MARIE LANGER: PSICOANALISIS DE LA MATERNIDAD*
Hugo Vezzetti

 

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RESUMEN

         Marie Langer, una de las figuras fundadoras del psicoanálisis en la Argentina, publicó, en 1951, Maternidad y sexo. Este artículo, toma por objeto esa obra y examina la construcción compleja de su "psicoanálisis de la maternidad". En el libro de Langer el estudio clínico de los trastornos reproductivos se acompaña de una crítica cultural y moral de la sociedad contemporánea. En ese sentido, una parte del mismo puede ser leído como un ensayo cultural psicoanalítico. Al mismo tiempo, se propone revisar y cuestionar las tesis freudianas de la feminidad y para ello recurre, sucesivamente, a la crítica temprana de Karen Horney, a los argumentos aportados por la antropología cultural americana (Margaret Mead) y a una lectura peculiar de la concepción kleiniana del "Edipo temprano".

 

ABSTRACT

         Marie Langer, one of the founders of psychoanalysis in Argentina, published her book Motherhood and Sex in 1951. This article deals with that book and scrutinizes the complex construction of Langer's "psychoanalysis of motherhood".
        Her clinical studies of the perturbations of reproduction goes hand in hand with a cultural and moral criticism on contemporary society. In this sense, the book can be read in part as a cultural and psychoanalytical essay. At the same time, she attempts to review and criticize Freud's thesis on femininity. In this respect she resorts to the early ideas of Karen Horney, to american cultural anthropology (Margaret Mead) and to a personal reading of the kleinian conception of the early oedipical stages.


 

         No son pocas las dificultades y las tareas pendientes ante la figura y la obra de Marie Langer. Para explorar ciertos ejes de un itinerario que, desde el psicoanálisis, la llevó a comprometerse con problemas abordados de cara a la sociedad, se hace necesario un examen de sus primeros trabajos, ese núcleo temático inicial y central en torno de la maternidad, en el cual si es fácil advertir el papel de ciertas corrientes dominantes en el interior de la APA (la psicosomática como dominio y el kleinismo como doctrina) al mismo tiempo, promueven en ella una búsqueda inconformista, que pone en cuestión los límites mismos del saber psicoanalítico y su intersección con otras disciplinas y tradiciones de pensamiento.

         Lo más conocido de Marie Langer es el cuestionamiento público asumido en la ruptura de la APA, a comienzos de los setentas, y la voluntad de reunir psicoanálisis y marxismo. Después vino el exilio, el apoyo ideológico a Cuba y Nicaragua y la labor cumplida en la difusión del psicoanálisis en esos países. Ahora bien, si se busca examinar su obra inicial, es conveniente precaverse de la ilusión retrospectiva que empuja a reescribirla desde el final, es decir desde esa precipitación de sentido que pone un centro iluminador en el compromiso político. Y es aconsejable, por lo tanto, tomar distancia del relato que la propia Marie Langer ofrece, retroactivamente, de una vida que parecía destinada a la causa revolucionaria y que situaba en la ruptura con la institución psicoanalítica la recuperación de una identidad profunda y dormida.[1]

         En el interior de la institución psicoanalítica que había contribuído a fundar, Marie Langer fue, por espacio de más de veinte años y según sus propias palabras, una "ortodoxa", dedicada a la organización. Al mismo tiempo, es claro que se resistía a hacer del psicoanálisis un dispositivo reproductivo, encerrado en un círculo de nociones, tópicos y rituales más o menos inmodificables. Es esa disposición la que inspiró los trabajos publicados en la Revista de Psicoanálisis que culminaron en Maternidad y sexo, en 1951; en ellos se pone en juego una recepción abierta del discurso psicoanalítico, tramada con una experiencia local que acentúa la voluntad de apropiación y alimenta una disposición ecléctica.[2]

         La función materna en la sociedad contemporánea

         "No debemos olvidar que durante el primer cuarto de este siglo, y aun después de la guerra, la mujer se ha desenvuelto más fundamentalmente que durante las centurias anteriores. El tipo femenino que prevaleció hasta 1900 está desapareciendo rápidamente. No se nos escapan los signos exteriores de este cambio radical. Las mujeres se están "masculinizando". Los cabellos cortos, la costumbre de fumar, los tratamientos para adelgazar, los flirteos consuntivos, los deportes y la angulosidad resultante de los hasta entonces redondeados contornos, son síntomas que no pueden pasar desapercibidos. Pero este cambio externo es sólo un reflejo de una transformación más profunda".[3]

