El niño asado[1] y otros mitos sobre Eva Perón

Marie Langer


 

 

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Para nuestra cultura la maternidad es algo sagrado. Esta común veneración se refleja en nuestro lenguaje familiar con expresiones típicas como ésta: "Mi madre es una santa". Quienes no han tenido la desgracia de tener una madre realmente mala y perversa, la quieren entrañablemente y aun aquellos cuya madre no ha sido buena, no se atreven a admitirlo y la idealizan.

   Sin embargo, el psicoanálisis, especialmente la “escuela inglesa”[2], ha demostrado que todos llevamos den­tro de nosotros, al lado de la imagen de una madre buena, otra terrorífica: una madre que mata, destruye y se come al niño Intentaré demostrarlo utilizando material toma­do de la psicopatología cotidiana. Primero de un rumor que se difundió hace poco por Buenos Aires y estaba en boca de todos, trasmitiéndose por los sirvientes, los chó­feres de taxi y los peluqueros con suma velocidad.

   Se trata pues, de algo que se podría llamar un "mito moderno". Tomamos esta expresión del libro Mitos de Guerra de Marie Bonaparte. En él la autora describe como la situación psicológica colectiva creada por la segunda guerra mundial hizo surgir rumores persistentes que adquirieron una rápida difusión oral. El análisis de sus contenidos latentes demostró que sirven para ela­borar en forma disfrazada situaciones de angustia colectiva y los conflictos subyacentes, en la misma forma en que lo hacían los mitos en el pasado.

   El rumor que voy a referir y que, como decía, se ex­tendió muy rápidamente, en el término de una semana me llegaron nueve versiones, sólo en sus detalles distin­tas, fue aceptado como verídico por personas generalmente capaces de un juicio critico. Esto comprueba que el rumor corresponde, aunque en forma muy disfrazada y elaborada, a una situación interior reprimida y a an­gustias infantiles aun persistentes en la gran mayoría de las personas.

   La versión más completa de la extraña historia que se relataba en junio de 1949 en todo Buenos Aires, era la siguiente: un joven matrimonio toma una sirvienta, estando la esposa cerca del final de su embarazo. Nace la criatura. Algunas semanas después, marido y mujer salen de noche para ir al cine, dejando el niño al cui­dado de la sirvienta, que hasta ese momento les ha merecido su confianza.

   Al regresar encuentran toda la casa iluminada. La sirvienta los recibe muy ceremoniosamente, vestida con el traje de novia de la señora, según una versión y les dice que ha preparado una gran sorpresa para ellos. Les invita a pasar al comedor, rara servirles una comida especial. Entran y se encuentran con un espectáculo ho­rripilante. En medio de la mesa, puesta con sumo cui­dado, ven en una gran fuente a su hijo, asado y rodeado de papas. La infeliz madre enloquece en el acto. Pierde el habla y nadie le ha oído pronunciar, desde entonces, una sola palabra. El padre, quien según varias versiones es militar, extrae su revólver y mata a la sirvienta. Después huye y no vuelven a tenerse noticias de él.

            Según averiguaciones posteriores el drama se explicaría por el hecho, desconocido por el matrimonio, de que la sirvienta era una psicótica, escapada poco antes de un manicomio. Hay otras versiones del mismo aconte­cimiento, que difieren en detalle. El marido a menudo es médico. No huye, después de haber matado a la asesina, sino que se suicida. Según algunos, la criatura había cumplido justamente los seis meses.

   Este rumor tiene características que concuerdan con las observaciones de Marie Bonaparte sobre los mitos modernos. En primer lugar, todas las personas que relatan el cuento, dicen haberlo oído de otros que cono­cen muy bien a los protagonistas. Varias veces se me afirmaba también que todo el drama había aparecido en los diarios, aunque nadie lo había leído personalmente. Y casi todos estaban dispuestos, desde el primer momento, a tomar como verídica la tragedia que me referían.

   El cuento parece muy curioso, tal vez demasiado para que podamos mantener nuestra afirmación de que su contenido latente corresponde a una situación psicológica, común a todo el mundo. Porque de ser así, hubiera aparecido en esta forma u otra similar con mucho mayor frecuencia. Investiguemos, pues, si hay otros relatos en los que un niño deba servir de comida a sus padres. Recurramos primeramente a la mitología clásica. El ma­terial al respecto es abundante, y la versión más conocida y más Próxima a nuestro "mito moderno" es la de Tántalo.

   Tántalo, rey de Lidia y yerno de Júpiter, sirvió a los dioses, para probar su divinidad, los miembros del cuerpo de su propio hijo Pélope. Sólo su esposa Ceres, la diosa de la fertilidad, absorbida por el dolor de la pér­dida de su hijo, comió de este terrible manjar. Habiendo Júpiter devuelto la vida a Pélope, le puso un hombro de marfil para reemplazar el que le había comido su madre Ceres. A Tántalo lo precipitó al Tártaro y lo condenó a ser víctima de hambre y sed devoradoras. Se le representa en medio de un río cuyas aguas huyen tan pronto como él quiere acercar sus labios a ellas, y debajo de árboles frutales cuyas ramas se levantan tan pron­to como quiere coger una fruta. Dejemos la interpreta­ción de este mito para más adelante, y pasemos a ver situaciones similares en dos cuentos de hadas.

Primeramente en el de Blancanieves. Ahí la madras­tra mala, envidiando a Blancanieves su belleza, pide al cazador que lleve la niña al bosque para matarla y que le traiga después su corazón. El cazador, conmovido por la belleza y bondad de la niña, mata una liebre en lugar de ella, cuyo corazón trae a la reina cruel, quien lo hace preparar y lo come, creyendo ingerir así una parte integral del cuerpo de su bella hijastra.

