El pensamiento francés en la Argentina: el caso de los “discursos psi”*

 

Alejandro Dagfal

 

 

 

“Para un parisino que llega a Buenos Aires, no hay exotismo latinoamericano. No hay en realidad una sensación de extrañamiento. Hay guiños por todos lados: desde las anchas avenidas de estilo hausmanniano hasta los edificios burgueses copiados de los de París, pasando por las estatuas de artistas franceses que pueblan Buenos Aires, como El Pensador de Rodin, frente al Congreso. De pronto, uno puede creer que está en París, al caminar por lindos barrios como la Recoleta, Barrio Norte o Belgrano. Vastos espacios verdes han sido diseñados por el arquitecto Charles Thays y los bosques de Palermo son una réplica de los de Boulogne.

Los lazos son innumerables. De los dos premios Nobel de medicina argentinos, uno era de origen francés (Paul Houssay), y el otro había nacido en París (Luis Federico Leloir). Y fue también un Francés, el escritor Paul Groussac, quien dirigió durante cuarenta años la biblioteca nacional. Otro escritor, Roger Caillois, se encontraba en Argentina cuando estalló la segunda guerra mundial, y se quedó a vivir en Buenos Aires, bajo la protección de Victoria Ocampo, la directora de la prestigiosa revista literaria Sur. Más tarde, él traduciría y haría descubrir a Jorge Luis Borges en Francia.

El anuncio de la Liberación de París en Buenos Aires [en agosto de 1944] da una idea de la relación especial entre las dos capitales. Una multitud exultante ocupó Plaza Francia, entonando La Marsellesa. ‘Para todos nosotros, que amamos a Francia como a una patria espiritual, y que no estamos unidos a ella por el azar del nacimiento, sino por libre elección, este día será inolvidable’, escribía Victoria Ocampo.

Este acuerdo entre Buenos Aires y París también se ve en la sombra omnipresente de Lacan en Villa Freud, el barrio de los psicoanalistas, en Palermo. O, en sentido inverso, se ve también en el indio Patoruzú, fuente de inspiración de René Goscinny [el autor de Asterix], quien pasó su infancia en Buenos Aires. En la popular historieta creada a fines de los años ’20 por Dante Quinterno, el ancestro de Asterix y Obelix es un indio de gran corazón, dotado de una fuerza sobrenatural.

La pasarela entre París y Buenos Aires comprende igualmente la cultura popular de los cafés, a menudo de nombre francés, en cada esquina, y la de numerosas librerías. Los vasos comunicantes son múltiples, como en los cuentos de Julio Cortázar, exiliado en París, quien mezclaba las imágenes de su ciudad adoptiva con las de su ciudad natal.”[1]

 

Esta crónica, redactada por una periodista francesa hace tres años, resume bien hasta qué punto la Argentina es hoy, sin lugar a dudas, el país más francófilo de América Latina. Mucho más allá del “campo psi”, en la historia de la cultura argentina la presencia del pensamiento francés ha sido un dato inaugural. Al igual que en otras antiguas colonias españolas, a principios del siglo XIX, los promotores de la independencia se inspiraron generosamente en la “filosofía de las Luces” y el enciclopedismo. Luego, la generación del ’37 abrevaría tanto en el romanticismo francés como en autores ligados a la Restauración, como Alexis de Tocqueville. En los años ’50 y ’60, esa generación sentaría las bases de la organización nacional, poniendo fin a décadas de sangrientas luchas intestinas.[2] La generación del ’80, que organizó definitivamente el Estado-Nación, se inspiró particularmente en el positivismo francés, construyendo un Estado moderno sobre bases que pretendían ser científicas. Esto fue particularmente evidente en su proyecto educativo, que desembocó en la creación de la escuela laica y obligatoria – a imagen y semejanza de la escuela republicana francesa – y en el nacimiento de universidades nacionales como la de La Plata. Pero la afición que tenían por Francia las élites gobernantes también tuvo consecuencias en la arquitectura, las artes y los usos y costumbres de la burguesía en su conjunto. Esta modernidad, periférica y francófila, fue el rasgo saliente de una democracia liberal que, de manera bastante asombrosa, logró integrar a millones de inmigrantes europeos que llegaban bajo el lema “gobernar es poblar”.

