La psicosis en la familia: modelo para armar. Jorge García Badaracco y la versión de algunos conceptos psicoanalíticos (1960-1979).[1]

Florencia A. Macchioli

Programa de estudios históricos de la psicología en la Argentina, Cátedra I Historia de la Psicología, Facultad de Psicología, UBA – CONICET.

 

Introducción.

La familia se constituyó tardíamente como objeto psicológico susceptible de intervención terapéutica. Recién cuando las diversos interrogantes alredor de la psicosis tropezaron con ella, se la ubicó como factor primero y último de este padecer y un campo que hasta ese momento era difuso, cobró cada vez mayor contorno y realidad.[2]

El problema de la psicosis, y en particular la esquizofrenia, planteó importantes interrogantes a la psiquiatría respecto a su etiología, nosografía y tratamiento, posicionándose como una de las enfermedades prácticamente incurables.[3] Sin embargo, a partir del cruce entre psicoanálisis y ciencias sociales, algunas de las investigaciones sobre esquizofrenia desembocaron en la familia, ubicándola como protagonista en su etiología y tratamiento.[4]

En esta línea, una de las tantas que incursionó en el uso de herramientas psicoanalíticas para tratar la esquizofrenia fue Frieda Fromm-Reichmann[5]. Mayormente citada por su concepción de “madre esquizofrenógena” (1948), este concepto fue primero señalado como de los más originales para explicar el vínculo del hijo esquizofrénico con su madre, para más tarde ser de los más denostados por los terapeutas familiares, como si el abordaje familiar de la esquizofrenia consistiera en buscar madres equizofrenógenas responsables de la enfermedad de su hijo. Sin embargo, más allá de los juicios de valor atribuidos al término, la bibliografía sobre terapia familiar la ubicó como uno de los orígenes del tratamiento familiar, a pesar de que ella era una analista que se basaba en los relatos de los pacientes y que sólo establecía breves encuentros con los familiares para conocerlos (Bertrando & Toffanetti, 2004: 51).

El caso de Fromm-Reichmann, plantea entre otros tantos, las relaciones complicadas y controvertidas entre terapia familiar y psicoanálisis. Desde un inicio, los terapeutas familiares no acostumbraban con orgullo a llamarse psicoanalistas y sin embargo, el psicoanálisis fue para la terapia familiar condición necesaria para su existencia aunque no suficiente, produciendo ideas y teorías más que intervenciones para la clínica.

A nivel internacional, pueden localizarse dos líneas para la terapia familiar que se van entrelazando: por una parte los desarrollos norteamericanos centrados en la familia nuclear desde principios del siglo XX; por otra, una Europa que resurge de la Segunda Guerra que destaca lo social. Esta situación, permite plantear una incipiente especialidad con múltiples puntos de origen, numerosos desarrollos (a veces inconexos o sumamente autónomos unos de otros), que además de nacer en distintos lugares en el mismo período, parten de bases muy dispares como el psicoanálisis, la psiquiatría social, la antropología estructural, la cibernética o la teoría de la comunicación, entre algunas de ellas (Bertrando & Toffanetti, 2004). Estas dos líneas, con sus propios tiempos y estilos de recepción, se establecieron en la Argentina dando lugar a una incipiente especialización.

Sucintamente, la terapia familiar en la Argentina tomó contorno a partir de los sesenta, se diversificó en los setenta, y se institucionalizó y profesionalizó en los ochenta. En sus inicios, se conformó desde la confluencia de diversas teorías, fundamentalmente el psicoanálisis local freudokleiniano, la teoría de la comunicación norteamericana y los desarrollos internacionales sobre psicoterapia grupal. El paradigma de la salud mental constituido en la segunda posguerra, dio lugar entre otras cuestiones, al desarrollo de temáticas grupales, sociales y preventivas, donde la familia cobró un rol protagónico como punto de anclaje en Europa, Estados Unidos y, poco después, en la Argentina.

Entre los 1960 y 1970 se circunscribieron y sistematizaron en una investigación doctoral en curso[6] cuatro modelos en el ámbito local: la “familia-grupo” a partir de las concepciones y prácticas de Enrique Pichon-Rivière en el cruce de la familia como grupo interno y dinámica grupal; la “familia-sistema” representada por Carlos Sluzki en su rol de difusor de la teoría de la comunicación humana norteamericana; la “familia-estructura” concebida por Isidoro Berenstein a partir del confluencia de Freud, Klein y Lévi-Strauss; y la “familia-múltiple” ideada por Jorge García Badaracco, a partir de un nuevo dispositivo clínico para la psicosis fundado en el tratamiento familiar. Estos modelos, sin embargo se daban en un escenario donde la cultura “psi” del período debía lidiar con las importantes transformaciones familiares y sociales que a partir de mediados del siglo XX se extendieron en la sociedad modificando las pautas de relación entre las generaciones, los sexos, la procreación y la crianza de los hijos, entre algunos de los aspectos más relevantes, innovaciones que alteraron profundamente los modos de subjetivación hasta la actualidad.