En Hänsel y Gretel el padre de los niños, acosado por la pobreza que no le permite seguir alimentando a sus hijos, se deja persuadir por su mujer, madrastra de los niños, de que los lleve al bosque y allí los abandone. Los niños vagan solos por el bosque, hasta que llegan a la casa de la bruja, que está hecha de golosinas. Empie­zan a comer parte del techo, cuando son sorprendidos. La bruja los encierra y hace engordar a Hänsel, para matarlo y asarlo luego. Gretel, mediante un ardid salva al hermano. Nuevamente nos encontramos con un inten­to de una malvada mujer que quiere matar a un niño, para comerlo luego. La situación en este cuento tiene ya bastante similitud con la de nuestro mito moderno.

Veamos ahora algún material mitológico de una cul­tura distinta de la clásica y de la nuestra. Ya hablé de los habitantes de las Islas Marquesas.[3] Toda su estructura está influida por frustraciones orales tem­pranas. Los hombres profesan el canibalismo, del cual las mujeres quedan excluidas. Además, existe una si­tuación especial respecto a la comida: debido a las pe­riódicas y prolongadas sequías, que ocasionan serias di­ficultades de alimentación en la población, el prestigio y la riqueza de una comunidad se mide por la cantidad de comida que es capaz de ofrecer en sus fiestas. Por otra parte, dada una estructura familiar muy especial, las madres no dan el pecho a sus criaturas y las alimen­tan sin cariño alguno. Las mujeres sufren con cierta frecuencia un fenómeno histérico: la seudocíesis o em­barazo imaginario. En este estado desaparece la mens­truación y la mujer engorda, creyéndose embarazada. Explica la reaparición del hecho menstrual de acuerdo con la creencia de los habitantes de estas islas, por la intervención de los espíritus de mujeres salvajes, las vehinihai, que se apoderan de los hijos, nacidos o no-natos, para comerlos. Nos encontrarnos, una vez más, con la mujer mala que se come a los niños.

Parte del mismo tema lo vemos aparecer en el sueño de una joven homosexual: ve un árbol, en cuya sombra observa varios chanchitos. Mira hacia arriba y descubre una "araña-cangrejo" enorme, suspendida en la punta del árbol. De pronto la araña empieza a bajar. Los chanchitos huyen menos uno, que se queda como paraliza­do y fascinado. La araña se le echa encima y empieza a chuparlo. La soñante ve con horror como el pobre chanchito no logra defenderse y como el color rosado de su piel se vuelve pálido y blanco, porque la araña le ha succionado toda la sangre. Puedo adelantar sobre la interpretación de este cuento que los tres chanchitos ¾conocidos como tres hermanitos por los dibujos de Walt Disney¾ representan a la soñante y a sus dos her­manas menores, mientras que la araña, como acontece generalmente en los sueños y en el material folklórico, simboliza a la madre.

Todo lo referido nos servirá para llegar a través del análisis de este material a la comprensión de nuestro mito moderno. Ya destaqué una situación que aparece en todo lo expuesto: la posibilidad de que un niño sea comido. A veces este crimen es realizado y otras veces la protagonista se ve frustrada en su intención perversa. Pero, ¿a quién representa la protagonista? ¿Quién realiza o intenta realizar el crimen antropofágico? En resumen: ¿quién es el o la criminal?

En el mito de Tántalo es el padre quien mata a su hijo, pero la única que completa el crimen y come de este plato horrible, es Ceres, su madre. En Blancanieves la madrastra hace matar a la princesa y quiere comer su corazón. En Hänsel y Gretel la situación está más disimulada, pues la madrastra aduce su problema, que es la pobreza e incapacidad de dar comida a los niños para lograr su objeto, que es exponerlos al peligro de ser comidos por la bruja. Es otra imagen de la madre mala que se niega a alimentar a los niños.

En el mito de las Islas Marquesas, las vehinihai o mujeres salvajes hacen desaparecer al feto del útero de la madre o se comen a sus hijos pequeños.

Freud demostró que en nuestro inconsciente rige la ley cruel e inflexible del Talión, “ojo por ojo y diente por diente". Esto es, que como castigo por nuestras maldades esperamos siempre que otra persona nos haga lo que hemos hecho en la realidad o en la fantasía. Pues bien, el crimen que realizan las vehinihai es justamente el mismo que, impulsados por sus celos, los niños de ambas sexos cometen en sus fantasías inconscientes fren­te a su madre embarazada o a sus hijos pequeños, los hermanos menores, cuando quieren robarlos y matarlos. De ahí puede deducirse que la niña ya grande, cuando espera su propio hijo, teme la venganza de su madre y la convierte en la mujer salvaje del mito, que roba y se come a sus hijos.

Ya dimos la interpretación correspondiente al suelo de la aralia y los tres chanchitos: la madre mala está simbolizada por la araña, y los tres chanchitos repre­sentan a la soñante de niña y a sus dos hermanas. Mien­tras observa en el sueño la escena trágica, se identifica simultáneamente con el chanchito víctima de la araña. Sueña, pues, que su madre la mata, chupándole la sangre.

Vemos en todo el material situaciones casi similares. En el mito de Tántalo, el padre es responsable del cri­men, pero la madre lo ejecuta. En los dos cuentos de hadas, sustitutas malas de la madre (madrastra y bruja) intentan ejecutar el crimen. En el sueño la madre es un vampiro que mata a su hija[4].

En el mito de las vehinihai la imagen terrorífica de la madre ¾la mujer salvaje¾ mata y come a los niños de su hija. A pesar de que la tragedia aparezca desplazada a la próxima generación, la situación psicológica es la misma que en el otro material porque la joven madre se identifica con su criatura y la considera como parte de ella misma, como carne de su carne.