         La cuestión de la maternidad "moderna" se instaló, hacia los años veinte, desde la conciencia de los cambios culturales que afectaban la posición de la mujer. Y en el discurso eugenésico escrito por mujeres (Mary Carmichael Stopes y Ellen Key, por ejemplo) se trataba de responder a esa sensibilidad de crisis por la vía de proponer que la "emancipación" de la mujer moderna debía incorporar, y no sacrificar, la sacralidad de la función materna, remodelada, en todo caso, por la apropiación de nuevos saberes provenientes del campo de la ciencia. El mandato eugenésico anteponía las obligaciones hacia la raza y la especie; en esa dirección la promoción de los métodos contraceptivos se fundaba en el principio de que una maternidad responsable debía ser planificada y denunciaba a la mujer que eludía sin motivos justificados sus deberes reproductivos.[4]

         En el cruce entre maternidad y "vida moderna", el tópico de la mujer encontraba un camino hacia la crítica social. Ellen Key expresaba, en ese sentido, el temor de que, en la mujer casada del siglo XX, las incitaciones -y las aspiraciones- a una actividad profesional terminarían por ahogar las funciones maternas. En efecto, dice la muy difundida autora, "la mujer moderna ha perdido la calma, el equilibrio, la sensibilidad que caracterizaban a la mujer de otras edades como un ser próximo a la naturaleza..". Y más adelante: "Urgía emanciparse, impresionando no sólo el corazón sino el cerebro de las mujeres, y de esta suerte educarlas congruentemente para cumplir su eterno destino: crear y conservar vidas nuevas". Se trata, sigue, de que las madres conozcan la teoría y la práctica de la higiene y la medicina infantiles para que su labor se vea facilitada y simplificada. Pero a partir de un mandato irrenunciable: "La mujer que renuncia a la maternidad sin tener para ello motivos imperiosos, es una planta parásita en el árbol de la vida".[5]

         Si la cuestión femenina se instala como uno de los problemas mayores de las sociedades modernas es porque el camino inevitable de la "emancipación", que supone un cambio en los papeles tradicionales de la mujer, la enfrenta con la disyuntiva de elegir entre el trabajo social o el hogar, "entre el sexo y la personalidad" dice E. Key, contraponiendo así la función natural a la tarea de construcción de un "yo"; o bien "entre el interés de la raza y la vida pública".[6] La maternidad tiene, entonces, exigencias que no son reducibles y que chocan con las nuevas condiciones que impulsan a la mujer fuera del hogar. O bien las nuevas energías se encarrilan hacia la "misión maternal" o bien el sufrimiento y el menoscabo del amor y las funciones maternas desencadenan lo que la autora sueca llama "la neurosis de la mujer moderna".[7]

         Con Maternidad y sexo, entonces, Langer interviene, en un área problemática abierta desde antes por ese peculiar género de divulgación, bastante popularizado en Buenos Aires, que fue el discurso eugenésico.[8] La eugenesia ha pasado de moda. Y sin embargo, todavía es mencionada en el primer trabajo que nuestra psicoanalista publica, junto con Celes Cárcamo.[9] En efecto, cierto parecido de familia enlaza el planteo de ese artículo sobre el tratamiento de las funciones reproductivas con la eugenesia tardía que abandonaba la afirmación unilateral de los factores hereditarios para incorporar una "psicología sexual" preventiva. En efecto, el punto de partida incluye una advertencia contra las formas de la vida social contemporánea que son responsables de una "progresiva desnaturalización de la función genésica". Este trabajo (en el que no se puede distinguir lo que corresponde a C.Cárcamo) inicia una serie que va a culminar con la publicación de Maternidad y sexo; en él la dimensión erótica y el funcionamiento reproductivo son presentados, de entrada, como componentes homogéneos de una sexualidad adulta e integrada: la inseminación fecundativa es una parte tan necesaria de la conducta sexual masculina normal como lo es, en la mujer, la triple capacidad: orgásmica, reproductiva y de lactancia.[10]

         No se trata de obtener el balance dudoso de analogías y diferencias con la eugenesia, porque en cuanto el artículo psicoanalítico abandona esa presentación genérica para exponer teórica y clínicamente su objeto queda claro que está tratando de otra cosa. Ha desaparecido fundamentalmente esa atención privilegiada a la especie como un sujeto natural colectivo susceptible de ser perfeccionado por una adecuada administración de las leyes de la herencia. Pero más allá de la distancia en los universos conceptuales, lo que quiero destacar es la afinidad de la enunciación que considera necesario colocar su estudio clínico en el marco de una crítica moral de la sociedad contemporánea. Por otra parte, que los trastornos de la fecundidad pasen a ser directamente una parte de los trastornos mayores de la "función genital normal" no deja de tener consecuencias para el proyecto langeriano de un psicoanálisis de la maternidad.

Maternidad y sexo

         Los trabajos de Marie Langer reunidos en Maternidad y sexo, se incluyen, entonces, en una orientación que no es ajena a los enfoques característicos de la primera generación de psicoanalistas argentinos; pero, al mismo tiempo, ponen de relieve un enfoque que procura incorporar un cruce discursivo propio. La presencia del psicoanálisis de la APA se evidencia, por una parte, en el énfasis psicosomático y, por otra, en el recurso teórico del kleinismo, que se constituyó en el pensamiento fundamental de ese círculo por espacio de veinticinco años. Sin embargo, a partir de allí Langer construye un abordaje peculiar, tanto por la elección temática como por el modo en que combina un tratamiento del material clínico que busca ser estrictamente psicoanalítico con un despliegue teórico que va a extenderse en dos direcciones: hacia las tesis culturalistas y hacia la integración psicobiológica que funda la psicosomática.

