Historias de la
psicología: problemas,
funciones y objetivos
Hugo Vezzetti
Universidad
de Buenos Aires
El artículo trata sobre la
historia de la psicología como un espacio de conocimiento y un campo de
investigación, dentro del campo mayor de las historias disciplinares. Se indaga
la pluralidad en el objeto, las
psicologías; y en las diversas construcciones del pasado: de los saberes,
los usos, la implantación social y cultural, la profesionalización.
Palabras clave:
Historia, psicología, historia intelectual, historia conceptual
The article deals with the history of psychology as a space of knowledge
and a field of research, within the wider field of disciplinary histories.
Plurality is explored: in the object, psychologies;
and in the different constructions of the past: of knowledges,
uses, social and cultural implantations, professionalization.
Keywords: History, psychology, intelectual history,
conceptual history
“Historia
de la Psicología” es hoy sobre todo una asignatura incluida en un marco
curricular destinado a la formación de los practicantes de la psicología; es,
al mismo tiempo, un espacio de investigación y conocimiento que desborda ese
propósito y se incluye en el campo mayor de las historias disciplinares. En lo
que sigue doy cuenta de los criterios y la experiencia que sostienen una
enseñanza y un programa de investigaciones, desarrollados desde hace casi
veinte años en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.[1]
En el comienzo, entonces, se trata
de una historia establecida por, y destinada a, los psicólogos como incipiente
comunidad profesional. Sus condiciones no fueron diferentes de las de otras
historias disciplinares, particularmente allí donde se reúnen el sustrato
científico y el dispositivo profesional: historia de la medicina, de la
ingeniería o de la sociología. El primer modelo tiende a continuar y ampliar
las “introducciones” o el repaso de “antecedentes” históricos usualmente
insertados en los comienzos de una enseñanza: una memoria de la psicología,
académica o profesional, que todo profesor se siente obligado a incluir, al
modo de un ritual que sirve a la vez para establecer una filiación y afirmar
una legitimidad.
Un núcleo más o menos explícito en
esos relatos es la cuestión de la identidad, que se construye siempre
retrospectivamente, tanto más proclamada cuanto más se advierte, desde los
comienzos de la disciplina, que bajo el rubro psicología pueden contenerse
conceptos y prácticas muy diferentes. Las disciplinas suelen instituir
filiaciones apoyadas en pequeños mitos
familiares que nombran un padre, Hipócrates o Newton, por ejemplo. En el caso
de los practicantes del psicoanálisis, esa operación se pone en escena de un
modo que revela ese pequeño drama identitario: lo
usual es instalar y exhibir el retrato del padre del psicoanálisis como un
gesto que asegura la continuidad de un linaje. Pero aquí la paternidad es
siempre cierta e indisputable, mientras que lo primero que salta a la vista en
el caso de la psicología es que se diversifica el elenco de los progenitores.
Se puede recurrir a Wundt, por supuesto, pero ¿por qué no Darwin, Fechner, Freud, Watson o Piaget?
Las disputas de filiación ofrecen una primera evidencia de una familia a la vez
extensa y desorganizada. O bien, para recuperar una ficción iluminadora, un
territorio mal delimitado en el que coexisten tribus diferentes, mutuamente
incomunicadas y por eso mismo inclinadas a combatirse (Kimble, 1984; Vezzetti, 1998). Es por el
contraste con esa identidad plena de la gran familia freudiana (que no impide,
como es sabido, profundas fracturas en el plano de las doctrinas) que resalta
la precaria armonía de la comunidad de los psicólogos. Esa fragilidad de un
campo disciplinar que lleva la marca de un nacimiento dudoso o “problemático”
ha sido señalada (Woodward y Ash, 1982); a partir de ese incertidumbre en el origen
se aclaran algunas modalidades del refuerzo de legitimidad que se demanda a la
historia académica. El primer objetivo planteado a la historia de la psicología
en su impacto formativo, particularmente para los estudiantes del grado, apunta
a una función pacificadora y compensatoria, que enfrente los riesgos de la
anarquía: es notorio que los fantasmas políticos pueblan las historias latentes
de las disciplinas en general y de la psicología y el psicoanálisis en
particular. El recurso imaginado apunta a la composición retrospectiva de un
campo unificado, que se despliega en el elenco de los “precursores” y los
fundadores y en las teorías y los procedimientos que trazan una línea desde un
pasado legítimo hasta un presente celebrado como el único posible.
Ahora
bien, si en los últimos años se han abierto intentos de revisión de los
objetivos y las funciones de la historia de la psicología, como el que se
propone en esta revista, hay que reconocer un estado de insatisfacción con esa
primera función curricular; y, seguidamente, advertir que esa discusión se hace
posible por un estado del arte en el conocimiento y la investigación históricos
que ya ha comenzado a edificar caminos autónomos. Frente a una historia
concebida como una crónica de lo mismo, emerge una posición distinta, de historiador antes que de profesor, que
busca su autonomía en la distancia que construye respecto de la función celebratoria o la confirmación de las verdades
establecidas. Ese trabajo innovador sobre el pasado, indaga las versiones
oficiales, señala los "olvidos",
amplía el canon, en fin, explora una dimensión latente y no reconocida del
pensamiento de la disciplina.
Un primer signo de ese giro ha sido
la inclusión de la historia de la psicología en el marco de la historia de las
ciencias humanas. Más aun, es la historia como disciplina de investigación, con
sus conceptos y sus herramientas, la que ha quedado destacada como un
fundamento necesario, si se trata de eludir las versiones de aficionados que
han poblado las historias destinadas a los psicólogos. En todo caso, el
historiador de la disciplina, que hoy tiende a concebirse como un especialista,
se enfrenta a un doble desafío: por una parte, no puede perder una familiaridad
con su objeto, la psicología, cuyo campo busca explorar e iluminar; por otra, cuanto más se afirma en el lugar de
historiador (o aspirante a serlo), mas se extiende necesariamente su espacio de
trabajo y de interlocución a las disciplinas históricas, sobre todo los rubros
que hoy comunican la historia de las ciencias y de las ideas con la de la
cultura y los campos intelectuales. Es en ese espacio renovado donde surgen
herramientas novedosas en el trabajo sobre el pasado como la arqueología y la
genealogía foucaulteanas, una orientación muy
influyente en el presente.