Examinemos ahora la situación en nuestro mito mo­derno. En éste la sirvienta es quien mata al hijo de su joven patrona. Considerando a la sirvienta como representante de la imagen rebajada de la madre mala, en­contramos la misma situación que la de las vehinihai. Ahora bien, si así fuera, ¿cuáles son los motivos por los que la sirvienta llega a desempeñar para el inconsciente el papel de madre? Son varios y obsérvanse en los trat­amientos psicoanalíticos de muchas mujeres. Gran parte de las dificultades y quejas constantes sobre el servicio de las duelas de casa provienen de esta identificación inconsciente. En primer termino, las actividades de las sirvientas son muy parecidas a las que desempeña la madre frente al niño: la sirvienta tiene el deber de ali­mentar, cuidar y limpiar. En contraste con esta simili­tud está la dependencia e inferioridad social de la sir­vienta frente a la patrona que le permite a ésta realizar una vieja e infantil fantasía vengativa: trastrocar los papeles. Fantasía que expone a menudo el niño pequeño frente a su madre con las siguientes palabras: "Ya verás, cuando yo sea grande y tu seas chiquita". Todo lo que la niña sufre por su dependencia de la madre y por su obligación de obedecerle, puede hacérselo ahora expe­rimentar a la sirvienta. Todas las críticas hacia su ma­dre que tuvo que reprimir durante su infancia pueden expresarse más tarde y con toda claridad frente a la sirvienta. En ella puede vengarse de las frustraciones sufridas en la niñez[5]. Todo el odio reprimido que tam­poco la mujer adulta se atreve a manifestar hacia su madre, lo descarga contra la sirvienta. La teme y la cree capaz de cualquier atrocidad, debido a este mismo odio. Muchas mujeres creen continuamente que las sirvientas las perjudican, les roban y les seducen al marido o a sus hijos. Una de las causas por las cuales el cuento del niño asado fue aceptado como verídico proviene de esta situación inconsciente entre ama de casa y sirvien­ta. Por todo lo expuesto parece que nos encontramos con variantes de una misma situación, en la que siempre el hijo o la hija es víctima de una madre criminal.

La persona que se conmueve al escuchar este relato siniestro, se identifica con el niño, víctima inocente de la sirvienta-madre mala, sintiendo simpatía y compasión por la joven señora, en la cual proyecta la imagen cons­ciente y buena que tiene de su propia madre. Ya dije cómo por los celos reprimidos en la infanda se llega a adjudicar a un sustituto materno el extraño deseo de comer a su hijo. Además, existe otra causa más profunda para esto: siguiendo la ley del Talión, la persona que cree en los deseos canibalísticos de la madre y se identifica con la víctima, teme sufrir de la madre mala, lo que ella misma, en su primera infancia, quiso hacerle. Le adjudica los propios deseos perversos, para poder con­denar en la madre, lo que se niega a reprocharse a sí misma. Tendremos que demostrar, pues, que el crimen primitivo de nuestro mito sería el haber querido devorar a la madre y que el verdadero criminal sería la víctima

aparente, el niño. Para ello, volvamos al material relacionado por su contenido con nuestro mito.

El castigo de Tántalo consiste en la condena a la sed eterna, y en ver cómo se retiran las ramas llenas de fru­ta cuando él extiende la mano para alcanzarlas. Las fru­tas son símbolos del pecho femenino. Se deduce por el carácter del castigo mismo que su crimen primitivo fue la voracidad de su hambre. En el mito la situación aparece transformada en su contrario. No es él quien quiere comer a su madre, sino que su hijo ¾representante de su infancia¾  es quien sirve de manjar a Ceres.

Blancanieves cae como muerta después de haber co­mido la manzana envenenada que le ofrece su madrastra es decir, es castigada por su glotonería, por haber deseado comer el pecho de su madre hostil.

En Hänsel y Gretel los niños son expulsados de la casa por su voracidad (ya no es posible alimentarlos) y la bruja los sorprende y castiga, cuando los niños comen parte de su casa. También la casa constituye un símbolo materno muy conocido.

En el mito de las vehinihai no aparece el hambre del niño castigado. Pero sabemos que las madres de las Islas Marquesas niegan el pecho a sus hijos y los alimen­tan en forma grosera, provocando por consiguiente fuertes deseos canibalísticos y vengativos en los niños, deseos que más tarde encuentran su realización en la antropo­fagia practicada con el enemigo vencido.

Durante el tratamiento psicoanalítico de la joven ho­mosexual cuyo sueño reproduje, sus fuertes tendencias orales de carácter agresivo dirigidas hacia su madre se pusieron de manifiesto.

Dada la similitud de las situaciones podemos deducir que también en nuestro mito moderno el crimen pri­mitivo es el hambre agresiva del niño, hambre que se ha intensificado por el abandono de la madre. La tragedia ocurre cuando la madre se ha ausentado con el padre.