Pero no es nuestra intención detenernos aquí en la historia sociocultural de la Argentina. Queremos más bien presentar, de manera muy sucinta, el impacto del pensamiento francés en los discursos psicológicos locales durante la primera mitad del siglo XX, siguiendo los testimonios de algunos de los intelectuales argentinos más importantes en este campo[3]. Ya en 1903, uno de los primeros profesores de psicología de la Universidad de Buenos Aires, Horacio Piñero (1869-1919), en una comunicación realizada en París, en el Institut Général Psychologique, decía respecto de los argentinos:

 

En la ciencia, señores, seguimos de muy cerca el ejemplo de esta Francia científica que llaman el cerebro del mundo. Intelectualmente, somos verdaderamente franceses; vivimos auscultando vuestro progreso, escuchando vuestras lecciones en todas las manifestaciones de la inteligencia, y yo afirmo que os debemos más que a todas las otras naciones del mundo reunidas, por una razón muy simple: al comienzo de nuestra adolescencia fueron franceses quienes dirigieron nuestros pasos, quienes instruyeron las generaciones que hoy gobiernan el país y quienes educaron a nuestra juventud en las escuelas y universidades.[4]

 

Piñero, que era miembro correspondiente de la Société de Psychologie de Paris, se refería en particular a Amadeo Jacques, un filósofo ecléctico discípulo de Victor Cousin (1813-1865). Profesor en el colegio Louis le Grand desde 1832 y responsable de cursos en l’École normale supérieure, Jacques había fundado, en 1848, la Société démocratique des libres-penseurs, de la cual era vicepresidente, siendo presidente su amigo Jules Simon. Un año antes, junto con Simon y Émile Saisset, había publicado un manual de filosofía para los colegios secundarios, en el que había escrito la parte dedicada a la psicología.[5] En 1851, el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte lo obligó a partir de Francia. Instalado en Argentina, luego de un pasaje por Uruguay, en 1861 fue designado rector del Colegio Nacional Buenos Aires y responsable de la reforma de los programas de enseñanza secundaria por el gobierno de Bartolomé Mitre.[6] Curiosamente, su manual, pensado para la educación pública francesa, terminó siendo utilizado en los colegios nacionales argentinos. En 1884, Miguel Cané, en las páginas de su novela Juvenilia, aportaría una semblanza memorable de este célebre pensador francés, que moriría en Buenos Aires en 1865:

 

El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó su dirección el hombre más sabio que hasta el día haya pisado tierra argentina [...]. Había escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha viva y elegante; el pensamiento sereno, la lógica inflexible y el método perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aún hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los capítulos sobre el método y la asociación de ideas.[7]

 

En cierto modo, además del modelo educativo francés, Jacques había traído consigo su sueño de una “filosofía popular”, que trató de transmitir en Argentina.[8] Sin embargo, el Jacques que destacaba Piñero en 1903 ya no era el pensador ecléctico de los orígenes, sino el filósofo que también había sabido transmitir los fundamentos de la ciencia llamada positiva. Al definir la psicología como una ciencia natural, y siguiendo la tradición psicopatológica francesa, Piñero, que era médico, se apoyaba tanto en la experimentación como en la clínica. Invocando a Ribot, Charcot y Janet, se vanagloriaba asimismo de haber creado el primer laboratorio experimental de Buenos Aires, en 1898. Pero situaba su empresa en un marco más amplio, donde la influencia francesa se hacía sentir en el conjunto del campo médico.