Aunque signifique reiterar una
obviedad: la función más importante para la disciplina histórica es la
iluminación crítica del presente. En el caso de las ciencias humanas (y de la
psicología en particular) exige no sólo tomar distancia de cualquier identidad
presupuesta (en la tradición de las humanidades, las ciencias naturales, el
psicoanálisis, etc.) sino partir de la diversidad
de las condiciones, modelos, conceptos y prácticas. Sostenida en ese suelo
innovador, la historia puede comenzar por interrogar críticamente la demanda de
los practicantes de la psicología que buscan en el pasado un sostén de
identidad, y puede emanciparse de las narraciones tranquilizadoras, los
desenvolvimientos continuos y la búsqueda de los “precursores”. La cuestión de
la unidad ya no se plantearía como un requerimiento que deber ser cumplido
mediante una narrativa armonizadora, que en verdad habla menos del pasado que
del panorama actual de la psicología. La enseñanza de la historia en los curricula ya no
se concebiría como la transmisión de un relato ya armado sino como un amplio
horizonte para una investigación en marcha. Con intención crítica, se tratará
de que el alumno incorpore, además de información, algunas herramientas de
análisis y, sobre todo, cierta sensibilidad para los problemas de la historia y
que la reconozca como un saber capaz de iluminar cuestiones presentes de la
disciplina. Afirmada en la importancia de la investigación, la enseñanza sobre
el pasado reconoce que la “operación historiógráfica”
(para recuperar una fórmula feliz de Michel de Certeau,
1975) encuentra su mejor productividad en el rescate de los comienzos
divergentes y azarosos. Hoy juega a favor de ese giro en la disciplina
histórica un humor genealógico que
debe ser recuperado en su potencial innovador sobre las formas más bien
inmovilizadas de los relatos académicos.
Desde luego, también la inspiración
genealógica produce sus excesos y sus visiones unilaterales del pasado, allí
donde la complejidad de las formaciones tiende a simplificarse en un relato
homogéneo de los mecanismos del poder. No hay, en ese sentido, una versión
canónica de la genealogía como herramienta de análisis histórico. En el propio
Foucault, padre de la criatura, puede advertirse que no se trata de un conjunto
de reglas generales sino de un modalidad de trabajo sobre las fuentes que se
ajusta y se reinventa de acuerdo con los objetos singulares a los que se
aplica. En principio, aplicado a la psicología, un abordaje genealógico
comienza por rechazar la búsqueda de un origen y se embarca en una exploración
interminable de los comienzos contingentes y las continuidades dudosas. En
definitiva, no hay una historia de la psicología: hay diversidad de
psicologías y pluralidad de historias.
1. LA PLURALIDAD
EN EL OBJETO: LAS PSICOLOGÍAS.
Como es sabido, la
pregunta, a menudo acuciante, por la unidad
de la psicología ha quedado planteada junto con la fundación académica de la
disciplina. Antonio Caparrós, a quien tanto debe la
nueva historiografía de la psicología en lengua española, supo señalarlo en un
análisis esclarecedor y erudito. (Caparrós , 1991) Partir de la propia “conciencia de crisis” proporciona un
punto de mira preferible al de cualquier definición sobre lo que es (o quiere
ser) la psicología. Si la historia busca renovar e interrogar las
representaciones establecidas del pasado, encuentra su mejor punto de partida
en la incertidumbre y en la perplejidad expresada por esa originaria conciencia
de crisis, que tiende a ser acallada por la institucionalización académica de
la psicología y que no obstante establece un motivo perdurable e iluminador de
su trayectoria ulterior.
La cuestión de la unidad aparece en el programa expuesto
brevemente por Daniel Lagache y discutido en una
conferencia de G. Canguilhem, convertida en un texto
célebre en los años sesenta (Lagache,
1980; Canguilhem,1958). Pero
justamente la búsqueda de unidad emerge como un ejercicio compensatorio frente
a la heterogeneidad de tradiciones científicas, objetos, métodos, técnicas y
usos de la psicología. El territorio de la psicología se extiende entre la
filosofía y las humanidades, la biología y los estudios del comportamiento, las
ciencias neurológicas y cognitivas; con apoyos en las disciplinas formales,
matemáticas y estadísticas y lazos con las ciencias sociales, las disciplinas
clínicas y el psicoanálisis, que contiene en sí mismo un potencial de
diversidad y de conflicto. El abanico de asignaturas en un plan de estudios
típico revela esa heterogeneidad que en verdad proyecta un programa de
formación de casi imposible cumplimiento. Los posgrados
y las especializaciones constituyen los caminos hacia una unificación en una
tradición (cognitiva, social, clínica..) que se
alcanza sobre la base de un olvido retrospectivo de las otras. Algunos han
señalado la evidencia de un campo disciplinar estallado y concluyen que debería
trasladarse esa diversidad a la formación curricular básica, que debería
brindar directamente diplomas en neuropsicología, psicología cognitiva,
psicoanálisis, psicología social, etc. Como consecuencia, junto con el campo
disciplinar quedaría desarmada la figura profesional del psicólogo.
La historia encuentra una tarea y
una mira cuando se aleja de la defensa partisana o el sostén de alguna
ortodoxia y admite que la heterogeneidad
del campo en su configuración presente depende de su proceso de formación. O
sea, que esa diversidad no depende de desvíos o retrocesos en una racionalidad prefijada,
sino que los espacios y las tramas de esa formación han obedecido a procesos
diversos y heterogéneos. Situada entre la filosofía, las ciencias biológicas y
las sociales, la pluralidad de psicologías sólo se ilumina cuando su proceso de
formación es situado en una trama disciplinar compleja y móvil.
Consecuentemente, se impone la ampliación del corpus, que no puede ya reducirse
al catálogo de los autores incorporados al canon
de la disciplina, aun admitiendo que en el campo de las psicologías hay más de
un canon en la medida en que hay diversas tradiciones. El punto es que una
historia de las ideas o de las prácticas de la psicología debe incluir fuentes
y recortes del pasado que no siempre serían reconocidos en la memoria
establecida de los psicólogos.
En el terreno de
los proyecto teóricos hay, desde luego, más de un corpus y el archivo
textual se expande interminablemente. Canguilhem, en
el texto citado, polemizando con la visión estrecha de Lagache,
produjo una ampliación provocadora: para responder a la pregunta sobre el qué
de la psicología propone trabajar un corpus inmenso, filosófico y científico.
Su ensayo destacaba particularmente, en el nacimiento moderno de la cuestión de
la “subjetividad”, el impacto fundante de las
revoluciones científica y filosófica y sus consecuencias para los primeros
proyectos teóricos de la psicología como “física del sentido externo”
(psicofísica), “ciencia del sentido interno” (introspección) o estudio del
“sentido íntimo” (diario y literatura del yo). Pero en cuanto se desplazaba
hacia el mundo contemporáneo, el proyecto de una “ciencia de las reacciones y
el comportamiento” le imponía introducir la dimensión de las prácticas, los
usos sociales, en fin, una dimensión ética y política que no puede ser ignorada
en el análisis de las tecnologías psicológicas contemporáneas. Canguilhem proporcionaba una preciosa indicación en esa
ampliación del paisaje de los saberes: las condiciones culturales de la modernidad se constituyen en un núcleo
ineludible de la historia conceptual de la disciplina. Allí nacían, no sólo en
el pensamiento sino en las nuevas instituciones, una variedad de figuras del
sujeto y del comportamiento que, al mismo tiempo que fundaban la posibilidad de
un saber sobre la subjetividad, hacían imposible un
ciencia unificada del hombre.