El criminal sería, pues, siempre el niño mismo y su propio sentimiento de culpa hace que, posteriormente, lleve dentro de sí la imagen reprimida de una bruja-­madre con deseos canibalísticos y malvados hacia él. La persistencia de esta imagen en los que escucharon nuestro “mito moderno” es la causa de su credulidad inge­nua. En determinada época de nuestra infancia todos hemos experimentado deseos canibalísticos hacia el pecho de nuestra madre. Abraham fue el primero en des­cubrir que simultáneamente con la primera dentición, es decir, a los seis meses, surgen en el niño deseos sá­dicos de morder y masticar el pecho de su madre y que éstos se ligan a las tendencias cariñosas. Eso explica por qué en una versión de nuestro mito el niño había cum­plido justamente los seis meses. Tomar alimentos, tanto la leche materna, como otros distintos, significa para él comerse a su madre y este mismo acto adquiere dos contenidos opuestos. Se incorpora a su madre, porque por su amor hacia ella quiere llevarla dentro de sí mismo, pero la destruye con sus dientes, porque la odia y la teme, proyectando en ella su propia agresividad. Es­tas tendencias agresivas se ven reforzadas con cada expe­riencia dolorosa para el niño, y por todas las frustracio­nes sufridas por causa de la madre. El niño pequeño proyecta su hambre sobre la madre, y lo experimenta como si ella lo comiera y destruyera desde adentro: como una agresión deliberada que ella le inflige y como un castigo por su propia voracidad. Por eso la sirvienta que prepara al lactante para servir de comida a sus pa­dres representa a la madre que quiere calmar su propia hambre con la carne de su hijo, en lugar de ofrecerle sus pechos.

Hasta ahora nos hemos ocupado en nuestro mito exclusivamente de la relación madre-hijo en el plano oral. Pero también el padre aparece en escena. Los protagonistas del drama son: el padre-médico, según una versión, militar según la otra, la madre y la sir­vienta. Creo que las dos profesiones que se asignan al padre no han surgido ocasionalmente, sino que co­rresponden a la situación interior que el mito expresa. Un militar es un personaje importante, autoritario, algo como un presidente o un rey, es decir, corresponde a la imagen que la niña pequeña se hace de su padre. El médico es el hombre delante del cual no existe se­creto sexual ni prohibición. Él lo sabe todo y está autorizado a examinar nuestra intimidad física. Tiene, pues, un papel parecido al que el padre desempeña frente a la madre en las relaciones sexuales. Veamos ahora la situación de la niña frente a sus padres unidos. En determinada edad se enamora de su padre y quiere ocupar el lugar de su madre. Siente celos vio­lentos, la odia y desea eliminarla. Ésta es otra razón más para que la niña tema la venganza de su madre y la vea mala. Además, si nacen otros hermanos, lo vive como una traición por parte de sus padres, y dirige rodos sus celos y su odio hacia el recién llegado[6]. Se hace susceptible, y se siente postergada y tratada como Cenicienta.

Expusimos cómo en el plano oral la sirvienta de nuestro mito representa a la madre mala, sobre la cual el niño proyecta sus propios deseos canibalísticos. En el plano edípico el papel de la sirvienta es distinto: re­presenta a la niña resentida y enamorada de su padre. La situación de rivalidad con la madre queda expresada con más claridad en aquella versión del mito en la cual la sirvienta se pone el vestido de novia de la señora, es decir, se sitúa directamente en el lugar de la joven ma­dre, al lado del padre. La niña está celosa de la vida sexual de los padres. En el mito la desgracia ocurre cuando los patrones dejan a la sirvienta en casa, para salir juntos de noche. Además, la sirvienta entró en la casa antes del nacimiento de la criatura, es decir, que de hija única se convertía en hermana mayor, viéndose desplazada por el nacimiento del hermano. Hace una re­gresión al plano oral y se venga, matando al lactante y preparándolo como comida. Su venganza consiste en que él, en lugar de seguir comiendo de su madre con la autorización del padre, sirve de comida a los dos. Por esto debe ser castigada. En el mito, según una versión, el padre mata a la sirvienta a palos, según otra a bala­zos. Los dos castigos representan, en un plano regresivo-masoquista, el coito de ella con el padre. Lo reprimido, la satisfacción sexual prohibida y negada, irrumpe otra vez a la conciencia, aunque en forma disfrazada y dolorosa. Pero por poco tiempo, pues el padre desaparece o se suicida y la madre enmudece, lo que simboliza tam­bién la muerte. Esto es: la niña-sirvienta sufre el casti­go más grave que un niño puede imaginarse, por su crimen de celos es abandonada por los dos padres.

Marie Bonaparte encontró que los mitos modernos analizados por ella eran la reacción a una situación ac­tual angustiante, la segunda guerra mundial, correspondiendo así a una constelación psicológica común a mucha gente. Cuando publiqué este mito quise analizar solamente su contenido inconsciente y atemporal, para comprobar que corresponde a una situación psicológica común a todos nosotros, y que encuentra plena credu­lidad por parte del público porque éste, a través de las distintas identificaciones con los diversos protagonistas, logra captar esa constelación y su veracidad psicológica.

El mito del niño asado fue publicado hace unos años, pues el mito mismo surgió en el año 1949. Evité en­tonces analizar hasta dónde, tal como lo sostiene Marie Bonaparte, había intervenido en su génesis la situación política del momento. Lo evité, por razones obvias, ya que su análisis en aquel entonces hubiera imposibilitado su publicación. Ahora que la situación política argentina ha cambiado, vuelvo sobre el tema para completarlo. Para hacerlo, agregaré primero dos mitos más que aunque alguna gente me aseguró haberlos conocido antes y hasta en otros países, merecen ser incluidos porque fueron revividos y difundidos bajo la dictadura de Perón y más o menos en la misma en la misma época que el del niño asado. Son menos elaborados, menos conocidos, pero también de carácter siniestro.

