
práctica investigativa.
Notas:
* Conferencia dictada en la 6ª Reunión Nacional de la Asociación
Argentina de Ciencias del Comportamiento, 21 al 23 de agosto de 1997. Publicado
en Revista de Psicología General y
Aplicada, Valencia, vol. 51, n°1, enero 1998.
[1]Ver A. Caparros, "Crisis de la psicología: ¿singular o
plural? Aproximación a algo más que un concepto historiográfico", Anuario de Psicología, 1991, nº51.
[2]Una obra publicada para
conmemorar el “Centenario” de la psicología da cuenta igualmente de cierta
consideración crítica sobre el estado actual de la disciplina, Sigmund Koch
& David Leary, A Century of
Psychology as Science (1985), Washington, APA, 1992.
[3]Tomo
algunas ideas de K.Danziger, “Does the History of Psychology Have a Future?, Theory and Psychology, 1994, 4 (4), 467-484.
[4]Véase ESHHS vol. 14 (2), Autumn 1996.
[5]W.R.Woodward y M.G.Ash (ed.), The
Problematic Science. Psychology in Nineteenth Century Thought, New York,
Praeger, 1982.
[6]M.G.Ash: "Epilogue: Reflections on Psychology in History", en The Problematic Science, op. cit.
[7]Ver M.G.
Ash and W.R.Woodward (eds.), Psychology
in Twentieth-Century Thought and Society, New York, Cambridge University
Press, 1987.
[8]Ver nota y comentario sobre la obra de Ellen Herman, The Romance of American Psychology:
Political Culture in the Age of Experts, Berleley, Univ. of California
Press, 1995; en The Cheiron
Newsletter, vol XXIII n.3, Spring/Summer 1996 y n.4, Autumn/Winter
1996.
[9]En ese sentido, ver los trabajos de F.Samelson, “Struggle for Scientific
Authority: The Reception of Watson’s Behaviorism, 1913-1920” JHBS, 1981, 17, 399-425. “Organizing for
the Kingdom of Behavior: Academic Battles and Organizational Policies in the
Twenties”, JHBS, 1985, 21, 33-47.
[10]Ver Christine C. Iijima Hall, “Cultural Malpractice. The Growing
Obsolescence of Psychology With the Changing U.S. Population”, American Psychologist, June 1997,
vol.52, n.6, 642-651. Postula que la psicología debe realizar cambios
sustantivos en los planes de formación, la investigación y la práctica o de lo
contrario se arriesga a dejar de ser un recurso profesional viable para la
mayoría de la población de los EEUU. Esa revisión debe producirse en un sentido
que tome en cuenta los tópicos de la diferencia cultural, el género y la
orientación sexual, las minorías “étnicas”, etc.
[11] K.Danziger, en el artículo
citado se refiere a la crítica feminista de la ciencia y distingue entre una
crítica que se dirige a la “autoridad científica” concebida como producto de
una comunidad en la que operan relaciones “patriarcales” de poder y, por otra
parte, la que se extiende a la misma disciplina: la “logica interna” de la
formación científica no sería ajena al fundamento patriarcal. Con lo que la
radicalidad de un punto de vista de género tiende a “disolver” la base misma de
un marco general de construcción de objetos y problemas. Una presentación
general de la problemática de los “estudios de género”en M.C.Cangiano y L.
DuBois (comps.), De nujer a género.
Teoría, interpretación y práctica feminista en las ciencias sociales, Bs.
As., CEAL, 1993. Sobre las bases y los problemas del “multiculturalismo”,
especialmente en su impacto sobre la psicología, véase B.J. Fowers y F.C.
Richardson, “Why Is Multiculturalism Good?”, American Psychologist, June 1996, 609-621.
[12]Stanley F. Schneider, “Psychology at a Crossroads”, Am.Psych., April 1990, vol.45, n.4, 521-529. Sobre el conflicto en
APA: Gary R. VandenBos, “Loosely Organized ‘Organized Psychology. 1988
Executive Officer’s Report”, Am.Psych.,
July 1989, vol.44,n.7, 979-986. Presenta una historia de rupturas
producidas a lo largo de la historia de APA y muestra que la creación de las
“divisiones”, que por entonces eran 47, pretendía ser una manera de evitar las
fracturas.
[13]Janet T. Spence, “Centrifugal
Versus Centripetal Tendencies in Psychology”, Am. Psychologist, December 1987, vol.42, n.12, 1052-1054.
[14]G.A.Kimble,
“Psychology’s two cultures”, Am. Psycholog., 1984, 39, 833-839. Ver C.P.
Snow, The Two Cultures and a Second Look,
London, Cambridge Univ. Press, 1964.
[15]W. Lepenies, Las tres
culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia, México, FCE, 1994.