Finalmente, hacia el siglo XIX, la
diversidad en los comienzos de la psicología puede ser ordenada,
tentativamente, en tres tradiciones: la psicofísica y sus derivaciones en las
psicologías experimentales; el evolucionismo
y sus efectos sobre la psicología comparada y evolutiva; y la psicopatología y sus consecuencias en la
clínica de la hipnosis y las formas modernas de la psicoterapia. Se trata de un
esquema tentativo que ha proporcionado un orden en la enseñanza de la historia de la psicología, con miras a
iluminar el horizonte contemporáneo (Vezzetti, 2005). Pero en
ese agrupamiento tentativo (que no pretende fundar un sistema) se advierte ya
que los problemas de la constitución
científica de la disciplina no pueden separarse de distintos contextos
culturales y de lenguaje, de Inglaterra a Francia y a Alemania, que operan como
un suelo ineludible para un análisis histórico. Allí se abre un capítulo
fundamental de una exploración capaz de reconocer los tránsitos, las lecturas y
traducciones de un espacio nacional a otro. En cierto modo, toda la historia de
las disciplinas “psi” puede ser encarada como una
historia de las lecturas y las apropiaciones, es decir, según los criterios de
los estudios de recepción, a los que
voy a referirme más adelante. Por otra
parte, esas tradiciones generales no agotan la
pluralidad de ideas y proyectos en el período, en las últimas décadas del siglo
XIX, en que la psicología alcanza un estatuto académico autónomo. Es posible
señalar otros ámbitos, como la psicología colectiva y de las masas, que
establecen sus temas y sus objetos, en relación con esas tres corrientes
principales. Pero el reconocimiento de esos comienzos diversos previene contra
la tentación de alinear esa historia en torno de algún origen esencial.
Además, en la
medida en que la psicología, en su fisonomía contemporánea, nace directamente
como práctica aplicada (como tecnología)
ese espectro diversificado debe incluir, como un tema destacado de la
investigación, la dimensión de los usos
en la clínica y el diagnóstico, la educación, los grupos y las instituciones,
el ámbito jurídico y forense, el trabajo y las profesiones, la publicidad y los estudios de mercado,
incluyendo nuevas líneas como la psicología transcultural.
No hace falta decirlo, en esos nuevos ámbitos tecnológicos se anudan nuevas
relaciones con las tradiciones científicas que revierten y complejizan
la diversidad de los conceptos y las teorías. En un análisis notable, que se
refiere explícitamente a la dimensión de las prácticas, un joven Foucault
exponía otra idea de una primera negatividad en el nacimiento de la psicología.
Si en su dimensión tecnológica la psicología moderna podría ser comparada con
las prácticas nacidas de las ciencias de la naturaleza, la diferencia salta a
la vista: mientras que en las ciencias naturales responden a dificultades o
límites que son temporarios y provisionales, la psicología, dice Foucault,
nace en ese
punto en el que la práctica del hombre encuentra su propia contradicción. La
psicología del desarrollo nació como una reflexión sobre la detención del
desarrollo; la psicología de la adaptación como un análisis de los fenómenos de
inadaptación; las de la memoria, de la conciencia, del sentimiento aparecieron
como psicologías del olvido, del inconsciente y de las perturbaciones
afectivas. Sin forzar los términos se puede decir que la psicología
contemporánea es, en su origen, un análisis de lo anormal, de lo patológico, de
lo conflictivo, una reflexión sobre las contradicciones del hombre consigo
mismo. Y si se transformó en una psicología de lo normal, de lo adaptativo, de lo ordenado, es de una manera secundaria,
como un esfuerzo por dominar esas contradicciones (Foucault, 1994; Vezzetti, 2001).
Al desplazarse a las prácticas y los
usos un estudio histórico de la psicología deberá incluir no sólo la trama de
las ciencias humanas y sociales, sino las condiciones sociales y culturales,
las nuevas instituciones (en la salud, la educación, el trabajo) y las
racionalidades políticas que enmarcan las figuras y los “malestares” de un homo psicologicus que
es edificado conjuntamente con los saberes y las técnicas que le son
destinados. Y el problema mayor ya no es el principio de unidad (sea en el
objeto, el método o el programa) sino el diseño de las exploraciones capaces de
restituir las condiciones conceptuales y técnicas, culturales y políticas que
se anudan en distintas formaciones de ideas y prácticas. Además, se debe
reconocer que las reconstrucciones del pasado dependen de preguntas o problemas
que se conjugan en el presente. Es por eso que, aunque parezca que se trata de los mismos
hechos y del mismo pasado, hay más de una historia posible y por lo tanto más
de un pasado a recuperar.
Dos cuestiones merecen ser
resaltadas. Por una parte, el interés presente: no sólo porque la historia
puede iluminar cuestiones actuales y actuantes en la disciplina, sino porque en
las preguntas mismas que desencadenan la investigación histórica, si están bien
formuladas, se juegan modos de intervención sobre el presente. Foucault extrema
ese propósito de acción con la idea de favorecer “una conciencia histórica de
nuestra propia circunstancia”. (Foucault, 2001,
p. 242). Por otra parte, aunque puede parecer una
contradicción con lo anterior, se debe reconocer el carácter diferencial del pasado, que se busca
conocer en sus rasgos propios. Aquí se incluye el tema, no siempre bien
comprendido, de la discontinuidad,
que no es un método ni un dogma, sino el simple reconocimiento de que los
términos y los “objetos” (sea el yo, el instinto o la conciencia) dependen de
marcos epistémicos y socioculturales que deben ser indagados en sus condiciones
singulares. Pero inmediatamente salta a la vista que estos dos rasgos del
pasado histórico (interés presente y carácter diferencial) no puede ser tomados
por separado ni destacados unilateralmente: el énfasis en la actualidad
engendra eso que se llama “presentismo” (que es un
modo de la ilusión y el anacronismo) mientras que la afirmación de un pasado
incomunicado con el presente conlleva el riesgo del “exotismo”. La
consecuencia, en cualquier caso, es la clausura de una elucidación histórica
capaz de impactar sobre el conocimiento presente. Una primera lección de una
historia capaz de dialogar con el pasado, a partir de una distancia justa, es
mostrar que las ideas
y los proyectos que alguna vez fueron vigentes eran tan legítimos como los que
hoy se admiten como incontrastables. Una operación de ese tipo sobre el
presente enfrenta resistencias, en la medida en que supone admitir que en el
futuro las certezas de hoy pueden ser vistas con la misma extrañeza con la que
abordamos algunas convicciones del pasado. Un pensamiento histórico dispuesto a
interrogar críticamente las convicciones y las ortodoxias conlleva un saludable
efecto antidogmático.