  El primero pudiera llamarse: “Ninguno de los hijos se salvó". Por su truculencia, linda para muchos con lo cómico. Pero aunque es muy inverosímil, fue creído por otros. Reza así: Una madre estaba bañando a su criatura de pocos meses. En eso oyó de la habitación contigua, donde había dejado jugando tranquilamente a sus otros dos hijitos, unos gritos terribles de dolor. Suel­ta al lactante para precipitarse a la otra pieza y ve algo terrible. La nena acaba de cortar, con las tijeras de la madre, de las cuales se había apoderado en un descuido de ésta, el pene del hermanito. Éste sangra abundantemente. La madre, medio enloquecida por lo pasado, aga­rra al chico y corre hacia el garage. Tiene que llevarlo al médico lo más rápidamente posible para salvar su vida. Sube al coche, da marcha atrás ¾parece tratarse de una madre distraída o no muy cuidadosa a juzgar ya por lo de las tijeras¾ y oye otro grito terrible. Ha atropellado a su hija que, temerosa de un castigo por lo que había hecho a su hermanito, se había escondido detrás del coche. Mientras la madre se inclina sobre ella, para atenderla, muere desangrado, su hermanito. La madre sube a su hija moribunda al departamento y encuentra al bebé ahogado en la bañera. Ninguno, pues, de sus hijos se salvó.

Creo que si no incluí este mito en mi primer trabajo, fue porque me pareció chocante y de mal gusto. Pero con todo merece el nombre de mito porque fue difundido en forma de rumor y corresponde a una determi­nada situación psicológica interna y externa, como veremos luego; por esto fue creído por muchos, ya que representa una de nuestras fantasías eternas.

El otro mito, aunque es macabro, tiene más gracia. Un joven de aristocrático apellido va de noche a una boite. Conoce ahí a una mujer encantadora. Bailan, se enamoran y se van a pasear por las calles nocturnas y solitarias. Ella siente frío y acepta su abrigo. Él la besa y ella parece entregarse, hasta que de pronto se suelta y sale corriendo. Él corre tras ella, sin poder alcanzarla. Llegan al aristocrático cementerio de Buenos Aires, la Recoleta, y ella desaparece tras el portón cerrado. Él no entiende; llama a la puerta y la golpea, hasta que finalmente el sereno abre y lo deja entrar. El sereno no ha visto a nadie y piensa que el señor debe de haber to­mado algunas copas de más. Pero éste no lo escucha y se precipita dentro del cementerio. Medio enloquecido recorre los caminos, hasta encontrar finalmente su abrigo encima de una tumba. Lo levanta y lee con los pelos erizados por el terror, el nombre de su amada en la piedra. Según una versión, enloquece; según otra, se suicida.

Hay diferencias entre los tres mitos. La diferencia principal está en el nivel del contenido. El mito del niño asado se desarrolla en el plano oral, aunque aparece también la situación edípica, es decir, genital. En los dos mitos siguientes es ésta la que prevalece. En ambos hay intentos de una actividad genital que terminan con la castración; la hermanita cortó el pene al niño, porque éste se lo tocaba en su presencia y el joven sufre las consecuencias de su intento de seducir a la bella desco­nocida, lo que lo lleva a la locura y a la muerte, ambos equivalentes de la castración.

Pero hay también una similitud entre los tres mitos. Primero en cuanto a la forma. Los tres son siniestros, de un dramatismo primitivo, de estilo telegráfico. Tocan temas prohibidos que por eso son angustiantes y que denuncian así que han surgido del inconsciente, bajo presión, imponiéndose a resistencias. Su forma expresa el conflicto entre pulsiones inconscientes y el raciocinio consciente, entre la fantasía y el juicio de la realidad y nos causa esta mezcla de atracción y rechazo, el "pero son macanas” con el cual los escuchamos.

Y hay una similitud importante en el contenido. La figura central de los tres cuentos es una mujer. En el primero es la sirvienta, que parecía tan buena, y resultó tan malvada. En el segundo la madre también parece solicita, es decir, buena, aunque un poco distraída. Pero, quién sabe, si era tan buena. Según una versión la niña realizó frente al hermano una amenaza que había oído a menudo decir a su madre: "No juegues con el pajarito, si no te lo voy a cortar". En el tercer mito la bella mujer es atractiva, es decir, buena, aunque fría. Pero hace enloquecer a quien se le acerca. En los tres mitos la mujer bondadosa, maternal, se convierte súbitamente ¾y en esto reside lo siniestro del fondo¾ en una imagen terrorífera, de madre perseguidora y castradora. Imagen que pertenece a las fantasías inconscientes de todos nosotros.

¿Pero que relación tiene la aparición de estos mitos con el momento político de aquel entonces? Yo lo puse en duda cuando leí en aquella época mi pequeño análisis del mito del niño asado en la Asociación Psicoanalítica: mi duda provocó una acalorada discusión[7]. Me dijeron que la situación que intervenía en la crea­ción del mito era obvia. Era la situación política, por la cual pasaba el país, o, hablando concretamente con res­pecto al mito, era la dictadura de Eva Perón, madre todopoderosa y despótica que dominaba a todos. Eva Perón era la sirvienta buena y humilde, de baja condición social, pero simultáneamente perversa, peligrosa y temida. Y había surgido el mito, justamente porque la crítica a ella era demasiado peli­grosa. El mito apresaba ¾siempre en este plano¾ entre otras cosas, que el niño era la Argentina y que ella era una resentida que sabía vengarse. Los padres, gente "bien" según el mito, representaban a la clase odiada por ella, etc. Y como la represión era tan grande, la gente recurría a la fantasía para expresar su crítica, su advertencia y sus temores. En esta época y en esta discusión no llegamos más allá en el análisis del mito. La represión efectiva era demasiado grande. Intento pues, tomar ahora de nuevo su análisis al respecto. Pero quisiera definir antes los limites de este análisis. No será un análisis político, ni un análisis de la persona real de Eva Perón. Lo que intentaré será mostrar la prove­niencia de las imágenes contradictorias aunque en el caso de estos tres mitos, terroríficos únicamente que se pro­yectaron en ella, proyección, eso sí, para la cual, por las actitudes que asumió y el papel que desempeñaba, se convirtió en una pantalla magnífica. Desde luego que un análisis de ella como persona sería sumamente inte­resante. No lo emprendo por falta de datos y, de nuevo, por el momento, no ya tanto político como afectivo con respecto a ella, por el cual atraviesa la Argentina.