Frente a este extenso escenario, se planteará específicamente en esta presentación de qué modo los profesionales que se interesaron por el tema debieron reformular varios conceptos psicoanalíticos para poder intervenir terapéuticamente sobre la familia. En este caso, se trabajará sobre la obra de Jorge García Badaracco y su reformulación de la reacción terapéutica negativa, el complejo de Edipo, y lo que denominó “narcisismo familiar” e “interdependencia patológica y patógena”, como modos en que distintas conjugaciones conceptuales intentaron aprhender a la familia. La operación intelectual de García Badaracco, ejemplifica lo que varios autores desde el psicoanálisis debieron hacer al ocuparse de la familia: extender la representación de la familia por fuera del ámbito psíquico, sin perder dicha conexión (como Enrique Pichon-Rivière o Isidoro Berenstein, que trazaron diversos modelos que vinculaban la dinámica grupal familiar con la representación psíquica de la familia en el individuo).

Se abordará a continuación el modo en que lo realizó Jorge García Badaracco. El presente análisis se inspira en la historia de los conceptos de Georges Canguilhem, entre otros aportes historiográficos. El objetivo principal aquí es poner en relación cierta trama conceptual, que da cuenta de la familia y la psicosis como problema que no se agota simplemente en los planteos del psicoanalista argentino. Problematizar y poner en discusión esta reformulación conceptual, así como la relación entre los conceptos y la clínica y las herramientas historiográficas para abordar estas cuestiones, permite situar la cuestión en un marco que desborda el tópico aquí tratado. 

 

La familia entre lo normal y lo patológico.

En la investigación de doctorado en curso, devido a la complejidad del objeto estudiado, se realiza un abordaje histórico múltiple, que permite visibilizar distintas facetas de la familia como objeto de intervención psicoterapéutica. Se inspira en la historia crítica de la psicología (en contraposición a la historia tradicional) recapitulada y reelaborada por Hugo Vezzetti (2007). Desde esta concepción se entiende por historia intelectual la exploración de tramas de eventos y procesos heterogéneos, múltiples y parciales que no reestablecen universos de ideas absolutas sino que plantean e instalan problemas. Para ello es indispensable sobrepasar las fronteras de la propia disciplina recorriendo diversas genealogías que la exceden y reposicionan en el campo institucional, social, político y cultural. Partiendo de una historia intelectual así concebida, pueden articularse en ella diversos abordajes (historia de la profesionalización, disciplinar, de los usos y prácticas, historia social y cultural, historia de los saberes, conceptos y estudios de recepción), como las múltiples facetas, muchas veces superpuestas y permeables, que permiten modelar a la familia como objeto específico de intervención terapéutica. En este caso, se pondrá el acento en la historia de los saberes y conceptos, teniendo en cuenta que éstos se entrelazan en las otras múltiples perspectivas mencionadas.

Para ello, los aportes de Georges Canguilhem (1904-1995) se tornan sumamente útiles. Dicho autor, parte de una epistemología de los conceptos para comprender una filosofía de la vida, donde “procura hallar en la dinámica de los conceptos las condiciones de emergencia de los problemas científicos”, recuperando los aspectos prácticos, técnicos e ideológicos de esa historia (Le Blanc, 2004: 9). El eje de la reflexión se basa en la construcción del problema, caracterizado ante todo por su insistencia a lo largo de la historia. A partir de Lo normal y lo patológico[7] construye una filosofía de la vida alrededor del concepto de “norma”. La relación entre vida y norma le permite elucidar los distintos funcionamientos del estado normal y patológico. Desde esta perspectiva lo patológico no implica ausencia de norma, sino que se transforma en una configuración novedosa del organismo, una adaptación posible a las perturbaciones del medio externo e interno donde se establecen otras normas. Esto le permite plantear interrogantes acerca de qué significa estar enfermo y, a la vez, pensar vía la enfermedad qué relación existe entre lo vivido por el enfermo y el “arte médico” -como aquello que se asocia más a la existencia que al saber (Le Blanc, 2004: 9)-. Así, la historia de las ciencias se sitúa en el presente de la enunciación epistemológica donde se plantea el problema del valor de lo patológico. Es una historia de las ciencias normativa que no se basa en los objetos de la ciencia (que más bien se liberan de su historia) sino en los discursos científicos que tienen su propia historicidad. Esta epistemología gira en torno a los conceptos, más que a las teorías, ya que los primeros pueden ser anteriores y externos a las segundas. Entendida como historia de los conceptos, la historia de las ciencias para a ser una historia de las opciones normativas internas de los discursos científicos.