La pluralidad de las psicologías se
replica en un estudio igualmente diversificado de condiciones que ya no pueden
encontrarse sólo en lo que la disciplina define como su interior. Para decirlo
con una fórmula concisa: una historia de la psicología debe ocuparse de temas y
objetos que no son parte de la psicología. O sea, no hay ni investigación ni
enseñanza de la historia de la disciplina que pueda fundarse en las fuentes
restringidas de la psicología llamada “científica”. Como se dijo, la extensión
hacia las “ciencias del hombre” establece ya una primera y básica apertura. En
consecuencia, la posición y las preguntas del historiador no se forman sólo en
el interior de las disciplinas psicológicas sino que requieren una formación
suficiente en los conceptos y los procedimientos de la historia. Pero, como se
verá, la disciplina historiográfica dista mucho de ofrecer una fisonomía
uniforme. De la historia de las ciencias a la historia social y cultural, de la
historia de las ideas a la arqueología de los saberes, de la historia de los
campos intelectuales a los estudios de recepción, las opciones que se abren al
historiador sólo pueden ser encaradas en función de preguntas y objetivos
producidos en el curso de la investigación. Finalmente, esa pluralidad se
traslada a los públicos: las mejores historias son las que pueden interesar a
un público que no se restringe al de los especialistas. Es en contra de la
modalidad autocomplaciente, instalada en el parroquialismo
de cátedra, que puede plantearse una discusión sobre los principios de una
historia que tenga en la mira otros públicos, formados en las tradiciones
intelectuales de las humanidades, las ciencias humanas o los estudios
literarios y culturales.
2. LA PLURALIDAD
EN LA CONSTRUCCIÓN: LAS HISTORIAS.
Vista desde la historia, la
psicología se presenta como un objeto complejo, sea que se estudien los comienzos, las formaciones y
organizaciones o sus diversos impactos en el pensamiento, en las instituciones
y en las prácticas. Esa complejidad y esa pluralidad de impactos no deja de
trasladarse a las historias posibles: hay diversas historias en la medida en
que los problemas, las preguntas que organizan una investigación histórica
pueden ser diferentes. Lo importante es que esa condición plural,
que puede parecer una debilidad desde un punto de vista doctrinario, es un
desafío y una fuente de interés para el conocimiento, en la medida en que está
en la base de cierta cualidad de las formaciones “psi”,
que se han mostrado capaces de impactar y permear
diferentes expresiones del pensamiento y las prácticas científicas y culturales
en el mundo contemporáneo.
2.1 Una historia de los saberes y los conceptos
Manteniendo una
relación de familiaridad y debate con la historia de las ciencias, suele partir
de ese carácter intermedio de la psicología, entre las ciencias naturales, las
humanidades, las ciencias sociales. Pero en verdad, una exploración de los
comienzos de las ciencias del hombre, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, debe
partir de la evidencia de que esas mismas separaciones disciplinares (sobre
todo entre “ciencias de la naturaleza”/”ciencias de la cultura”;
“explicación”/”comprensión”, etc.) son una construcción retrospectiva. El uso
del término “psicología” para esos saberes previos a la primera
institucionalización de la disciplina académica cae en el anacronismo, salvo
que se trate de indicar las raíces de una ascendencia o una “genealogía” que se
reparte entre diversas formaciones de enunciados. (Christie, 1993, p. 1-12). Ya se ha
indicado el trabajo señero de G. Canguilhem que se
embarcaba en una reconstrucción ambiciosa de esos diversos proyectos. Por su
parte, Michel Foucault, con una distinta periodización,
construye otro corpus en su deslumbrante exploración de la episteme moderna que se propone
como una “arqueología de las ciencias humanas”(Foucault, 1968). Podrían mencionarse otros trabajos análogos, pero lo
importante es que a partir de esa nueva producción, la historia de los
saberes no puede limitarse al orden de los conceptos en el interior de un
léxico de la disciplina sino a una exploración de los que la psicología recibe
y transforma. El horizonte epistémico es a
la vez más amplio y se instala en una periodización que se alarga en la medida en que ciertas
matrices de inteligibilidad de los problemas y los modelos nacen justamente en
esas intersecciones.
Ahora bien, una exploración que se
instale en el tiempo extendido de las génesis y que busque su inspiración en la
obra influyente de M. Foucault, se encuentra con que el autor de la Historia de la locura propone más de una
historia de las ciencias humanas. Por lo menos, encara dos proyectos bien
diferentes, aunque en algún momento intente una vía de conciliación. En Las palabras y las cosas propone una exploración
epistémica formal que remite esa formación de saber a
la antropología como un “referencial” que busca realizarse en el triedro
epistemológico de la vida, del trabajo y del lenguaje. En Vigilar y castigar, en cambio, el fundamento de las ciencias humanas
se encontraría en una forma de sujeto (y de sujetamiento) producido por la
disciplina (Le Blanc, 2005; p.
181-183).[2] De modo que, aun
una historia focalizada sobre los conceptos, en el
horizonte de la historiografía contemporánea, se enfrenta con la exigencia de
ampliar sus enfoques y sus herramientas para indagar las condiciones extrateóricas de un orden conceptual.
Véase, por ejemplo, la excelente
investigación de Roger Smith sobre el
concepto de “inhibición”. Muestra que la historia del concepto,
firmemente implantado en la ciencia del sistema nervioso y en la psicología, en
el siglo XIX, debe recorrer un horizonte de nociones que no sólo cruza las
fronteras disciplinares sino que depende de significaciones culturales y
políticas convocadas por el problema del orden
en el individuo y en la sociedad. El análisis histórico del concepto de
inhibición no sólo circula entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias
humanas, sino que debe recurrir a una semántica histórica sobre un vocabulario
que se refiere a las funciones del control y el autocontrol. Desde el control
de las masas y la producción de un orden político a lo largo del siglo XIX se
acuña una representación polarizada (masas/elites, racional/irracional,
cuerpo/espíritu, etc.) que se desplaza a las funciones psicológicas y
neurofisiológicas de la regulación ejercida por las instancias superiores
(intelectuales y volitivas o cerebrales) sobre las inferiores. Sin embargo, no
basta con la indicación de un análogo esquema jerárquico de gobierno (de la
sociedad, del sistema nervioso o de las estructuras afectivas y mentales) para
borrar las diferencias conceptuales, de lenguajes o programas de investigación
en las tres tradiciones científicas destacadas en el libro: la neurofisiología
de Sherrington, la doctrina pavloviana
sobre la actividad nerviosa superior y el psicoanálisis de Freud. Siguiendo
este trabajo ejemplar, una investigación histórica de los conceptos debería ser
capaz de revelar a la vez el suelo común de significados y traspasos culturales
y un orden de conceptos y reglas de producción de enunciados que es específico
de una tradición científica (R. Smith, 1992).