Como todos recordarán, había siempre dos imágenes de ella.  La Evita adorada de las masas peronistas, y la mujer con el látigo ¾tomo esta expresión del título del libro escrito por Mary Main¾ de la oposición. Eran dos campos netamente definidos y delimitados y cada uno tenía una imagen de ella en su bandera. Pero se trataba de imágenes conscientes. La inconsciente y de dos caras surge en estos mitos que no pertenecen a nin­gún campo ¾los compartían y comentaban la "gente bien” y sus mucamas, los pasajeros de taxi y los chóferes¾ si no a todos los argentinos en común. Pudo sur­gir en todos justamente porque ni sus amigos ni sus enemigos tenían conciencia de que se referían a ella cuando contaban los mitos. No puede extrañarnos que para sus enemigos la sirvienta perversa, la madre asesina y la amante mortal la representara a ella. ¿Pero cómo puede haber tenido este significado para los que la adoraban? Creo justamente por eso. La idealización extrema de Eva Perón fue la causa por la cual también sus adictos, aunque inconscientemente, la equipararan con lo terrorífico, porque es esto lo que nos lleva a la idealización Así se estableció un círculo vicioso. Cuan­to más terrorífica la sintieron, más se vieron obligados de nuevo a idealizarla, para poder mantener su imagen[8] Mientras tanto sus enemigos reaccionaron a su creciente idealización culpándola cada vez de cosas más terribles. Eva, para unos era una santa, para otros el diablo; para unos el bien, para otros el mal. En realidad, todos tenían dos imágenes contradictorias en su mundo interno, pero unos proyectaron la buena y reprimían la mala y otros hacían lo contrario. Así se establecieron de ella dos imágenes conscientes totalmente opuestas cada una y per­teneciente a uno de los dos sectores de lucha.

En un primer momento estas dos imágenes no fueron tan claras. Cuando Eva Perón hizo su primera aparición en política, sus enemigos la subestimaron. Se fija­            ron en sus rulos y en sus vestidos de un lujo exagerado y en su falta de cultura, burlándose de ella. Era la mujer sensual, de dudoso pasado: una madre mala y frívola. Pero los peronistas no le reprocharon su lujo, sino que lo gozaron, porque ella era una de ellos, del pueblo. Realizaban así una de sus viejas fantasías. Era la Ceni­cienta que se casa con el príncipe; o el pobre muchacho que conquista a la princesa y llega así a ser rey. Eva, por su trayectoria, permitía a todos vivir un cuento de ha­das. Mientras que los antiperonistas vieron en ella a una intrusa, que venía a despojarlos de su patrimonio, la masa peronista se identificó con ella y gozó, a través de ella, de lo que había alcanzado.

Su imagen cambiaba poco a poca; de Cenicienta, de criatura desvalida y tímida que debe al príncipe su liberación, se fue convirtiendo en otras figuras más poderosas. Se convirtió en un nuevo Harun Al Raschid que se mezclaba con el pueblo, para conocer sus deseos y cumplirlos o en un Robin Hood, que robaba a los ricos para dar a los pobres. No sé cuánto puede Eva Perón haber dado, distribuido y regalado a los pobres y des­camisados. En todo caso, logró crear en ellos la espe­ranzada seguridad de que si necesitaban lo que fuera, una casa, la salud de un niño enfermo, una máquina de coser o una muñeca, en fin todo lo que no podían con­seguir por sus propias fuerzas, bastaba con decírselo a ella para conseguirlo. Era Harun Al Raschid, pero era mujer. Es decir, para el inconsciente, era un pecho inagotable, que nunca se negaba, un pecho idealizado. Mientras ellos la veían cono un pecho, como algo que da, la oposición la sentía como boca insaciable, como algo que succionaba y que quitaba. Aliviaron su odio y su angustia contando chistes políticos y eróticos sobre ella, los chistes que siempre surgen bajo la presión de las dictaduras.

Después vino el mito oficial sobre Evita, el que ella firmó, al firmar su libro*, esté escrito por otra per­sona o no. Se podría decir mucho sobre este libro. Pero en relación estricta con nuestro tema hay un as­pecto determinado: la creación de la imagen de Evita como una madre ideal. Es la madre que adora al padre. En su libro promete al pueblo que nunca lo angustiará con disputas con Perón, el "líder", tal como la mayoría de los padres angustian con sus desavenencias a sus hi­jos. Da a entender que ni tiene hijos, ni los precisa, para que cada uno pueda sentirse hijo de ella y ella madre de rodos. (Hitler nunca anunció su casamiento para que cada mujer alemana, en sus fantasías, pudiera vivir su cuento de hadas esperando casarse un día con él). Les aseguró, pues, que nunca se interpondrá entre el padre y ellos y que aunque lo ama apasionadamente nunca les hará revivir el sufrimiento de los celos expe­rimentados cuando eran chicos frente a los padres uni­dos sexualmente. No puede provocar sus celos porque si se acerca al “líder", lo hace, porque él los quiere y con el único fin de hablarle de ellos. Eva en este momento se ha transformado así para la masa peronista, en la madre perfecta, la madre asexual. Su cambio físico concuerda con esta época. De una mujer sonrosada, algo gordita y provocativa, de rulos y vestidos exuberantes, se convirtió en "la primera trabajadora del país". Delgada, la cara tensa, el pelo tirante unido en la nuca con trenzas levantadas a la antigua, se vestía ahora, salvo ex­cepcionalmente, con sobrios trajes sastres. No personi­ficaba más a Cenicienta que va al baile para deslumbrar a todos y enamorar al príncipe.