Teniendo en cuenta estas ideas se analizarán a continuación algunos de los conceptos psicoanalíticos utilizados por García Badaracco para tratar familias con pacientes psicóticos dentro del dispositivo clínico de “Comunidad Terapéutica Psicoanalítica de Estructura Multifamiliar”. Esto plantea cierta concepción sobre la familia normal y patológica donde, a diferencia de la bibliografía sobre el tema partió de una “familia enferma como totalidad”, el psicoanalista argentino planteará a la familia “como contexto real del crecimiento psicológico de los individuos” para abordar la dinámica normal y patológica familiar (García Badaracco, 1978a: 541).

 

“Prêt-à-porter”. Cuatro conceptos psicoanalíticos rediseñados para la familia.

Jorge García Badaracco recibido de médico en Buenos Aires en 1947, viajó a París entre 1950 y 1956 para formarse como psiquiatra y psicoanalista.[8] En 1957 participó como consejero del recién fundado Instituto Nacional de Salud Mental, en 1958 ganó la Jefatura de un Servicio del Hospital Neuropsiquiátrico de Buenos Aires (actual hospital “José T. Borda”) y ese mismo año creó la primera residencia médica en psiquiatría. En 1962 fundó la primera Comunidad Terapéutica de orientación Psicoanalítica dentro del hospital, en 1964 organizó el primer Hospital de Día de Buenos Aires y denominó a su modelo en 1965 como “Comunidad Terapéutica Psicoanalítica de Estructura Familiar” (García Badaracco, 1989: 39). En 1968 dejó el hospital para fundar una clínica privada junto a otros colegas, con quienes trabajaba en el neuropsiquiátrico. En 1978 fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar, primera institución sobre la especialidad en el país, y presidió la Asociación Psicoanalítica Argentina de 1980 a 1984.

Ahora bien, ¿cuáles son los interrogantes que intenta responder García Badaracco? Entre algunos de ellos, cómo trabajar psicoanalíticamente con la psicosis, que plantea la necesidad de incorporar a la familia del paciente, que a su vez le exige articular la terapia individual con la terapia familiar. Este movimiento conlleva, entre otras cuestiones, la necesidad de reformular conceptos aplicados a la neurosis y al análisis individual.

El dispositivo adecuado para el tratamiento de la psicosis será para García Badaracco la Comunidad Terapéutica Psicoanalítica de Estructura Multifamiliar. Dicho dispositivo supone un contexto global en el que estarán integradas distintas modalidades terapéuticas para que se elaboren diferentes aspectos psicóticos de la personalidad. Es así como la comunidad se compone hacia 1970 de cuatro estructuras terapéuticas básicas: terapia individual psicoanalítica, terapia grupal comunitaria, terapia del grupo familiar nuclear y grupo familiar múltiple. Sin embargo, este dispositivo se asienta en una comprensión particular del sujeto que parte del psicoanálisis.[9] 

García Badaracco sostiene que fue el psicoanálisis el modelo que aportó la comprensión de los procesos de crecimiento y desarrollo psicoemocional normal del individuo dentro de su contexto familiar. De modo que la psicoterapia de la familia pone de manifiesto la inmadurez intrínseca de la personalidad del paciente pero también de sus familiares, donde se hace necesario un proceso terapéutico familiar para un “redesarrollo” de cada uno de los miembros incluido el paciente. Realiza una crítica al psicoanálisis ortodoxo que desaconsejaba el contacto entre el terapeuta y la familia del paciente suponiendo que perturbaba la relación transferencial. Sin embargo, para García Badaracco esta concepción fue modificada en el campo de la psicosis, donde la inclusión de la familia en el contexto terapéutico permite confrontar los conflictos internalizados por el paciente con los objetos reales de su historia familiar (sus padres y hermanos) para realizar experiencias emocionales correctoras de las primitivas relaciones de objeto distorsionantes (García Badaracco. 1989: 198).

Desde estas directrices se abordarán las diversas operaciones intelectuales que García Badaracco realizó sobre algunos conceptos, mixturando distintas teorías, principalmente las de S. Freud, M. Klein y E. Pichon-Rivière. Estos conceptos se encuentran íntimamente vinculados, por lo que generalmente remitir a uno lleva a tirar de una red compleja en la que emergen todos. Para el objetivo del presente trabajo no se profundizará en las acepciones de cada concepto, sino más bien se trabajará en las diversas tramas en los que ellos se entretejen para poner de manifiesto lo pensable, los valores y el problema que la operación intelectual de este autor permite trazar.