2.2 Una historia de los usos
Plantea otro tipo de cuestiones al desplazarse a los ámbitos de
aplicación, en la clínica, la educación, el orden laboral, social,
institucional o político. En su dimensión tecnológica, la disciplina despliega
modalidades de construcción e implantación, que a menudo entran en conflicto
con los objetivos de la llamada investigación básica o las formas de la
organización académica. Es claro que ese horizonte aplicado de la psicología ha
sido y es el predominante en el mundo contemporáneo. Al mismo tiempo, los
conflictos entre los académicos y los profesionales técnicos recorre
la historia de la institucionalización de la psicología en el siglo XX y ha
repercutido en divisiones y fracturas en las organizaciones gremiales de los
psicólogos. En este plano, una historia de las prácticas y las
instituciones incluye y a la vez desborda las formas de la profesionalización
universitaria en la medida en que la inserción de los psicólogos en ámbitos
sociales y profesionales constituidos, en la medicina y la psiquiatría, en la
educación y el trabajo, en la familia y los grupos, necesariamente convoca a
otro cruce de historias. Es difícil abordar, por ejemplo, las condiciones y los
objetivos de los psicólogos en el hospital o la escuela sin considerar la
densidad histórica encarnada y acumulada en esas instituciones. Y el problema
mayor es que el sentido y la eficacia de las prácticas psicológicas en esos
espacios no pueden ser comprendidas partiendo sólo de las ideas de los
psicólogos sobre lo que creen hacer,
sino de lo que efectivamente hacen. Nuevamente, los problemas del historiador
no son los problemas del psicólogo y los objetos de esa historia (la familia,
la escuela o las prácticas hospitalarias) difícilmente serían reconocidos como
tópicos legítimos para las visiones tradicionales de la historia, concentradas
en los autores, las teorías y los “descubrimientos”.
Por ejemplo una historia de la
psicología clínica (y del psicoanálisis) debe abordar el surgimiento de un
ámbito de problemas y demandas, saberes y prácticas en torno de las psicoterapias. Esa historia incluye, por
lo menos, el "tratamiento moral" pineliano
(desde fines del siglo XVIII) y el paradigma de la hipnosis y la sugestión que
nace con las modernas concepciones de la histeria en las últimas décadas del
siglo XIX. Pero, además, en cuanto se enuncian las preguntas sobre lo nuevo que
allí emerge, se advierte que ese nuevo ámbito, la clínica del sujeto
individual, depende de condiciones sociales y culturales que se revelan cuando
se amplían el alcance de la mirada y, consiguientemente, las fuentes. Es lo que
revela la investigación ya clásica de Henry Ellenberger
que hace posible un trabajo que reúne fuentes médicas, culturales y literarias
en la exploración de los nuevos trastornos de la subjetividad que en verdad se
corresponden con una transformación de las nociones clásicas sobre el sujeto. (Ellenberger, 1976).
2.3 Una historia social y cultural
Se
hace posible en la medida en que se trata
de un discurso que ha penetrado profundamente en la cultura moderna y
proporciona un conjunto de nociones incorporadas a la trama de significaciones
de la vida social. Esa dimensión de implantación cultural ha tenido y tiene un
peso innegable en la historia contemporánea y la fisonomía actual de la
psicología. En principio, si se piensan las prácticas de la psicología, en la
relación que establece con un público y un mercado específico, en la
interacción con las demandas de “usuarios” diversos, se advierte el impacto
sobre una trama de representaciones y creencias sobre la propia vida, la
educación y la crianza, la familia y la pareja, la sexualidad, etc. En ese
sentido, puede hablarse de una cultura “psi” que ha
contribuido notoriamente a reconfigurar nociones y valores del mundo moral. Y
no me refiero sólo a las cosmovisiones (que han ocupado clásicamente a las
sociologías del conocimiento) sino a los espacios regionales, a menudo
superpuestos, de la cultura médica, intelectual o literaria. Muchos de los
tópicos que en el saber académico se definen en términos de un lenguaje y un
corpus conceptual específico tienen sus raíces en, o se comunican con, el
universo de las representaciones y las prácticas sociales. La relación del
dispositivo académico con el campo cultural es un camino de doble vía: por una
parte, los “objetos” del especialista arrastran una densidad y una historia en
el mundo social; por otra, la modernidad, como es sabido, ha instalado a la
ciencia y la técnica como un operadores privilegiados en la formación y
reconversión de las representaciones y los hábitos de la sociedad.
La posición del historiador debe reconocer los
problemas específicos de esa historia que coloca a la psicología fuera de los
reductos académicos o las organizaciones profesionales: ante todo, las
cuestiones se abren necesariamente a un ciclo
temporal de más larga duración. Basta pensar, para tomar uno de los “objetos”
antes señalados, en los problemas que la familia
plantea a los abordajes de la psicología y, más en general, de las ciencias
humanas. Canceladas las visiones naturalistas y los modelos funcionalistas, la
configuración misma de la problemática familiar en la modernidad (incluyendo
sus derivaciones hacia los temas de la pareja y la sexualidad, la crianza, la
niñez y la adolescencia, en fin, las visiones evolutivas sobre las “edades de
la vida” que nacen y se modifican en el seno de las formas de la familia),
exige ser reconfigurada de acuerdo con una genealogía compleja e intrincada en
la que se cruzan las prácticas religiosas con el dispositivo médico y
psiquiátrico, el andamiaje jurídico y las políticas estatales sobre la
población.
El psicoanálisis, nuevamente, ofrece un ejemplo de esa
dimensión cultural extendida de los temas y los objetos de las ciencias
humanas. Si el freudismo alcanza una colocación tan destacada, en el campo
intelectual y en la cultura popular, particularmente en el período crítico de
la primera posguerra es, sobre todo, por la significación social, moral en
verdad, que adquiere como discurso sobre algunos problemas de su tiempo: los
malestares subjetivos y los desórdenes que emergen con los nuevos movimientos
políticos, los cambios en la posición de la mujer y en las relaciones entre los
sexos, la renovación de los patrones familiares y los modelos del
comportamiento infantil y juvenil, en fin, las utopias
de la libertad tanto como las de la autoridad y el orden. El psicoanálisis, y
las ciencias humanas en general, concentra las
demandas y las ilusiones de un período marcado por una tragedia, la Gran
Guerra, que busca dejarse atrás. Allí nacen las condiciones para la
impresionante expansión del freudismo en la sociedad, que son también las que
generan una cultura “psi”, novedosa en el panorama de
la cultura de Occidente. Y en ese proceso intervienen no sólo la acción
divulgadora de los especialistas sino el trabajo mediador de algunos escritores
y periodistas. Por otra parte, esa imbricación de los nuevos saberes sobre el
sujeto psicológico con motivos culturales y morales no se limita al
psicoanálisis; salvo ciertas zonas de una investigación científica enclaustrada
en las universidades, que sólo interesa a los que la hacen y viven de ella, no
hay concepto ni prácticas en las disciplinas humanas que pueda eludir esa
inmersión en la vida social.[3]
2.4 Una historia de la
profesión
Es decir, de los psicólogos más que de la psicología. Se
hace posible en el cruce entre la configuración "tecnológica" de las
disciplinas psicológicas y la
implantación extendida en la cultura y la sociedad. Las formas y los modelos de
profesionalización, en el siglo XX, presentan perfiles diferentes de acuerdo
con los ámbitos en los que la psicología ha buscado establecerse. La
universidad es indudablemente uno de esos ámbitos, aunque ofrece diferencias
notorias (entre los países, pero también entre las casas de estudio e
investigación) en las condiciones de una efectiva profesionalización académica.