Sus aspectos de Harun Al Raschid y Robin Hood in­tegraron ahora a otra figura también perteneciente a los sueños adolescentes, propios de ella. Representaba "la dama de la esperanza", la que por su sacrificio redime a su pueblo. Para este papel necesitaba ser asexual. La oposición, anteriormente en chistes y rumores, había tomado este tema, pero con un signo opuesto. Decían que Eva y Perón no hacían vida en común, porque ella era fría o él impotente, pero se la acusaba de infidelidad y lujuria. Aunque estaba sana todavía, se murmu­raba que estaba grave o que él padecía de cáncer. Lo mismo, ocurría bajo Hitler o Mussolini, cuando el de­seo impotente de que se muriera el tirano, se expresaba continuamente a través de fantasías divulgadas como si fueran una realidad. Como si la divulgación en si, má­gicamente, pudiera enfermar al perseguidor.

Eva Perón se vio obligada a renunciar a la Vicepresi­dencia. Quedándose dc pronto sin una nueva meta que alcanzar, no pudo resistir el golpe y los malestares vagos de los cuales efectivamente había sufrido ya durante bas­tante tiempo, se concretaron en una enfermedad mortal. Entonces su imagen idealizada cambió de nuevo. Empezó a transformarse en una mártir, la santa, la madre muerta, adorada, inolvidable e intocable. Sus opositores, al conocer la real gravedad de su estado, conscientemente se alegraron, pero había mucha angustia tras esta alegría[9]. Como Eva Perón también para ellos representaba a una madre, aunque a su otra imagen, la mala y la per­seguidora, no pudieron sin sentimiento de culpa y temor al castigo, aceptar la realización de sus deseos hos­tiles. Ahora que ella estaba realmente enferma, sentían como si hubieran logrado enfermarla mágicamente[10] mediante sus fantasías. Buscaron entonces dos salidas con­tradictorias a su angustia: negar la enfermedad y con esto su culpa. Continuamente corrieron, pues, rumores de que la enfermedad de Eva era un simulacro que se había creado con miras a las elecciones o para distraer al pueblo de los graves problemas creados por los mismos peronistas, etc. O bien, admitieron la gravedad de su estado, pero exaltando más aun que antes su maldad. Intentaron disminuir su sentimiento de culpa inconscien­te, justificando en toda forma a su odio.

De esta necesidad surgió otro pequeño mito. Entre las madres del barrio Norte (barrio antiperonista por excelencia) corría el rumor y la advertencia de no llevar a sus hijos a los hospitales ni a los dispensarios, porque corrían un riesgo grave. Eva, para recuperarse, necesitaba sangre fresca y joven y labia ordenado que se le sacaran a los niños. Encontramos de nuevo en este rumor una fantasía, expuesta ya en el análisis del mito del niño asado. Fantasía vieja, expresada en los cuentos sobre vampiros y en Drácula. Convertida en acusación fue concretada en los procesos por asesinato ritual, hechos a los judíos muchas veces en su larga historia, porque ellos como Eva, aunque por otras características, se prestaron a servir de pantalla de proyección para las fantasías más arcaicas. ¿Pero, por qué surgió, conver­tido en mito, justo en este momento? Eva misma, mien­tras estaba sana y activa, se había ofrecido a las masas como un pecho ideal e inagotable. Y el pueblo la ha­bía aceptado como tal. Ahora ella estaba delgada, con la cara "chupada", enferma de anemia, decían unos, de cáncer los otros. El pueblo se sintió culpable creyendo que ellos la habían vaciado con su voracidad. De un pecho inagotable y valiosísimo la habían convertido en algo desgastado y sin sentido. Le habían comido los gló­bulos rojos, ellos eran su cáncer. Se sentían vampiro y Drácula. Se había despertado en ellos la vieja culpa frente a la madre que adquirieron de chiquitos cuando en sus fantasías inconscientes la vaciaban y la destruían vorazmente. Para salvarse de la culpa y de su amena­zante pérdida pidieron a Dios por todos los medios su restauración. Los otros, los de la oposición, sentían la misma culpa; pero mientras los peronistas la admitían ("la hemos hecho trabajar demasiado para nosotros, por eso está así") o la negaron, negando la posibilidad de su muerte total (empezó a surgir el "Evita inmortal en el alma de su pueblo”), los otros, los de "la contra", proyectaron su culpa de voracidad infantil sobre ella. Ella era el vampiro que los había vaciado, que había chupado y desangrado al pueblo argentino y que ahora quería salvarse chupando la sangre de niños inocentes. Ambos, tanto en un plano psicológico como real, tenían razón. Porque de nuevo cada uno de los dos bandos en lucha expresaba dos aspectos opuestos de una sola figura interna y real y fue por la importancia central de la figura que ella presentaba, por lo que su enfer­medad y muerte obsesionó tanto al país. Mientras Eva estaba agonizando, unos siguieron rezando y esperando, más allá de toda lógica, el milagro de su salvación. Los otros esperaban y temían su muerte. Corrían rumores acerca de todo lo que podría pasar después. Llegó el final: la muerte y el velatorio de Evita. Mientras los su­yos aguardaban en la lluvia y el frío para verla por última vez y redimirse de su culpa; mientras delante de ella, que parecía inmaterial como una virgen hecha de cera, los hombres desfilaban llorando y besando el vidrio que la protegía y las mujeres se desmayaban y sufrían crisis histéricas, entre los opositores surgió el último mito sobre Evita: que estaba tan podrida y putretacta que nadie podía ya tolerar su hedor. Este hedor era como una prueba de que Dios había estado en su contra, de que no los acusaba del poder mágico que había tenido su odio. Pero Evita siguió siendo poderosa aún después de su muerte. Corrieron nuevos rumores: ¿Qué iba a pasar en los funerales? ¿Era cierto que los generales iban a robar su cadáver, que los descamisados lo iban a defender con sus puños? Los peronistas pidieron su santificación. Después, pronto, cayó en el olvido.