         De las orientaciones provenientes del psicoanálisis norteamericano Marie Langer toma la proposición de una casuística "moderna": la emergencia de nuevos cuadros psicosomáticos y su correspondencia con nuevos tipos de pacientes. Y allí, en la "presentación" del problema, a partir de la voluntad de extender el psicoanálisis a los problemas de la sociedad contemporánea, hace intervenir el recurso a la antropología cultural. En efecto, el problema se define a partir del supuesto incremento contemporáneo de trastornos psicosomáticos que afectan la función reproductiva de la mujer (embarazo, parto, lactancia); desde allí se propone correlacionar esa "patología de la maternidad" con ciertos rasgos de la cultura actual y sus efectos sobre la posición social femenina. El libro de F. Lundberg y M. Farnham, aporta el argumento inicial: la mujer moderna se ha distanciado de su funciones maternas.[11]

         La presentación del problema combina cierta idealización de la familia tradicional (concentrada en el ideal de una madre "naturalmente" ajustada a sus funciones en la reproducción y la crianza) con la postulación, propiamente moderna, de la potencialidad reformadora del saber, en este caso, de cierta ilustración educativa que busca integrar al psicoanálisis y la antropología cultural. El objetivo finalmente apuntaba a resolver los conflictos asociados a las "funciones femeninas" en el marco de una conciencia de cambio: "nuestras abuelas, a la vista de un ratón, se subían a una silla y recogían las faldas pidiendo auxilio a gritos, pero generalmente no tenían dificultades en amamantar a sus hijos; mientras que actualmente las jóvenes saben manejar autos, ambulancias y hasta aviones, pero frecuentemente no saben alimentar a sus criaturas".[12]

         De allí derivaba, no sólo la importancia adjudicada a la divulgación del psicoanálisis, sino el papel resaltado del "experto", que es una versión actualizada del higienista, un iluminador de las reformas necesarias en la dimensión colectiva. Y encuentra un tópico reiterado del ensayo cultural desde la primera posguerra: la sensibilidad de crisis y los aires de cambio social, cultural y moral encontraban en la condición femenina una pantalla privilegiada de proyección de las incertidumbres del presente: "..no sólo con respecto a la mujer existen tantas dudas sobre el lugar y los derechos que le corresponden. La misma inseguridad se observa en todo lo concerniente a la educación infantil, a los derechos de los trabajadores, el seguro social, el parlamentarismo, etc. Es decir que estamos viviendo en una época crítica de nuestra cultura, y que en todas las capas sociales y entre los diversos países hay gran inseguridad de concepto sobre el camino más apropiado a seguir".[13]

         El análisis histórico de esas transformaciones, tomado al parecer del libro citado, pone el acento en el papel jugado por la primera guerra mundial en la recolocación social y laboral de la mujer, algo que ya habia sido señalado, entre otros, por Marañón, con una visión conservadora y alarmada ante los cambios, y por S.Zweig que veía en esas transformaciones el surgimiento de un mundo nuevo.[14] En esa dimensión, los problemas de la maternidad emergen del dominio de las costumbres privadas y se sitúan en un cruce de caminos entre las determinaciones biológicas y los patrones culturales, entre la familia y la sociedad, la "felicidad" íntima y las obligaciones colectivas, el mundo privado y la escena pública. Esto es ejemplificado con el caso de la mujer profesional; se han creado conflictos que son nuevos y que oponen el ejercicio de una profesión al desempeño eficaz y satisfactorio de las funciones maternas. Y esos conflictos son enfocados por nuestra autora, primeramente, como un problema cultural que nace de los cambios en los ideales, actitudes y valores. Esos cambios sostendrían una fundamental mutación en los cuadros clínicos. He aquí lo que presenta como la "tesis central" de su libro: "la mujer moderna, al adquirir más libertad sexual y social, ya no sufre tanto de cuadros neuróticos típicos, como la gran histeria; restringida, empero, en sus funciones maternales, padece, en cambio, de trastornos psicosomáticos en sus funciones procreativas".[15]

         Maternidad y sexo no es un libro simple y contiene, por lo menos, tres nudos problemáticos. En el punto de partida -los primeros capítulos- puede ser leído como una ensayo cultural psicoanalítico. La civilización actual obraría en contra de la realización sin desvíos de una función materna que tiene un fundamento instintivo; y en ese punto -la oposición entre la cultura y la pulsión- busca el respaldo en algunas tesis de Freud de El malestar en la cultura. En todo caso, si el tema no es nuevo, es claro que busca distanciarse de la visión conservadora que propugnaba una imposible vuelta al pasado y, en ese sentido, no comparte la tesis del "sexo perdido" en las complicaciones de la modernización. Su visión es historicista: el cambio histórico es irreversible; se trata, en todo caso, de hacer posible, en las nuevas condiciones, una "maternidad feliz" y, al mismo tiempo, de educar a la mujer para la sublimación de "una parte de sus instintos maternos".[16]