 

Nuestra Facultad de Medicina, especialmente, está organizada siguiendo el modelo de la vuestra. Todos nuestros profesores, titulares y adjuntos, han venido a aquí varias veces para seguir vuest4ras lecciones y trabajar en vuestros laboratorios. Algunos han estudiado en la Facultad de París, y tienen un diploma francés, como para llevar a casa la marca de vuestra ciencia. [9]

 

En efecto, a partir de 1880, particularmente, la medicina francesa se había transformado en un modelo privilegiado. Así, los programas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires eran a menudo una copia de los de su homóloga parisina, del mismo modo en que sus profesores más importantes se habían graduado en la Sorbona o habían realizado allí estudios más o menos prolongados.[10] En ese contexto, no resulta sorprendente que, en 1906, José Ingenieros (1877-1925), un psiquiatra, criminólogo y sociólogo ítalo-argentino, figura emblemática de este período positivista, haya realizado su viaje iniciático a Francia. En una larga crónica que envió al diario La Nación, contaba sus impresiones sobre el panorama parisino. Sin embargo, no lo hacía con el asombro provinciano de un recién llegado, que provenía de la periferia más austral. Lejos de ello, Ingenieros hablaba con la seguridad de un intelectual de un “país emergente” –no hay que olvidar que, en esa época, la Argentina se encontraba entre las naciones de mayor crecimiento en el mundo–, dispuesto a intercambiar opiniones con sus colegas europeos. Cuando contaba el conflicto entre Janet y Binet por la sucesión de Ribot en el Collège de France, y presentaba otras celebridades de la psicología francesa, lo hacía con la mayor familiaridad: 

 

Janet tiene mayor preparación clínica, su cultura médica es grande, ha descollado en el estudio de las enfermedades nerviosas y mentales, posee excelentes condiciones de expositor y cuenta varios libros en su haber intelectual. Binet es más hombre de laboratorio, su erudición es vasta, prefiere las investigaciones de psicología pedagógica, es de una dedicación ejemplar y ha escrito libros muy estimados. Janet es más clínico y mejor conferenciante ; Binet es un experimentador más diestro […]. Janet fue nombrado sucesor de Ribot, obteniendo un voto más que Binet, el cual ha quedado como director del laboratorio de psicología experimental. Cada uno en su sitio.

Nuestro amigo Th. Ribot, que nos ha referido estos entretelones mientras corregíamos pruebas en la librería de Alcan, no tomó partido por ninguno de ellos. Ambos le parecían dignos de sucederle […].

Janet es un hombre entre los cuarenta y cinco y cincuenta años, de buena presencia, humor risueño, conversación agradable y exquisita amabilidad. Sus estudios clínicos sobre la histeria son de primerísimo orden […].

Georges Dumas enseña psicología experimental en la Sorbona, donde esta cátedra es suplementaria. Es de la misma generación que Janet y también médico especialista en enfermedades nerviosas y mentales. Diserta con una corrección y claridad sorprendentes; realiza el tipo mental del orador universitario […].

En el Congreso Internacional de Psicología, celebrado en Roma en 1905, llamó nuestra atención un joven de aspecto nada vulgar. Alto, robusto, ojos de místico, gran melena, barba copiosa, una fisonomía oscilante entre la de un cristo clásico y la de un conspirador nihilista. En París lo encontramos en varias sociedades científicas y pronto trabamos amistad muy cordial. El Dr. Henri Piéron es uno de los jóvenes mejor conocidos en el mundo científico contemporáneo, aunque sólo pesan sobre sus hombros una treintena de años […]. Conoce el español y dedica una atención preferente a los trabajos científicos hispano-americanos. Nos ha complacido oírle repetir que en la Argentina se produce más y mejor que en todos los demás países de habla castellana juntos.[11]

 