 

A. Reacción terapéutica negativa. Uno de los primeros conceptos psicoanalíticos que necesita esclarecer para el tratamiento de la psicosis es la reacción terapéutica negativa. Siendo una de las mayores dificultades de un tratamiento psicoanalítico, observó que a través de la terapia del grupo familiar con el paciente incluido esta reacción puede resolverse. Fiel al Freud de El Yo y el Ello (1923), García Badaracco retoma sin importantes modificaciones el concepto freudiano donde la reacción terapéutica negativa consiste en que el paciente empeora en el curso del tratamiento en vez de mejorar, donde algo percibido como peligroso se opone a la curación y prevalece la necesidad de estar enfermo, presentando como obstáculos la inaccesibilidad narcisista, la actitud negativa frente al médico y la adherencia a la enfermedad; además de un importante sentimiento inconsciente de culpa semejante a la melancolía. García Badaracco retoma de la teoría kleiniana el concepto de “objeto interno”, su relación con el yo y algunos de sus mecanismos de defensa (fundamentalmente la proyección). Profundiza la concepción de Klein con los aportes de J. Rivière (1936) que estudia más en profundidad el mundo interno de estos pacientes y sostiene que curarse sería un acto egoísta por el que se dejarían abandonados los objetos internos, a los que en realidad se desea reparar. Estos pacientes solo pueden avanzar en el análisis si suponen que curándose ellos curan a sus objetos internos, de los que ellos a su vez dependen. Pero la tarea de reparar a sus objetos internos los exponen a dar todo de sí por ellos, poniendo en peligro su propio yo. Para el psicoanalista argentino, en la práctica clínica con pacientes psicóticos y sus familiares se observa mucho más claramente la génesis y estructuración de los procesos internos del paciente al manifestarse el funcionamiento de los objetos internos “encarnados” afuera, en la familia. La curación o mejoría de los pacientes psicóticos se torna muy difícil sin la participación de sus familiares directos en el proceso terapéutico.

En 1978, cuando García Badaracco trabaja la integración del psicoanálisis familiar y la terapia familiar en el paciente psicótico, incorpora los aportes de Pichon-Rivière, quien al analizar situaciones grupales encontró sistemáticamente un conjunto de fenómenos comunes a todo grupo, incluida la familia: los miedos básicos (a la pérdida de lo logrado y al ataque de la nueva situación), la reacción terapéutica negativa por el miedo y la resistencia al cambio y el sentimiento básico de inseguridad frente al cambio (Badaracco, 1978a: 540). Por otra parte, frente a las dificultades propias del enfermo para salir de su enfermedad, se suman las importantes dificultades de su familia que inconscientemente trata de mantenerlo enfermo. Se observaría en el tratamiento individual del paciente psicótico la reacción terapéutica negativa “producida por la influencia de su grupo familiar” (García Badaracco, 1978a: 550).

En síntesis, para este autor la reacción terapéutica negativa de un paciente no es resultado solamente de una dinámica intrapsíquica particular, sino la consecuencia directa de una acción patógena familiar, a partir de un vínculo previo de “interdependencia patológica” que se estructura en etapas tempranas del desarrollo. Plantea que el trabajo terapéutico sobre la influencia patógena de las figuras parentales permite la neutralización de la influencia familiar convirtiéndose en un aspecto decisivo para resolver la reacción terapéutica negativa.

Recapitulando, García Badaracco parte del concepto freudiano, lo cruza con los aportes de M. Klein y J. Rivière para complejizar las relaciones objetales del mundo interno (aquí es fundamental recordar que los principales desarrollos sobre psicoanálisis de niños y tratamiento de la psicosis fue generado por la escuela kleiniana) y lo ensambla finalmente con los aportes argentinos, fundamentalmente de Pichon-Rivière, para tratar ya no a la familia intrapsíquica, sino al grupo familiar (la “familia real” como sostiene García Badaracco), desde la terapia individual, familiar y multifamiliar.

 

B. Narcisismo familiar. La alusión a este concepto, se encuentra referida en principio al narcisismo individual, puntualmente de los pacientes psicóticos, donde se interesa por el vínculo transferencial (y la transferencia psicótica en particular) poniendo el acento en la figura del analista como objeto real externo para tratar a estas neurosis narcisistas (García Badaracco & Zemborain, 1975). Para García Badaracco el concepto de “narcisismo” es muy impreciso en la literatura psicoanalítica, y lo utilizará básicamente para referirse a los aspectos narcisistas que se juegan en un paciente dentro del proceso psicoanalítico (resistencia al cambio, defensas difíciles de modificar, reacción terapéutica negativa, etc.). Trabajará con las neurosis narcisistas, tal como lo utilizaba en sus primeros escritos Freud, equivalente a las psicosis y contrapuesto a las “neurosis de transferencia”.[10]

En 1978, introduce las ideas de narcisismo familiar fuertemente asociados a los planteos sobre simbiosis. Interesado en la familia como “contexto real” del proceso terapéutico, plantea que:

el enfermo psicótico sería, en ese sentido, el miembro de una familia de estructura narcisística que intenta transformarse en individuo y que, encontrando intolerable el cambio e imposible la elaboración de la separación de la simbiosis, fracasa y se psicotiza. Cuando el enfermo se vuelve el `loco´ sus propias dificultades de salir de la enfermedad se incrementan con las dificultades del grupo familiar que inconscientemente fuerza la psicosis del paciente (García Badaracco, 1978b: 14).