         En segundo lugar, presenta una exposición de las teorías psicoanalíticas de la feminidad que se propone revisar y cuestionar las tesis freudianas. Para ello recurre, sucesivamente, a la crítica temprana de Karen Horney, a los argumentos aportados por la antropología cultural americana y a una incorporación de la concepción kleiniana en la que opera una lectura bastante personal del "edipo temprano".

         Finalmente, la parte más extensa del libro se destina a una exposición clínica psicoanalítica, ejemplificada con historiales breves, de trastornos psicosomáticos de las funciones sexuales y reproductivas femeninas: menstruación y menarca, desfloración, frigidez, trastornos de la fecundación y del embarazo, el parto y el puerperio. En esta dimensión de la obra, Marie Langer ofrece las muestras de su sagacidad, la pasión terapéutica y, a la vez, la pasión por la investigación de los síntomas como trozos de una historia por construir. Todo ello, unido a su disposición a pensar y teorizar en la clínica, la llevó a edificar, verdaderamente a inventar, un campo nuevo de exploración y de extensión terapéutica para el psicoanálisis. En ese sentido, Maternidad y sexo es un clásico mayor de la literatura del psicoanálisis psicosomático.

         Ahora bien, de esa obra excepcional me interesa destacar y analizar el modo cómo el ensayo cultural se combina con la revisión teórica de la disciplina freudiana y con el propósito de una divulgación extendida. Las tesis de crítica cultural parecen orientar su pensamiento propiamente psicoanalítico y no sólo presentan el conjunto de la indagación, sino que, de algún modo, proporcionan la justificación de la empresa de un proyecto de psicoanálisis extendido al problema de la mujer. La inspiración genérica del psicoanálisis americano en el dominio psicosomático -que tenía como referencia mayor a Franz Alexander- servía a una legitimación del campo de los trastornos somáticos de la reproducción, aunque el utilaje teórico abrevaba en el kleinismo. Pero, finalmente, si la psicosomática aporta el "dominio" de la investigación clínica, el marco propiamente teórico no deriva de la "psicología médica" ni de una integración con las prácticas de la clínica medica. La disposición a la sintesis opera, en todo caso, en el nivel de la argumentación teórica concebida como una sumatoria de abordajes, separables de los capítulos clínicos que casi constituyen un material autónomo.

De K.Horney a M.Mead

         Los trabajos iniciales de Karen Horney proporcionan a la critica langeriana una visión alternativa al falocentrismo freudiano. No voy a insistir sobre ellos pero, en la lectura de nuestra autora, se reunen varios argumentos: por una parte, hay relación temprana de la niña a la vagina y la envidia del pene, en todo caso, es secundaria y depende de condiciones culturales; finalmente, para establecer una exacta simetría en la constitución de la diferencia psicosexual, el niño varón sufriría de una envidia equivalente: la del seno, que ocuparía el lugar de un símbolo primario de la feminidad.[17]

         Pero el recurso a la obra muy conocida de Margaret Mead, Adolescencia y cultura en Samoa, le ofrece una prueba palpable de la causación cultural de la envidia fálica en la niña. En efecto, M.Langer parece compartir con la antropóloga una visión idealizada de la joven de Samoa, preparada desde niña para su papel femenino y materno a partir de la sabia organización natural de la vida comunitaria samoana: una relación estrecha y satisfactoria con la madre y las mujeres de la tribu, una moral sexual tolerante y ampliamente permisiva en materia de juegos eróticos infantiles, y la participación activa de los pequeños en la vida de la comunidad, lo que permite a la niña presenciar la vida sexual de los adultos, asistir a los partos de las mayores y cuidar bebés. El resultado es que las mujeres samoanas desconocen la frigidez y carecen de los trastornos de la reproducción que serían característicos de sus congéneres civilizadas.[18]