Al mismo tiempo, dado el despliegue de los usos de las psicologías en la
sociedad y las instituciones, las variantes en las modalidades profesionales ya
no dependen solamente de la comunidad de los especialistas, sino de la historia
previa y las características de esos ámbitos de uso de la psicología a los que
ya se hizo referencia: los dispositivos de la salud, la educación y el trabajo,
los aparatos públicos de las fuerzas de seguridad y el sistema jurídico-penal.
Lo importante para la tarea historiadora es que el estudio del proceso de
formación de una comunidad de especialistas no se oscurezca por el presupuesto
de una homogeneidad del grupo profesional que lleve a desconocer las variantes
y los conflictos.
Las
dinámica de las comunidades y los movimientos en las disciplinas humanas
modernas opera en general con una modalidad de fracturas sucesivas y separación
de especialidades e incumbencias. Ese movimiento característico de las
historias profesionales impregna habitualmente las historias disciplinares, incluso
las que buscan un fundamento en distinciones epistemológicas. En verdad, una
historia de la psicología que pretenda fundar un estatuto de estricta
separación y autonomía, incluso una identidad separada de las ciencias humanas,
de la medicina, de la filosofía, lo sepa o no, se funda en una lógica que es
menos tributaria de la ciencia (universalista por principio) que de la
profesión, con sus miras restrictivas y autosuficientes. Es fácil focalizar en
la operación doctrinaria de Boring y su célebre
historia la voluntad de construir un grupo homogéneo y separado; pero ese
modelo ha perdurado mucho más que la obra de Boring y
de algún modo sigue constituyendo la indicación establecida en toda historia de
la disciplina (aun en las que se ofrecen como una crítica de la historiografía
tradicional) que convierta a la psicología académica en un punto que es a la
vez de partida y de llegada, en un círculo autorreferencial,
compacto y cerrado.
Es claro que la construcción de esa
autonomía y de una “identidad” disciplinar no obedece sólo a razones internas.
Las condiciones de la edificación de la psicología como dispositivo profesional
es un tema mayor de la investigación histórica. Pero se trata justamente de
interrogar esas condiciones más allá de las convicciones de los
especialistas; algo bien distinto de
hacer jugar a la historia como agencia de confirmación y sostén de los pequeños
mitos de una comunidad. Esa edificación, en el siglo XX, abarca una espacio
internacional: basta pensar el papel cumplido por los congresos y las
asociaciones científicas y gremiales transnacionales, el papel de las
traducciones, la consagración del inglés como lingua franca, en fin la institucionalización creciente de la psicología
en las universidades de acuerdo con modelos de formación que se exportan de los
países centrales, sobre todo de los Estados Unidos en la segunda posguerra.
Pero lo que muestra la investigación histórica disponible (por ejemplo, sobre
la psicología en Alemania, Geuter, 1992), es que las
historias de la profesión deben estudiar muy bien las condiciones nacionales,
particularmente en el nivel de las organizaciones estatales. Y en cuando esas
historias indagan constelaciones culturales e institucionales, tradiciones y
formas de apropiación, modelos de acción estatal, lo que se advierte, en contra
de esa afirmación de la singularidad y la autonomía, es que las historias de
las profesiones nacidas de las ciencias humanas, en tanto comparten un mismo
contexto nacional (cultural, social y estatal) se incluyen en una trama
comunicada y solidaria.[4]
La focalización en la profesión
plantea ciertas cuestiones para un trabajo histórico crítico de los imaginarios
instituidos según las modalidades de las pertenencias corporativas.
Posiblemente es el género historiográfico que más enfrenta las resistencias de
quienes se han acostumbrado a las narraciones históricas subordinadas a los
fines de la legitimidad. La
celebración de la continuidad y de los orígenes no sólo caracteriza ciertas
formas del saber histórico (aplanado sobre las funciones de la memoria), sino
que sirve a un interés reivindicativo: el modelo de la historia familiar se
traslada de los “padres fundadores” a una forma institucional. En términos weberianos, la legitimidad del carisma tiende a ceder
frente al peso de una burocracia racional. Si las historias “oficiales” son
siempre un desvío o un bloqueo para el conocimiento histórico, las peores son
generalmente las que se enuncian en nombre de una institución o un círculo que
se presenta como el garante de una “verdad” o de la defensa de la organización.
Esa función de la historia como garante del orden vigente suele quedar
particularmente acentuada en períodos de crisis o disputas de legitimidad.
Cuando lo que predomina es la ortodoxia doctrinaria (antes que la organización)
la matriz es la transmisión de una
verdad que debe ser preservada y la historia se reduce a la defensa del dogma.
La historia del psicoanálisis, con sus ortodoxias y heterodoxias, sus herederos
y sus disidentes, está poblada de relatos armados en esos términos, que
combinan la idea la defensa de una causa con los enredos y los conflictos de
filiación.
Lo importante es reconocer que el
pasado, en la visión legitimista, tiende a colarse en los debates y las luchas
presentes, según una lógica que de los movimientos religiosos se ha traspuesto a las organizaciones políticas y las comunidades
profesionales. La insistencia en la "identidad" y la legitimidad revela el peso de los fantasmas de ilegitimidad y bastardía
y enlaza los problemas de la historia con los poderes del mito y con las
proyecciones de lo que puede llamarse "memorias hegemónicas", reaseguradoras frente a las incertidumbres del saber y de
la investigación. A menudo, esas hegemonías entran en crisis y son desafiadas:
toda ortodoxia alimenta sus contradictores. La disputa entre ortodoxias y
heterodoxias forma parte de la estructura misma de un campo intelectual o
disciplinar: cuanto más rígida es la ortodoxia más contestataria e iconoclasta
es la acción contraria y más traumáticas son las fracturas. Lo importante es
advertir que allí donde domina una memoria hegemónica no hay casi lugar para
una investigación histórica autónoma.