El hijo pondrá a prueba el modo en que la madre atravesó sus propias etapas infantiles. Si esa madre no tuvo un desarrollo adecuado (que para García Badaracco supone una resolución verdadera del complejo de Edipo), se reactivarán en ella estos aspectos no resueltos, estableciendo sin darse cuenta una “relación narcisística patológica” con su hijo a partir de una relación libidinal de tipo pregenital, que llevará a la detención del crecimiento del hijo, momento en el que se estructurará la patología psicótica. Llevando esta situación al contexto de la terapia familiar, cuando el paciente encuentre modos de individuación frente al vínculo simbiótico que lo atrapa, comenzarán a presentarse en el tratamiento fenómenos patológicos de los padres, donde al no ocupar el paciente el rol de enfermo, “aparecerá con toda intensidad la patología familiar”, patología que estaba concentrada en el paciente y que se distribuirá a en el conjunto de la familia, visibilizándose fundamentalmente la patología de la pareja, que remite a los primeros momentos de su constitución y la elección de pareja por motivaciones patológicas. Allí se observará

un vínculo narcisístico dentro de la pareja misma, de dependencia o interdependencia recíproca, donde se van a jugar aspectos de la conflictiva de cada uno de los miembros de la pareja entre sí y donde el hijo, cuando nace, va a empezar a jugar el papel de un depositario de esa patología de la pareja no resuelta en la misma (García Badaracco, 1979: 20).

En 1989, plantea que a través de la terapia familiar con pacientes psicóticos se observó que en muchas familias los padres tienen expectativas muy rígidas en relación a sus hijos. Generalmente, desde antes de nacer, representan objetos muy idealizados dentro del mundo interno de los padres. De modo tal que el niño debe cumplir con un papel prefijado que no le permite desarrollar su “Yo verdadero” espontáneamente. En las familias donde hay pacientes psicóticos muchas veces se encontrarán miembros con aspectos de personalidad descriptos por la escuela kleiniana como “relación narcisista de objeto” reflejado en las relaciones interpersonales como “relaciones objetales primitivas” donde predomina la omnipotencia. Esto lleva a que los miembros se traten entre sí como objetos parciales e intenten manejarse unos a otros omnipotentemente como partes de sí mismos. Casi todos los miembros de la familia participan de esta dinámica que presenta una tendencia a idealizar ciertos aspectos familiares (como el culto al apellido, a tradiciones familiares rígidas o a convicciones religiosas), donde se depositan los aspectos más enfermos del grupo familiar. Los miembros de estas familias, como en toda relación narcisista, se niegan a aceptar la separación entre self y objeto y no suelen tolerar la individuación manteniendo la aglutinación y simbiosis como el ideal de estructura familiar (aquí el autor se refiere explícitamente a Bleger). Cuando las expectativas idealizadas puestas en el hijo fracasan, éste se convierte en un objeto frustrante y odiado que se carga de peligrosidad por los aspectos vengativos retaliativos proyectados en él. El “loco” se transformó en el perseguidor de la familia porque es el representante del fracaso de todo el grupo. Si el paciente está en análisis individual, aquí se ubicaría la “reacción terapéutica negativa” tal como se desarrolló.

Recapitulando, García Badaracco se interesa primero por el narcisismo individual para fundamentalmente trabajar la relación transferencial en el vínculo paciente-analista. Es un interés que claramente parte de las dificultades de la clínica, al igual que la reacción terapéutica negativa. Sin embargo, en un segundo momento ubica este concepto en la estructura misma, ya no solo del paciente, sino de su familia, una “familia de estructura narcisística”. Aquí la psicosis revela aspectos no resueltos de por lo menos dos generaciones (padres e hijos). Hacia 1989 queda  evidenciada la operación intelectual del cruce del primer Freud, la escuela kleiniana, Pichon-Riviére y Bleger, donde al narcisismo freudiano se le ensamblan las relaciones narcisistas de objeto, donde la idealización, la omnipotencia y los objetos parciales deslizan el sentido hacia la simbiosis y aglutinación familiar.

 

C. Interdependencia patológica y patógena. Esta concepción en particular, hace confluir una infinidad de términos semejantes a una única convergencia, una especie de delta que desemboca en la “interdependencia patológica y patógena”, de gran protagonismo desde 1978 en sus escritos. Incluye ideas de larga data rotuladas de distinto modo según las tradiciones psicoterapéuticas en las que se inscriben: aglutinación, dependencia patológica, ligadura simbiótica, pseudomutualidad, patología vincular, relación simbiótica, simbiosis o vínculo simbiótico. Vale de ejemplo sus palabras:

las múltiples carencias del paciente psicótico están relacionadas con la dependencia patológica con que vivió siempre sus relaciones dentro del núcleo familiar. El crecimiento, que es un proceso de individuación, incluye desimbiotización, y es atacado por los familiares que temen también los cambios y sienten la separación también como vacío, pérdida y muerte. Atacando los intentos de individuación y desimbiotización, tratan de volver las cosas hacia atrás en un mecanismo de homeostasis patológica. Se puede entonces observar que el llamado doble vínculo se ejerce para mantener la dependencia y la simbiosis (García Badaracco, 1978a: 564).