         Es claro que la antropología servía a la crítica de la cultura contemporánea, algo que era explícito en los objetivos de Margaret Mead. En efecto, se trata, dice nuestra autora, de "evitar y mitigar los daños que nuestra cultura provoca"; y es por esa vía que se orienta a destacar el papel de los "factores ambientales" que habían recalcado tanto Adler como Horney. En este punto, si bien Langer, en una posición más estrictamente psicoanalítica, postula la preeminencia de las experiencias infantiles, localiza en ellas un núcleo "ambiental" fundante: la actitud de la madre. "Una  madre amargada y disconforme con su sexo educará hijos neuróticos y desgraciados, aunque sus intenciones conscientes sean las mejores". De lo que se trata, en última instancia, es de hacer algo para superar esos "conflictos a través de las generaciones" y desde ese punto de vista el equilibrio y la aceptación de sus funciones por parte de la madre se convierte en un factor fundamental de prevención.[19] La felicidad de las madres es condición de la salud mental de las futuras generaciones. La higiene materno-infantil venía a ser, a la vez, ampliada y trastocada en sus objetivos: ya no se trataba de insistir en el entrenamiento de las madres en nuevos hábitos de la crianza (Gregorio Aráoz Alfaro se había ocupado de ello por décadas) sino de encarar ese sustrato del necesario equilibrio materno que se sitúa más allá de la conciencia y que sólo el psicoanálisis, en esa extensión a los temas de la salud colectiva, puede iluminar.

         Las posiciones de la antropología se aproximaban, por otra parte, a las tesis culturalistas de la segunda etapa de la trayectoria de K.Horney. Y aquí Langer muestra su capacidad de admitir los argumentos de una "disidente", renunciante a la IPA en 1941, incluso de elogiar El nuevo psicoanálisis, una de las obras que había causado ese alejamiento de la organización psicoanalítica internacional.[20]

 

         Pero aqui caben algunas observaciones sobre la lectura que Langer hace de las tesis antropológicas. La importación de las tesis culturalistas implicaba introducir una orientación relativista, que coincidía con los cuestionamientos que Malinowski había formulado a la obra freudiana, en particular a la universalidad del Edipo. En efecto, la orientación antropológica centrada en la relación de "cultura y personalidad", de Ruth Benedict a Margaret Mead, prestaba especial atención a la socialización infantil como proceso de adquisición de patrones culturales de conducta y empleaba la variabilidad de pautas en distintas comunidades para cuestionar la universalidad de los enunciados freudianos. Y si bien incursionaba en terrenos trabajados por el freudismo, como la sexualidad y la diferencia sexual, al mismo tiempo descuidaba casi totalmente una consideración de la dimensión fantasmática inconsciente; en la medida en que privilegiaba la observación de los comportamientos manifiestos su concepción de la socialización mantenía una básica filiación conductista.[21]

         Pero la lectura que Marie Langer hacía de las proposiciones culturalistas imponía una torsión y un límite a la tesis relativista. En efecto, primeramente, recurre al modelo de la socialización a la vez como alternativa al edipo freudiano y como complemento de las teorías kleinianas; y lo hace para dejar establecido -con la fuerza probatoria que aparentemente resultaría del contraste y la diversidad de culturas- que los trastornos psicosomáticos de las funciones reproductivas son adquiridos en la etapa infantil de la vida. La tesis freudiana de la centralidad de la vida infantil vuelve, paradójicamente, desde la versión americana, como un caso de la relación formativa básica entre cultura y personalidad. Pero si Langer insiste en el carácter "aprendido" de los trastornos de la maternidad, no está dispuesta a extender -como Margaret Mead- el postulado relativista a la constitución misma de las funciones femeninas. Y casi sin transiciones, cuando aborda la naturaleza de esas funciones, lo que encuentra es el suelo firme del fundamento biológico.

         Psicobiología y psicosomática

         La vía de acceso "culturalista" al problema encuentra un límite allí donde enfrenta la cuestión de la relatividad cultural de los papeles sexuales y, por lo tanto, de la maternidad. Puede decirse que Marie Langer retoma la tesis clásica que siempre sostuvo la naturaleza instintiva de la relación de la mujer con la maternidad. Y por esa vía, reencuentra la concepción de una relación constitutiva de la mujer con la función materna y los fines de la especie, de Schopenhauer a Krafft-Ebing. Allí residiría, para nuestra psicoanalista, la diferencia central con la sexualidad masculina (que no tendría una relación equivalente con la paternidad); la mujer sin hijos -a diferencia del hombre- cargaría con la exigencia adicional de una "sublimación satisfactoria de sus impulsos maternales".[22] En ese punto precisamente sostiene su desacuerdo con el relativismo cultural radical de Margaret Mead: "Considero tanto al hombre como a la mujer como a seres que deben valorarse como entidades totales, en que no puede separarse lo fisiológico de lo psicológico, ni lo procreativo del carácter". Y más adelante: "No es racional suponer que las diferencias anatómicas y funcionales entre hombre y mujer no involucren simultáneamente una diferenciación psicológica profunda".[23]

         La afirmación de la "unidad psicobiológica o psicosomática" como un postulado sintético funda el límite definido que M.Langer impone al relativismo; pero también parece inspirar, como se verá, una zona de su lectura de Melanie Klein. Ahora bien, la referencia sucesiva que nuestra autora hace a la cultura y al instinto plantea un problema. ¿Qué es lo biológico y qué lo cultural en la organizacion sexual subjetiva? Por una parte, la constitución subjetiva de la diferencia sexual quedaba centralmente referida a las condiciones reales; si hay envidia fálica es adquirida y depende de frustraciones acaecidas en la infancia: allí está la ausencia de toda "protesta masculina" en las mujeres samoanas para demostrarlo. Por otra, se rechaza el relativismo de los rasgos sexuales subjetivos para afirmar la base firme del instinto biológico.