3. UNA HISTORIA
INTELECTUAL DE LA PSICOLOGÍA
Llegados hasta
este punto, el lector que haya seguido el repertorio de las ideas y las
advertencias podría sensatamente preguntar por los principios y los criterios
de una historia diferente de la tradicional, capaz de incorporar o aprender de
esa pluralidad de enfoques sobre el pasado. Brevemente, lo que puedo responder
expone y sitúa mi propio trabajo, bajo la rúbrica, no bien delimitada, de la historia intelectual, un enfoque y un
dominio inclusivo que recibe algo de distintos géneros historiográficos. En
principio, se distancia del modelo de la memoria
(la identidad, la continuidad, la autonomía de un grupo o de un campo) y busca
explorar una trama de procesos y
acontecimientos, múltiples, heterogéneos, siempre parciales; no busca
reconstruir totalidades sino problemas; y no es un reducto de certezas sino que
su motor es la curiosidad. Enfrentado
a los conceptos, no se trata de juzgar su cientificidad sino de explorar una genealogía y situar los
enunciados y los programas en horizontes que siempre exceden los límites
establecidos por la propia disciplina. Una condición de una historia así
concebida es la suspensión de todo a
priori normativo sobre lo que la disciplina es o deber ser. Y si bien las
fuentes científicas (cátedras, programas, revistas y manuales, congresos) son
una base indiscutible de la investigación, las preguntas históricas que pueden
arrojarse sobre esas fuentes no alcanzan a responderse sin un trabajo analítico
que necesariamente las desborda, hacia el campo intelectual, institucional o
político.
La Psicología de la conducta de José Bleger
puede servir de ejemplo (Bleger, 1963; Vezzetti, 1996 y 2004).
Corresponde al programa de la “Introducción a la Psicología” que Bleger comenzó a dictar en esos años en la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la que la Carrera de
Psicología había sido creada en 1957. No es difícil trazar el mapa conceptual
que organiza la obra en torno de la conducta y que parte, no de Watson sino de la tradición francesa, de George Politzer a Daniel Lagache y de la recepción local de la Gestalt, sobre todo
la topología de Kurt Lewin,
a partir de la enseñanza recibida de Enrique Pichon Rivière. En el orden de los conceptos, el programa blegeriano buscaba, por una parte, fundarse en el
materialismo dialéctico y, por otra, proponía una nueva lectura de nociones del
psicoanálisis, kleiniano sobre todo. Además, en el
programa de Bleger se incluía el proyecto de la psicohigiene como ámbito específico de
acción de un psicólogo concebido como un agente activo en la sociedad.[5] Ahora bien, una historia
que desplegara ese mapa ecléctico de autores y teorías no sería falsa pero
dejaría en la oscuridad una trama de condiciones y rasgos que intervinieron en
esa empresa fundadora. Ante todo, un clima intelectual y político que impregna
la etapa abierta con la caída del primer peronismo (1955) y que se extiende en
la cultura de los sesenta, que en la
Argentina sufren una fractura con la dictadura de 1966 y la intervención
militar de la universidad. Sólo la posición intelectual y política de Bleger (que es, por un tiempo, simultáneamente, miembro de
la Asociación Psicoanalítica Argentina y del Partido Comunista) y la trama de
relaciones que comunican el incipiente espacio académico de la psicología con
el campo intelectual y político, sobre todo de izquierda, permite entender los
alcances de su proyecto para una nueva psicología. En el se conjugaban la
renovación en los conceptos con el planteo del tema de la profesionalización;
pero en los objetivos y las proyecciones que imagina para la disciplina, entran
igualmente cuestiones como la función social del psicólogo, las formas de
apropiación del psicoanálisis, la renovación del marxismo de partido y la
recuperación de una tradición reformista, en fin, una visión sobre la sociedad
argentina en una nueva etapa, en la que se postulaba un papel importante a los
psicólogos (y los cientistas sociales) como agentes
de cambio en la sociedad.
Se trata, entonces, de situar una formación discursiva e institucional
en una trama que inevitablemente excede los límites de la "disciplina"
o la institución. Una historia así concebida se caracteriza por una
colocación plural, dispuesta a desplazarse en la medida en que sus
"objetos" se configuran en construcciones que pueden ser, en
principio, diferenciadas en dos esferas: sociocultural y conceptual. Pero se
trata de evitar tanto la reducción a la lógica
del pensamiento científico como a una descripción de los usos y las formas
sociales. En el primer caso, el estudio de los conceptos (que, como ha sido
dicho, siempre se sostiene en la pluralidad de tradiciones científicas) no
consagra la autonomía intrateórica de un espacio
“epistémico” ni, mucho menos, se encierra en un solo autor o escuela. En el
segundo, la indagación de condiciones no discursivas, extrateóricas,
que se focaliza en las prácticas y las instituciones,
los “usos” y aplicaciones, no se refiere globalmente a la sociedad, al orden
político, ni mucho menos a una visión homogénea del poder sino que debe dar
cuenta de un orden que es propio de un campo
científico profesional, con sus posiciones, reglas de pertenencia, de
consagración y principios de legitimidad (Bourdieu,
2000). Además, como ha sido
dicho, debe situar sus análisis en un espacio cultural que posee rasgos
propios: representaciones sociales, formas de circulación y difusión,
constitución de públicos, en fin, formas de apropiación, más extensas o más
circunscriptas.
Los enfoques de la historia intelectual,
desarrollados en los últimos años, dan cuenta de procedimientos y modalidades
de investigación que están muy lejos de ofrecer un modelo uniforme. Un
"mapa" del género exhibe la diversidad de tradiciones, de problemas y
de accesos metodológicos. Las intersecciones posibles acentúan la permeabilidad
de los límites entre la historia de los conceptos y las teorías, una
orientación hacia la historia cultural y la antropología histórica, la historia
social y política, la historia institucional de grupos y de campos. Aplicada a
la discusión de la "memoria" de la profesión, esa historia ilumina
los modos en los que el pasado puede actuar sobre el presente: hay síntomas
recurrentes en los alineamientos o los conflictos de los especialistas, que
adquieren sentido en el marco de un análisis de los lazos que unen el presente
con el pasado o, mejor, la perduración y la eficacia de ciertas formaciones que
hunden sus raíces en el pasado. En ese sentido, la psicología no puede
prescindir de una relación pensada con su pasado, ni en el orden de los
conceptos ni en el de sus prácticas en ámbitos e instituciones (como la
escuela, el hospital o el consultorio), que poseen su propia densidad
histórica.