Este fresco que pintaba Ingenieros viene a cuento para destacar hasta qué punto la psicología “científica” que se desarrollaba en la Argentina lo hacía en estrecha relación con su homóloga francesa. La proximidad de Ingenieros con sus colegas del otro lado del Atlántico es tanto más importante cuanto que este autor tuvo un rol fundamental en la cultura argentina y latinoamericana de la época, no sólo como psicólogo, sino también en tanto que intelectual. Socialista militante, fundó la Revista de Filosofía y publicó importantes trabajos de sociología, criminología e historia de las ideas argentinas. En 1906, estaba en Francia con el objeto de dar algunas conferencias, luego de haber presidido la sección de psicología patológica en el V Congreso Internacional de Psicología, realizado en Roma en 1905. Las pruebas de imprenta que estaba corrigiendo en la editorial Alcan, supuestamente junto con Théodule Ribot, eran las de su libro Le Langage musical et ses troubles hystériques : études de psychologie clinique, que recién iba a aparecer en 1907.[12] Allí trataba de relacionar las competencias musicales con la teoría de las localizaciones cerebrales. Ese mismo año, obtendría por concurso la segunda cátedra de Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde Piñero era titular de la primera cátedra.

En cuanto a su psicología, ya desde 1904, siguiendo los pasos de Charcot y Bernheim, Ingenieros se ocupaba de la histeria y la sugestión, aunque de un punto de vista fisiopatológico, cercano a las ideas de Grasset. En cierto modo, con sus múltiples trabajos (que incluían estudios novedosos sobre las psicopatologías sexuales, tanto como ensayos sobre el amor), contribuyó a plantear nuevos problemas que, a pesar suyo, fertilizaron el terreno en el que las teoría freudianas sobre las neurosis iban a implantarse tiempo después. No obstante, el psiquiatra de ascendencia italiana daba la impresión de no conocer al maestro vienés más que de manera indirecta, gracias a la famosa crítica que Pierre Janet le había dedicado en 1913. Esta crítica fue publicada en Argentina en 1914, –el mismo año de su publicación en Francia–, en los Archivos de Ciencias de la Educación dirigidos por Víctor Mercante, otro de los grandes referentes de la psicología experimental de principios del siglo XX.[13]

En realidad, si la tradición positiva establecida en Buenos Aires se emparentaba esencialmente con la clínica médica, aquélla desarrollada en La Plata en torno de Víctor Mercante estaba ligada al dominio de una educación que pretendía ser científica. Mercante (1870-1934) habría fundado en 1890 el primer laboratorio psicofisiológico de América Latina, en la provincia de San Juan, donde dirigía una escuela normal (equivalente a los liceos franceses).

Poco tiempo después, Mercante se haría cargo de otras escuela normal, esta vez en Mercedes, provincia de Buenos Aires, donde comenzó sus investigaciones sobre las características de la inteligencia infantil y, en particular, sobre la aptitud de los niños para las matemáticas.[14] En 1902, publicó un libro sobre el tema, que fue reconocido en Estados Unidos por Stanley Hall, pero también en Francia, donde Henri Piéron le dedicó dos comentarios muy elogiosos.[15] Fue el inicio de un intercambio epistolar extremadamente amistoso con Piéron, que iba a durar desde 1904 hasta 1910. Así fue que, en 1906, cuando Mercante fue nombrado responsable de la Sección Pedagógica de la UNLP, escribió de inmediato a su colega francés, no sin cierto orgullo: “Tengo el honor de ponerme a sus órdenes, desde mi puesto de Director de la Sección Pedagógica de la Universidad Nacional de La Plata”.[16] En su última carta, de 1910, además de agradecer a Piéron el envío de L’Évolution de la mémoire (París, Flammarion, 1910), Mercante confesaba su “inmensa admiración por el célebre pensador y conferencista de la Universidad de París”.[17] 