         Y sin embargo, finalmente, la exaltación de la determinación cultural no es del todo contradictoria con el postulado de la raíz biológica de la feminidad. En efecto, la "buena" socialización infantil en Samoa no sería sino la expresión de una comunidad que viven en armonía con la naturaleza. Y es claro que la mirada naturalista domina el juicio que Langer (igual que Margaret Mead, por otra parte) construye mediante el contraste entre la sabiduría simple de la vida samoana y la artificiosidad desequilibrante de la civilización contemporánea, responsable de eso que K.Horney llamaba la "personalidad neurótica de nuestro tiempo".

         Pero las claves de ese ideal de ajuste natural a las funciones femeninas no son simples y en todo caso incorporan dos figuras ejemplares diferentes. Por una parte, como se vio, la mujer samoana expone la ficción de un libre curso a la expresión de los instintos. Pero hay otra encarnación del ideal naturalista que se reitera en el discurso langeriano sobre la maternidad: "nuestras abuelas". En efecto, además de la mención inicial, en la presentación misma del libro, vuelve sobre ellas para adjudicarles un saber adecuado y eficaz que no se encuentra en los libros. Ante las recomendaciones sobre la crianza contenidas en un libro muy difundido en los EEUU, Langer imagina el siguiente comentario de las abuelas: "¿Para saber eso -hubieran dicho- estas madres universitarias necesitan estudiarlo en un libro? Nosotras sabíamos solas cómo querer a nuestras criaturas".[24] Y el ideal de la relación de la mujer con la maternidad se construye, entonces, por el encuentro superador de un componente "tradicional" -la aceptación por "nuestras abuelas" de su lugar y sus funciones- con el ingrediente emancipador de una relación más libre con las propias pulsiones, que encuentra su expresión en el mito samoano.

         Finalmente la psicosomática langeriana resulta ser, por una parte, un espacio de expresión, en los síntomas corporales, de esa relación fundamental de la mujer a sus funciones maternas; en esa relación se concentra el sentido de los síntomas. Más aun, todo ejercicio de la sexualidad quedaría, en la mujer, atado primariamente al fin procreativo. "En general se puede decir que la mujer, aunque utilice medios anticoncepcionales y descarte conscientemente durante el coito las posibles consecuencias, percibe en su inconsciente una relación constante entre la aceptación del placer que le ofrece su compañero y la fantasía de un embarazo, de un parto".[25] Pero cuando se lo sostiene en la tesis de la unidad psicobiológica, lo psicosomático ya no es sólo el campo de su investigación; planteado como el postulado de una unidad subyacente opera como obstáculo, un punto ciego en el que se hundirían las relaciones problemáticas de lo biológico y lo subjetivo.[26]

        

         El lugar del psicoanálisis

         En ese espacio sobredeterminado de problemas, la voluntad de síntesis coloca a la disciplina freudiana en un lugar mediador, un "neutralizador" entre el relativismo cultural y el determinismo biológico. En ese marco, la apropiación que realiza del universo kleiniano no es una operación simple. Si sigue ortodoxamente a su maestra en el dispositivo psicoanalítico -extensamente expuesto en los ejemplos clínicos- esa disposición integradora promovida en torno de la concepción psicosomática genera lecturas bastantes más eclécticas y tensionadas hacia esa cosmovisión psicobiológica. En ese sentido, la adscripción de Marie Langer al kleinismo requiere ser examinada como una apropiación peculiar, en varias direcciones.

         Es claro el papel que cumple la recepción de ciertos tópicos de esa obra (Edipo temprano y constelación de relaciones objetales primarias) en un desplazamiento hacia un psicoanálisis de base materna; sus consecuencias son notorias en el despliegue de una clinica de la feminidad en la que casi no aparece el padre. El foco de atención se desplazaba de la conflictiva edípica "triangular" a las relaciones objetales tempranas; y en los atolladeros de la maternidad emerge la relación duplicada de la mujer-madre futura con las propias imágenes maternas de su universo infantil. La exploración exhaustiva del continente negro de la feminidad, que encuentra entonces su núcleo y su límite en la maternidad, produce el catálogo interminable de fantasmas primarios que sostienen y desvían las funciones reproductivas. El psicoanálisis de la maternidad se vuelve psicoanálisis materno, más precisamente exploración interminable del cuerpo materno como sostén de una imaginería del inconsciente en la que proliferan pechos y penes, heces, leche y hermanitos.