Aquí individuación y desimbiotización vs dependencia patológica, homeostasis patológica, doble vínculo, dependencia y simbiosis funcionan como equivalencias. Sin embargo estos términos poseen diversos usos y se inscriben en distintas tradiciones: fundamentalmente los desarrollos sobre dependencia y simbiosis pueden encontrarse primero en el psicoanálisis europeo que se desplaza en la segunda posguerra a Estados Unidos; por otra parte la homeostasis y el doble vínculo en la tradición norteamericana de la teoría de la comunicación.

Tal como sucede con los conceptos anteriores, este conglomerado conceptual entendido por “interdependencia patológica y patógena” se cruza con las ideas de corte pichoneano sobre patología vincular. Los aportes de Pichon-Rivière desde el psicoanálisis ubican, asociados a la patología vincular, conceptos como simbiosis, depositario y depositante (García Badaracco, 1979: 14). Por otra parte, sigue las concepciones de Bleger sobre autismo y simbiosis respecto a la esquizofrenia. El autor de Simbiosis y Ambigüedad, sostiene que el autismo o esquizofrenia parte de la estructura sincrética, previa a la discriminación. Para Bleger (1966, 1967) el sincretismo pasa a ser una posición más del desarrollo psíquico normal (ubicándola previamente a la posición esquizoparanoide y depresiva kleiniana) y se constituye a su vez en una etapa que atraviesa la familia y el bebé. Si esta etapa se estereotipa surge la patología tanto individual como familiar.[11] Asimismo, retoma de Liberman (1971) cierta concepción de los vínculos simbióticos, donde se genera una coalición defensiva entre los miembros de la pareja para potenciar el sistema que evita enfrentarse a ciertos conflictos a costa de restricciones más o menos rigurosas, que a su vez refuerza los sistemas narcisistas de cada uno de ellos.[12]

Podría decirse, sintéticamente, que en este concepto García Badaracco reúne diversos conceptos de tradiciones heterogéneas: la teoría vincular pichoneana de inspiración psicoanalítica y sus derivaciones (como las de Bleger y Liberman), los aportes sobre psicosis de la escuela kleiniana, los desarrollos sobre comunicación y esquizofrenia del grupo de Bateson, y sobre esquizofrenia y familia de autores inspirados en el psicoanálisis dinámico norteamericano como Wynne o Bowen.

 

D. Complejo de Edipo. Desde la formulación freudiana, García Badaracco plantea que la psicosis se relaciona con las etapas anteriores a la resolución del complejo de Edipo. Para afrontar el complejo se necesita previamente haber desarrollado una relación objetal con la madre que permita esa preparación. Si la madre no alcanzó una resolución verdadera de su complejo de Edipo, reactivará sus propios aspectos no resueltos, estableciendo implícitamente una relación narcisística patológica con su hijo a modo de relación libidinal pregenital que detendrá el crecimiento del niño, donde comenzaría a estructurarse la patología psicótica. Así, la relación pregenital del niño estará no solo determinada por la etapa del desarrollo que él mismo atraviesa, sino también por las dificultades propias de la madre para acompañarlo adecuadamente. Quedará atrapado en un vínculo simbiótico, donde la situación triangular madre-padre-hijo plantea casi desde el inicio un vínculo de simbiosis patológica madre-hijo, a la par de un padre ausente por estar excluido e imposibilitado para desarticular dicho vínculo.

Cuando en 1979, García Badaracco redefine el complejo de Edipo, hace confluir el planteo freudiano con los aportes pichoneanos, diferenciándolos a su vez, de los aportes estructuralistas de Lévi-Strauss y Lacan. La unión de Freud y Pichon-Rivière le permite básicamente leer el complejo de Edipo freudiano en clave vincular, al que García Badaracco agrega la lectura intergeneracional: la no resolución del complejo de Edipo en una generación se repetirá en la siguiente.

A diferencia de los conceptos anteriores, aquí se encarga de diferenciarse del estructuralismo. Hace una crítica al modo en que el psicoanálisis interpretó la prohibición del incesto. Para “algunos analistas” el papel del padre es instaurar la separación del hijo respecto a la madre como objeto incestuoso por la prohibición paterna, como Lacan, quien pone el acento en que la resolución del complejo de Edipo es eficaz en tanto instancia prohibitiva que pone un tope a la satisfacción y une inseparablemente deseo y ley. García Badaracco entiende que esta formulación da cuenta de la forma prehistórica en que comenzó la cultura, en coincidencia con Lévi-Strauss, pero no sería el modo en que se produce la elaboración del complejo de Edipo en cada individuo. Sería una premisa falsa suponer que la relación del hijo con la madre es incestuosa porque incluye componentes libidinales propios a toda relación amorosa. La relación primitiva del hijo con la madre es necesariamente simbiótica, narcisista y fusional. Devendrá incestuosa cuando el hijo, luego de la sexualización de la pubertad, siga buscando en su madre el objeto sexual sin haber podido canalizar los impulsos eróticos a un objeto exogámico. Cuando la autoridad de los padres es incorporada de un modo protector e introyectada en el yo, contribuye a una fortaleza yoica que permite la elaboración del complejo de Edipo, donde la prohibición se transforma en un renunciamiento al incesto.