El eclipse de este período positivista, hacia el fin de los años ’20, ni implicó sin embargo el ocaso de la influencia del pensamiento francés en la Argentina. Aunque las referencias teóricas estaban destinadas a cambiar, la actitud francófila permaneció constante. De este modo, por ejemplo, en 1926, el filósofo Coriolano Alberini –titular entre 1923 y 1943 del mismo curso de Psicología que otrora impartiera Ingenieros en la UBA–, pronunció una conferencia en París, en la Société française de Philosophie, donde decía:

 

¿Qué rol ha jugado el pensamiento francés en la formación de la cultura argentina? Por cierto ha sido grande, muy grande. Casi diría que ha sido la única escuela a la cual podría remitirse la intelectualidad argentina […]. Ante el hecho de la desaparición o de la disminución de la influencia cultural española, ¿qué otro pueblo podía ser el mentor ideológico de Argentina? De italia había poco que esperar, si tenemos en cuenta la situación en que se encontraba. Y fue entonces natural que por razones de simpatía política, por razones de afinidad lingüística y finalmente por el gran prestigio de la cultura francesa, la Argentina volviese sus ojos a Francia. Así se explica que todo el desenvolvimiento argentino, durante el curso del siglo pasado, haya estado bajo la influencia directa de la cultura francesa y que, cuando las ideas venían de otros países, llegaran al Río de la Plata transmitidas y elaboradas por el espíritu francés.[18]

 

Este filósofo argentino, que en París había sido presentado por Xavier Léon, fue uno de los portaestandartes de lo que luego se dio en llamar la “reacción antipositivista”. Por ello, en 1927, siendo ya decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, daría una calurosa recepción a Charles Blondel, quien dictó varias conferencias, la última de las cuales fue consagrada al psicoanálisis. Esta conferencia, publicada en la Revista de Filosofía fundada por Ingenieros, fue presentada por Alberini, quien destacó la importancia de Henri Bergson en toda esta cuestión.[19] Dos años después de la muerte de Ingenieros, aunque el positivismo estuviera en franca declinación, la recepción del psicoanálisis continuaba realizándose más por la vía de sus detractores franceses que de sus cultores locales. Baste recordar el caso de Nerio Rojas (1890-1971), un psiquiatra dinámico hermano del célebre escritor Ricardo Rojas. Cuando en 1930 fue recibido en Viena por el mismo Freud, Rojas no pudo dejar de hablarle en los términos teóricos que le eran más habituales. Habiéndose especializado en medicina legal en París, había llegado al extremo de decir que el psicoanálisis estaba “entre la ciencia y la pornografía”.[20] Pero ello no le impidió visitar a Freud, evento que se encargó de contar en un artículo publicado en La Nación:

 

No bien he precisado mi pensamiento, según el cual la doctrina de Bergson tiene grandes concordancias con el psicoanálisis, compruebo un cambio brusco en la mímica de mi interlocutor, que niega el hecho sin disimular su poco agrado. Deberes de respeto y de cortesía me obligan a aclarar mi afirmación, pero otros deberes de seriedad intelectual me imponen mantenerla […][21].

 

Según Rojas, él habría dicho a su anfitrión que el psicoanálisis en patología, al igual que el bergsonismo en psicología normal, luchaba contra un atomismo psíquico demasiado estático. Tanto Freud como Bergson afirmaban “la realidad de una corriente psíquica dinámica y continua”, cuyo origen estaba “fuera de la conciencia, en el fondo de la vida afectiva”. Ante lo cual Freud habría reaccionado recordando sus diferencias con Bergson: “Él es filósofo y yo soy médico; Bergson es defensor del libre albedrío y yo soy determinista; él propone la intuición, y yo la experiencia; él ignora el predominio de las tendencias en la forma estudiada por mí mismo”. Según las conclusiones que de este encuentro extraía Rojas, las diferencias eran muy otras: “el bergsonismo es una doctrina luminosa con técnica imprecisa, mientras el psicoanálisis es un método feliz con teoría en parte discutible”. En 1939, en ocasión de la muerte de Freud, Rojas insistiría en esta vinculación, en otro artículo publicado en La Nación, llamado “De Bergson a Freud”.[22] No se trataba para él de “recordar la coincidencia de la condición judía de los dos maestros”, sino de destacar “cierta afinidad doctrinaria” que situaba ambas escuelas “en una misma corriente de pensamiento”. Una vez más, en Argentina, el psicoanálisis no podía ser separado del pensamiento francés. Así, la pulsión freudiana, entre otros conceptos, debía comprenderse entonces a través del prisma del “élan vital” concebido por Bergson.