Políticamente Perón la sobrevivió tres años y algo. Pero dejando de lado toda consideración política, sobre la manera cómo surgió Perón, cómo pudo sostenerse diez años y cómo cayó después con la facilidad con la que caen los ídolos de pies de barro, quisiera destacar un solo hecho. Que Perón, desde la muerte de Evita, perdió su fuerza, su influencia mística sobre las masas. Pudo alcanzar el poder y mantenerlo durante tanto tiempo, porque ella formaba parte intrínseca de él. Por mate­rializar viejas fantasías ejercía un poder mágico sobre todos. Sobre unos, ofreciéndoselos como objeto externo de sus idealizaciones, y sobre otros paralizándolos, por simbolizar para ellos el mal, la araña, la madre mala y cruel, que chupa, castra y mata[11].

 



[1] EI mito del niño asado ya apareció publicado en la Revista de Psicoanálisis y en Maternidad y Sexo.

[2] Melanie Klein y sus colaboradores.

[3] Abraham Kardiner: El individuo y la sociedad.

[4] Podemos agregar otra observación clínica de contenido pa­recido: la de un síntoma de conversión histérica. Una mujer que alimentaba a su criatura de pocas semanas siente un día, inesperadamente, un dolor espasmódico en los pezones que se va intensificando hasta hacerse intolerable. El dolor desaparece bruscamente cuando lo relaciona con un hecho ocurrido unas horas antes. Había recibido una carta, en la cual su madre le comunicaba que se veía en la necesidad de aceptar la ayuda económica que su hija le habla ofrecido tiempo atrás. Lo que la enferma expresaba a través de su síntoma era que ella estaba dispuesta a dar el pecho a su bebé, con el cual se identificaba, pero no a alimentar a su madre. Hacerlo seria como dejarse comer por ella, situación que expresó y contra la cual protestó con su dolor que desapareció al hacerse consciente su significado.

[5] Hace poco me contaron que una señora nada tacaña por lo general y muy adinerada, cada mañana solía sacar del "pla­card" de la cocina una bolsa llena de terrones de azúcar. Cui­dadosamente solía contar para cada persona de la numerosa servidumbre los pedacitos que tenían derecho a comer durante el día. Después se lo entregaba a la cocinera y encerraba lo restante bajo llave. En el primer momento me chocó esta ac­titud tan en contraste con el nivel económico y la forma de vida de esa familia, hasta que pude comprender que probablemente la madre de esta buena señora debía de haber hecho lo mismo con ella, cuando, siendo niña, le pedía caramelos u otras golosinas de poco valor.

[6] Una niña de cuatro años, que acababa dc recibir un hermanito, preguntó a su padre: ¿Cómo se hace para que a los bebés se les pare el corazón? ¿Basta con apretarlos con fuerza?

[7] Agradezco especialmente al doctor Arnaldo Rascovky, que fue quien más insistió al respecto.

[8] (Segunda edición.) Vuelvo aquí al tema de Barrabás, al mostrar nuevo cómo la imagen idealizada sirve de defensa contra otra, terrorífica. Este fenómeno pertenece a la posición esquizoparanoide (Melanie Klein), e.d.,  a una etapa psico­lógica muy primitiva de nuestra vida. Se observa la proyec­ción de ambas imágenes opuestas con suma frecuencia en la vida política. Alcanza su máxima expresión en el prejuicio racial, político y nacional. El prejuicio permite adjudicar todo lo bueno, idealizado a un bando, el propio, y todo lo malo a otro, el bando enemigo.

* Se refiere a La razón de mi vida (Nota del editor)

[9] Comentamos en ese entonces entre varios colegas, cuántas de nuestras analizadas, apasionadamente antiperonistas y enemigas acérrimas de Evita, empezaron a preocuparse y a sentirse enfermas, temiendo sufrir el destino de Eva Perón. Expresaron así el temor a un castigo taliónico ¾ojo por ojo, diente por diente¾ causado por su odio.

[10] Al usar la palabra magia, no quiero subestimar el valor del rumor como arma real en la lucha política, arma cuya eficacia se comprobó en el logro de la caída de Perón

[11] (Segunda edición.) Todos se acordarán de lo que pasó después con Evita. Fue embalsamada. Se iba a pedir al Papa su santificación. Cayó Perón y surgía otro mito: quien se apoderara de su cadáver embalsamado, conquistaría el poder. Secuestraron el cadáver. Ya no se supo nada de ella. Hasta que apareció el último mito, hace poco, como reportaje en Panorama, una revista porteña importante, bajo el título: Aquí yace Eva Perón. Sostiene que para mantener el secreto, se construyeron 3 cajones iguales, uno de los cuales contenía sus restos. Dos fueron sepultados en países lejanos y el tercero, el verdadero, sumergido en las aguas del Río de la Plata. Al contener elementos de cuentos de hadas y asemejarse al mito clásico del Oro del Rin, este mito moderno entronca con los del pasado. Y muestra de nuevo cómo el poder  mágico de Evita, basado en nuestras fantasías eternas, sigue subsistiendo.

(Nota del editor: recién en 1973, varios años después de escrito este trabajo,  se produjo la devolución de los restos de Eva Perón a su esposo y se reveló que después de pasar por diversos escondites habían sido enterrados en Italia bajo un nombre falso).

 

 

Fuente:

Marie Langer, Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, Buenos Aires, Ediciones Hormé, 2º edición, 1966, p. 79-103.