Para García Badaracco “padres neuróticos o psicóticos crearán a su vez hijos neuróticos o psicóticos y por lo tanto el complejo de Edipo de los niños refleja con toda transparencia el complejo de Edipo no resuelto de los propios padres” (García Badaracco & Zemborain; 1979: 85). De algún modo, aquí se dibuja el escenario opuesto al freudiano. Si antes la determinación provenía del mundo pulsional y el modo en que elaboraba las fases libidinales el niño, ahora la determinación proviene de los padres hacia el niño y el modo en que ellos la elaboraron en sus infancias.

 

Consideraciones finales.

Jorge García Badaracco, junto a otros autores (como Alfredo Canevaro, Oscar Czertok y Norberto Proverbio, entre otros), desarrolló un original esquema conceptual desde la década de 1960 partiendo de las necesidades que planteaba la clínica con pacientes graves, principalmente la psicosis, que llevó a la reformulación de conceptos psicoanalíticos claves que se aplicaban principalmente a otros fines: la neurosis y el individuo.

El problema que la psicosis deja planteado a la psicoterapia se resuelve parcialmente con la incorporación de la familia. Da respuesta en tanto amplia el foco del individuo al grupo y establece una enfermedad que más que orgánica e intrapsíquica se desplaza al eje comunicacional, interaccional y social. De hecho las operaciones establecidas en los cuatro conceptos trabajados deslizan la acepción individual a la vincular para dar cuenta de una patología familiar, que no niega la del enfermo pero la reubica en un segundo plano. Sin embargo, introducir a la familia ubica un antiguo problema como novedad. En la historia de la psiquiatría, la familia fue más un estorbo en el tratamiento que un elemento de auxilio, lo que llevó a que la mirada se enfocara en el individuo, dejando “desenfocado” al grupo que lo acompañaba. Poner el foco en la familia, obliga a enfrentarse con un problema que fue invisibilizado hasta el siglo XX, cuando comenzaron algunos tibios acercamientos desde la higiene mental y se constituyó en relevante con la salud mental. Darle entidad y recortarlo como objeto de análisis e intervención, llevó a toda una reconceptualización que atendiera a sus propiedades y la hiciera compatible con la clínica, primer ámbito en el que se visibilizó el valor del problema.

Al atender a la dinámica de los conceptos que debe utilizar García Badaracco para dar cuenta de la clínica en la psicosis y de la articulación entre psicoanálisis individual y terapia familiar se desprenden distintas cuestiones. Primero, que los conceptos diseñados para el individuo había que rediseñarlos para la familia. Es así que el narcisismo familiar pone de manifiesto las dificultades narcisistas de todos los miembros, que revela un juego de interdependencia patógena y patológica en la familia, donde el complejo de Edipo no podrá resolverse adecuadamente por la relación narcisista patológica entre los miembros. Esta configuración llevará a que la reacción terapéutica negativa del tratamiento del paciente psicótico solo pueda resolverse con la incorporación de la familia, porque fue en gran medida la responsable de la enfermedad y por tanto será responsable de la curación del enfermo y de sí misma.

Segundo, la cuestión sobre la familia normal y patológica. En esta línea, Canguilhem plantea en Lo normal y lo patológico que la relación entre vida y norma permite elucidar los distintos funcionamientos del estado normal y patológico, donde lo patológico no implica ausencia de norma, sino que se transforma en una configuración novedosa del organismo, que permite a su vez plantear interrogantes acerca de qué significa estar enfermo. Si esta idea se permite relacionarla con la patología familiar, García Badaracco entiende  a la familia normal como una estructura transicional que posibilitará biológica y psicológicamente que sus individuos se independicen, ofreciendo un contexto de crecimiento y maduración del individuo, a modo de objeto transicional, que estructura la personalidad. El crecimiento individual, a su vez, produce cambios en los otros miembros que constituyen la dinámica familiar normal. De tal modo que:

los fenómenos que tienen lugar en la dinámica de la familia normal deben constituir el marco de referencia para poder comprender lo que pasa en la familia enferma. (…) Es decir creemos necesario revertir la perspectiva y entender la patología en referencia a la salud y no la salud en referencia a la patología (García Badaracco, 1978a: 541-542).