         Al mismo tiempo, la identidad kleiniana configuraba también el encuadre y el campo de experiencia clínica: en todo este período recogió sus casos sólo en el diván. En esto se separaba de la línea psicosomática que tendía a integrar elementos del psicoanálisis al ámbito de las prácticas y las instituciones médicas. Puede pensarse que es por la carencia de título médico reconocido (recién va a revalidar su diploma en 1959) que nuestra psicoanalista no se orienta a un trabajo clínico en relación más estrecha con el campo de la medicina; pero también es posible pensar que si tardó quince años en procurarse ese título es, precisamente, porque no añoraba el hospital y le bastaba con el ejercicio estricto del psicoanálisis en el marco de una institución a la que había abrazado, según su propio testimonio, con fervor militante. La adhesión a Melanie Klein sostenía, por otra parte, la defensa de un encuadre estrictamente psicoanalítico y su oposicion a las innovaciones técnicas.[27]

         El primer capítulo "aplicado", por así decir, del libro, después de la exposición teórica, está dedicado a la divulgación de las ideas kleinianas sobre la "madre mala". Melanie Klein es traída como refuerzo de la crítica a la tesis de la envidia primaria del pene en la niña; el núcleo de la castración primaria en la niña no se referiría al pene imaginario sino a la vagina y al interior del cuerpo.[28] De allí la fórmula que M.Langer presenta como su "concepto personal": la "castración de la genitalidad femenina";[29] con ella retoma una noción de Ernest Jones, la "afánisis", pero para referirse a un complejo de angustias primarias que se refieren tanto a los genitales como al cuerpo materno imaginario, que alberga penes y hermanitos. Lo menos que puede decirse es que el pensamiento kleiniano no aporta suficiente sustento a la continuidad que establece en el desarrollo de la mujer entre sexualidad e "instinto materno".

         El marco conceptual psicoanalítico aplicado a los trastornos psicosomáticos de las funciones reproductivas busca fundarse en la rectificación del Edipo freudiano, en varios movimientos. Primero, por el recurso relativista a la antropología: las adolescentes samoanas son el desmentido viviente y palpable de las tesis del maestro vienés. Seguidamente, por la afirmación, que ya no es relativista, de una matriz primaria de la sexualidad femenina (en la que los trabajos tempranos de Karen Horney se integran con su lectura personal de Melanie Klein) organizada primariamente en torno de los genitales y las imagos del interior del cuerpo materno. Por otra parte, era Karen Horney la que proporcionaba, en verdad, el arranque de su critica a Freud y la misma reunión de M. Klein con la autora de El nuevo psicoanálisis en ese estudio de la psicopatología femenina implicaba un cruce de lecturas problemático y, a la vez, innovador.

         Si el "culturalismo" resultaba atenuadado por el postulado del sustrato biológico en la diferenciación sexual femenina y en la función materna, de modo análogo y simétrico, el universo teórico kleiniano, es decir la autonomía del mundo interno y la fantasía inconsciente, quedaban parcialmente rectificados por una atención destacada a las frustraciones reales en la primera infancia (a propósito del destete, el entrenamiento esfinteriano, el nacimiento de hermanos) en el origen de los conflictos localizados en las funciones reproductivas.[30] La localización real, en el cuerpo y la fisiología, de los trastornos involucrados (esterilidad, amenorreas, alteraciones diversas del embarazo, el parto y la lactancia) operaban en el mismo sentido al desplazar esa indagación del universo materno en el orígen infantil de los sintomas hacia las experiencias reales.

         Y lo que en principo parecía una mixtura de difícil resolución -la integración del kleinismo a los planteos culturalistas- encuentra una vía de armonización; el postulado psicobiológico atenúa la presentación culturalista del problema del mismo modo que la atención destacada a los factores ambientales familiares y a las frustraciones reales atenúa la tentación de un kleinismo encerrado en el interminable mecanismo de las emociones primarias y la fantasía inconsciente. Con ello se hace nítido uno de los sentidos de la empresa -a la vez de investigación clínica y de divulgación psicoanalítica- encarada con Maternidad y sexo: una voluntad preventiva y genéricamente educativa que va encontrar su mejor clima en los años sesenta.

         Años más tarde, convocada a intervenir en un ciclo acerca de la libertad, Marie Langer expone una concepción de la salud psíquica que puede ser tomada como la conclusión hacia la que tendía el volumen de materiales diversos sobre la maternidad publicado en 1951. Ahora el contrapeso del kleinismo es aportado por las tesis de Gordon Allport sobre la personalidad prejuiciosa; y las premisas de la "libertad interna" se configuran como una ideal preventivo que depende de las buenas experiencias en las relaciones objetales tempranas; quien carece de libertad, dice nuestra autora, es el que "no tuvo la oportunidad de establecer dentro de sí, en el desarrollo de sus primeras relaciones objetales, buenos objetos internos, que no dispone de una constitución feliz y de un medio ambiente favorable..".[31]

 

NOTAS

* Este trabajo es parte de una investigación con Subsidio UBACYT 1995-1997 y fue publicado en Anuario de Investigaciones, n 4, 1994/95, Fac.Psicología, UBA.