Finalmente, queda la
cuestión de la recepción. Admitamos
que la investigación histórica se abre a una trama de significaciones, ideas y
prácticas y que los problemas de la historia disciplinar se sitúan en espacios
intelectuales y culturales. ¿Por dónde empezar y qué abarcar? En principio, no es lo mismo la historia que
parte del "descubrimiento" o de la "fundación" (sea de la
psicología experimental, del psicoanálisis o la psicología genética) que la que
debe hacerse cargo de las lecturas, las traducciones o los desplazamientos.
Este es el nudo de la historia de la recepción, en la que el acento se desplaza
de los grandes autores y los textos fundadores a la historia las lecturas más
eficaces, los contextos de apropiación, las funciones de mediación e
implantación de una disciplina. Por otra
parte, esto es no sólo relevante sino indispensable en una tradición cultural y
de pensamiento como la argentina, dominada por la inmigración y la recepción de
ideas, lenguajes y costumbres. Pero los problemas de la recepción no se limitan
a las traducciones y desplazamientos entre espacios culturales nacionales;
también la circulación y las trasposiciones entre campos disciplinares
configurados como “culturas” diversas con lenguajes y reglas propios, exige
tomar en cuenta el problema de la recepción como un práctica activa que
modifica aquello sobre lo que se aplica (Snow, 2000; Lepenies, 1994).
En los
estudios de recepción se desplaza el foco del autor hacia las condiciones de
producción y la circulación; se interroga la relación del autor a la obra, que
no es una relación transparente ni directa sino que se sitúa en una trama de
relaciones y las condiciones que operan tanto en la producción, como en las
operaciones de difusión y las prácticas de lectura. El objetivo del análisis
son los usos más que la trama interna de la obra, a partir de una idea central:
la lectura no es la incorporación pasiva del texto sino que siempre supone una
apropiación que lo transforma. Esto remite a la importancia de la constitución
del público; incluso a las escisiones y tensiones entre públicos diferentes,
que dan lugar a lecturas divergentes. Tampoco es transparente la relación de la
obra con su tiempo, con las ideas y representaciones que dominan una época; en
la medida en que esta relación cambia, o puede ser muy diferente en los
distintos espacios o "nichos" de recepción, también cambian las
lecturas y los impactos. En fin, con la categoría de recepción quedan problematizados los límites y la significación de un
pensamiento o un corpus de enunciados. El sentido permanece abierto y las
historias deben reescribirse justamente porque las
lecturas se renuevan no sólo en lo explícito de los enunciados y las prácticas
sino en una dimensión latente que se toca con los sistemas de creencias y con
los límites de lo pensable y lo asimilable en un espacio dado de recepción.
Por ejemplo, si se
piensa en el psicoanálisis, que ha motivado una producción historiográfica
impresionante, un problema central para elucidar su presencia en el mundo
contemporáneo es el de los diversos “impactos”, las lecturas
y las apropiaciones de una obra que ha sido capaz de convocar diversos
públicos. La recepción del freudismo
y del psicoanálisis requiere ser indagada en un espectro de campos: la
medicina, la psiquiatría y la psicología, pero también en la cultura
intelectual (la filosofía, las ciencias, las producciones estéticas) y en la
trama cultural más amplia, incluso en diversas formas de la cultura popular.
Desde luego, para explorar esa historia compleja hay que tratar con las condiciones de un campo de saber,
de discursos, modelos y autores
que exceden el espacio local, nacional o regional y se desplaza de Viena
a Londres, a Nueva York, a París y Buenos Aires.
Desde
luego, se distinguen niveles o terrenos de las operaciones de recepción, desde
las lecturas de los especialistas a las apropiaciones que directamente se
plasman en el campo intelectual y, finalmente, a las formas de circulación popular.
No es lo mismo una tesis médica, una intervención ensayística en una revista de
intelectuales o una nota con ilustraciones en un magazine de tirada masiva. Y sin
embargo, más allá de la evidencia de fracturas o escisiones, es posible a
menudo reencontrar líneas de comunicación en un campo cultural dado. Sobre todo
porque esas vías diferentes de recepción y apropiación no constituyen un
sistema estático ni homogéneo e intervienen diversamente según las temáticas en
juego. Ciertos objetos discursivos son más internos a la disciplina y sus
fuentes no exceden los registros de los especialistas. Pero en otros la
implantación del discurso psicológico contemporáneo alcanza un público amplio;
y en la misma medida en que se amplían y diversifican las fuentes (textos
científicos, ensayísticos, morales y religiosos, de divulgación, narrativa) se
densifican los problemas y los límites de una historia disciplinar que debe
extenderse hacia la historia social y cultural de las representaciones.
En conclusión, la
complejidad de las disciplinas psicológicas como tópico de la investigación y
de la enseñanza históricas depende en gran medida de la importancia de las
tramas intelectuales y los contextos de recepción; a partir de reconocer esa
realidad, las historias resultantes se separan del modelo de la biografía
individual o la memoria de un grupo. En esa indagación quedan igualmente
justificados el estudio de las modalidades de implantación y desarrollo de una
disciplina en tradiciones culturales específicas. Es lo que justifica proponer
una historia de la psicología en España o en Argentina, incluso de una
psicología española o argentina. Se trata de reconocer una condición doble, no
exenta de ambigüedades. Por un lado, la vocación de universalidad de la
disciplina, la relación con los protocolos o las reglas del conocimiento y el
dispositivo científico, en cuyo caso sólo se puede habla de la psicología, aunque se distingan
contextos nacionales específicos. Sin embargo, si la historia de la psicología
incluye el estudio de las obras y los conceptos en la exploración de una cultura específica es admisible destacar
lo que la especifica como psicología española, francesa o argentina. El foco
del análisis se desplaza a las condiciones de los campos (científico,
intelectual, político), en una indagación móvil de los movimientos y debates,
las instituciones y símbolos, las operaciones de traducción y apropiación.
Finalmente, la historia de la psicología como un conjunto interactivo se abre a
los motivos, las representaciones y los agentes en la sociedad.
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[1] Profesor titular plenario de Historia de la
Psicología de la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET. Sobre
el trabajo de enseñanza e investigación véase www.elseminario.com.ar
[2] Foucault buscó
articular su primera investigación sobre las ciencias humanas con los enfoques
posteriores de la disciplina y, sobre todo, la “población” (en Foucault,
2004,
pp.77-81).
[3] Para
un análisis histórico renovador de esas correlaciones de la psicología con
instituciones y demandas de la sociedad, véase Rose (1990).
[4] Se puede encontrar un ejemplo de un
estudio transversal de este tipo, para la Argentina del siglo XX, en Neiburg y Plotkin (2004). En él
se abordan la sociología, la psicología, la historia, la antropología y la
arqueología, la economía y el ensayo.
[5] Véase Bleger (1963) -concretamente el capítulo XVII dedicado a
“El psicólogo y las escuelas de psicología”- y Bleger
(1966).