Sin embargo, esto no deja de poner en cuestión, que partiendo de la salud o de la enfermedad, siguen siendo una la contratara de la otra. Desde la perspectiva de García Badaracco habría que “normalizar” al enfermo y su familia tomando como patrón de referencia a la “familia normal”, familia que en realidad está regulada por normas, valores, tecnologías que la modelan en espacios y tiempos históricos concretos. Definir desde aquí qué es normal y patológico requiere problematizar algo más que la psicosis. En todo caso, siguiendo a Canguilhem, habría que repensar cuál es la nueva configuración que lo patológico inaugura a través de otra adaptación posible al medio externo e interno a partir de otras normas distintas a lo “normal”, por qué el enfermo y su familia debieron reconfigurar su adaptación al medio. Según las propiedades descriptas por García Badaracco, más que atender a la experiencia construida por el enfermo y su grupo, aplica a priori soluciones teóricas y técnicas donde el modelo de “familia normal”, atravesada por los valores del actor y de la época, rige la cura y determina qué es un obstáculo y que no para el tratamiento terapéutico.

Historiar un problema, desde esta perspectiva, es historiar las opciones normativas que lo condicionan, donde se traza un repertorio de los conceptos que el problema implica. En este caso, los cuatro conceptos descriptos tensan una red de nociones en las que se asienta una concepción de familia patológica que toma por referente una concepción de familia normal. El valor del problema reside fundamentalmente en que hasta la actualidad no han sido puestas en cuestión estas concepciones, pero siguen teniendo importantes efectos prácticos desde la década del sesenta hasta nuestros días en las intervenciones terapéuticas familiares que lo presuponen y justifican desde un discurso científico.

 

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[1] Comunicación libre presentada en las “I Jornadas de Historia, Psicoanálisis y Filosofía”, Buenos Aires, 22 y 23 de octubre de 2009.

[2] Para profundizar en la configuración de la familia como objeto de intervención terapéutica, puede consultarse el análisis que parte de los aportes de Lorraine Daston sobre la construcción de los objetos científicos: Talak et al (2005).

[3] Tanto la esquizofrenia como la psicosis maníaco-depresiva fueron señaladas como incurables hasta mediados del siglo XX, donde sólo el electroshock (creado en 1938 con fines terapéuticos) o las primeras incursiones en los psicofarmacología ofrecerían alguna respuesta (Ristich de Groote, 1970: 278).

[4] Carlos Sluzki traza un estado general de la investigación sobre esquizofrenia hacia 1967, donde la explicación sobre la etiología de la esquizofrenia se ubicaba básicamente en dos vertientes: genética e interaccional (Sluzki, 1967: 187).

[5] Frieda Fromm-Reichmann (1889-1957) se formó en medicina, neurología, psiquiatría y psicoanálisis, formada por Kraepelin, Goldstein y Sullivan, entre otros. Elaboró una técnica con fundamentos psicoanalíticos para el tratamiento de los enfermos mentales que denominó psicoterapia intensiva. En 1935 emigró a Estados Unidos, donde comenzó a trabajar en el sanatorio Chesnut Lodge (Delahanty, 2006).

[6] Tesis de Doctorado de Florencia A. Macchioli: “Los inicios de la Terapia Familiar en la Argentina. Implantación, configuración y desarrollo de un nuevo campo disciplinar (1960-1979)”. Facultad de Medicina UBA – CONICET.

[7] Esta obra se compone de dos partes. La primera escrita en 1943, en forma de ensayo, donde pone de manifiesto dos regímenes de vida, el normal y el  patológico, en oposición al positivismo que intenta disolver lo patológico en lo normal. La segunda, escrita entre 1963 y 1966 en forma de reflexiones, intenta desentrañar el sentido social y vital de la norma (Le Blanc, 2004). 

[8] Allí trabajó con Ey, Ajuriaguerra, y Levobici, entre otros.

[9] No se trabajará aquí la recepción y modelo de comunidad terapéutica de García Badaracco, inspirado fundamentalmente en los aportes de Maxwell Jones.

[10] Recién en “Neurosis y psicosis” (1924) Freud distingue las neurosis narcisístas referidas a afecciones de tipo melancólico, las neurosis de transferencia y la psicosis (Freud, 1993: 158).

[11] Para Bleger el individuo nace inmerso en una “organización sincrética”, donde tanto a nivel grupal o individual operan las estructuras familiares evolucionando de un modo normal o patológico. Los objetivos terapéuticos para el grupo familiar básicamente plantean transformar la participación en interacción, que equivale a introducir la división esquizoide en lugar de la ambigüedad, y trasformar las confusiones en conflictos. Estoas aportes pueden encontrarse en: Bleger (1959, 1966).

[12] No toma en cuenta aquí los desarrollos anteriores de Liberman de 1956 y 1958 acerca del conflicto matrimonial inferido en un análisis individual desde la identificación proyectiva.