[1] Véase M.Langer, J. del Palacio, E.Guinsberg, Memoria, historia y diálogo psicoanalítico, México, Folios, 1981.

[2] M. Langer, Maternidad y sexo, Buenos Aires, Nova, 1951. Todas las citas en el texto remiten a la primera edición; queda pendiente un examen de las modificaciones que la autora hizo en sucesivas ediciones, incluyendo la eliminación del capítulo referido a "Freud y su época".

[3] Costler y Willy, Enciclopedia del conocimiento sexual, Buenos Aires, Claridad, 1939, (22ª edic.) p.150.

[4] Mary Carmichael Stopes, Procreación prudencial, Buenos Aires, El Ombú, 1932, pp. 77-81 y 90-91.

[5] E.Key, Amor y matrimonio, Buenos Aires, Partenón, 1945, p.95,  111 y 114.

[6] Id., p.115 y 123.

[7] Id., p.118.

[8] Véase H.Vezzetti, Aventuras de Freud en el país de los argentinos, Buenos Aires, Paidós, 1996, cap. II.

[9] M.L.; C. Cárcamo, "Psicoanálisis de la esterilidad femenina", Rev.de Psicoanálisis, 1944, II, nº1, p.16.

[10] Op. cit, p.9.

[11] F.Lundberg; M.Farnham, Modern Woman, the Lost Sex, N.York and London, Harper & Brothers, 1947.

[12] Maternidad y sexo, p.18.

[13] Ibid., p.28.

[14] G.Marañon, Tres ensayos sobre la vida sexual, Madrid, Biblioteca Nueva, sexta edición, 1931. S.Zweig, El mundo de ayer, Buenos Aires, Claridad, 1942, pp.300-301.

[15] Maternidad y sexo, p.36.

[16] Ibid. p.14.

[17] Sobre las tesis de Horney, véase K. Horney, Feminine Psychology, "Introducción" de Harold Kelman, New York, W.W. Norton, 1967.

[18] La visión entera de M. Mead sobre Samoa ha sido objeto de controversias en el campo de la antropología. Vease Viviana Lebedinsky, "De pasiones y muertes. Reflexiones sobre la Antropología", Publicar en Antropología y Ciencias Sociales, III, nº4, junio de 1994, pp.101-109. La crítica a las interpretaciones de Margaret Mead se expone en Derek Freeman, Margaret Mead and Samoa. The Making and Unmaking of and Anthropological Myth, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1983. Agradezco a Sergio Visacovsky la gentil indicación de estas fuentes.

[19] Maternidad y sexo, pp.112 y 113.

[20] Sobre la trayectoria de K.Horney: Harold Kelman, "Introducción", Feminine Psychology, op. cit.; también Joseph M. Natterson, "El énfasis cultural", en R.Ekstein y otros, Historia del Psicoanálisis VI, Buenos Aires, Paidós, 1968, pp.61-70.

[21] Véase Bertrand Pulman, "Les anthropologues face à la psychanalyse: premières reactions", Revue Internationale d'Histoire de la Psychanalyse, 4, PUF, 1991.

[22] Maternidad y sexo, p.111.

[23] Ibid., p.49 y 87.

[24] Ibid, p.112. Se refería a Margaret Ribble, The Rights of Infants, New York, Columbia University Press, 1943.

[25] Maternidad y sexo, p.110

[26] Sobre las aporías de un dominio psicosomático concebido como "amalgama" de fisiología y psicología, es decir, la noción de una subjetividad que sería "reflejo" de la vida organica, véase Jean Starobinski, "La enfermedad como infortunio de la imaginación", en La relación crítica, Madrid, Taurus, 1974, pp. 184-185.

[27] Sobre la "ortodoxia" de M.L., J.Balán, Cuéntame tu vida, cit., pp.193-194.

[28] Es claro que Marie Langer extrema la oposición con las teorías de Freud más allá de lo que Melanie Klein, al menos en El psicoanálisis de niños, estaba dispuesta a proclamar. Dice Klein: "La divergencia entre el punto de vista de Freud y el presentado acá, sin embargo, resulta menos importante si reflexionamos que los dos están de acuerdo en dos puntos importantes: en que la niña quiere tener un pene y en que odia a su madre por no habérselo dado", M.Klein, Obras Completas, Buenos Aires, Paidós, 1990, t.2, p.208.

[29] Maternidad y sexo, pp. 94-95.

[30] Véase, por ejemplo, pp. 120-121.

[31] J.Bleger, M.Langer, J.Itzigsóhn, J.Saurí, J.Thenon, Prólogo de T. Reca, Premisas para la libertad del hombre, Bs. As., Ed. EPA, 1964, p.61. Véase M.Langer, J. del Palacio, E.Guinsberg, Memoria, historia y diálogo psicoanalítico, México, Folios, 1981.

 

FUENTE
Publicado en Anuario de Investigaciones, Fac. de Psicología, UBA, Nº 4, 1994/95.