A fines de esta misma década, Ángel Garma y Celes Cárcamo, un psiquiatra español y otro argentino, iban a conocerse en París. Garma huía de la Guerra Civil Española, luego de haber hecho una formación analítica en Berlín. Aprovechaba la ocasión para estrechar relaciones con psicoanalistas franceses, como Daniel Lagache y René Laforgue. Cárcamo, por su parte, estaba en análisis con Paul Schiff, mientras completaba su formación psiquiátrica con Henri Claude. Cuenta la leyenda que, en 1937, en un café de París, estos dos hombres habrían mantenido las primeras conversaciones sobre la eventual creación de una asociación psicoanalítica en Buenos Aires. Sea como fuere, pronto partirían a Argentina, casados con sendas mujeres francesas. A fines de 1942 serían los únicos analistas reconocidos por la IPA que participaron en la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina. En esta fundación, habría también un “grupo local” de cuatro miembros, entre los cuales estaba Enrique Pichon-Rivière, un psiquiatra de padres franceses nacido en Suiza.

 

En este breve relato hemos querido exponer algunas muestras escogidas de la presencia del pensamiento francés en la constitución de los “discursos psi” en Argentina a principios del siglo XX. También podríamos haber logrado este propósito haciendo alusión a las visitas de Georges Dumas, en 1931 y 1938, a la de Pierre Janet, en 1932, o a las críticas que Jacques Maritain dirigió al psicoanálisis durante sus conferencias en Buenos Aires, en 1938. De todos modos, no habríamos agotado los ejemplos de esta relación precoz entre la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis argentinos con sus homólogos franceses, relación que implicaba zonas de cruce con la filosofía, la biología, la literatura y las ciencias sociales. Nos hemos contentado entonces con señalar algunos casos particulares de esta filiación intelectual, siguiendo una hipótesis según la cual no es posible comprender la pregnancia del pensamiento francés contemporáneo en el Río de La Plata ni la importancia de los “discursos psi” en esta región sin estudiar detenidamente los procesos históricos de más larga data en que se inscriben esos fenómenos singulares. Resulta evidente que, entre esos discursos, el psicoanálisis de origen francés ha tenido un lugar preponderante a partir del último cuarto del siglo XX.

 

 



* Publicado en Conceptual, estudios de psicoanálisis, 6 (7), 11-16. Este artículo implica la traducción y adaptación de un segmento de la introducción de nuestra tesis Entre Paris et Buenos Aires: la construction des discours psychologiques en Argentine (1942-1966), realizada bajo la dirección de E. Roudinesco y defendida en la Universidad de París VII en junio de 2005. Forma parte de un libro en preparación.

Este artículo se reproduce por gentileza de la Revista Conceptual, publicada por la Asociación de Psicoanálisis de La Plata, http://www.aplp.org.ar/publicaciones.htm.

 

[1] Legrand, Ch. (2003). Buenos Aires et ses clins d'œil parisiens. Le Monde, 11 de noviembre.

[2] Esas luchas, habían provocado el exilio de José de San Martín (entre tantos otros), quien decidió instalarse en Francia en 1822, para morir en Boulogne-sur-Mer, en 1850.

[3] Cuando hablamos de “discursos psicológicos” (o de “discursos psi”), lo hacemos en el sentido más amplio posible, aludiendo a todo discurso que se ocupe de lo psíquico. Nada presupone esta expresión respecto de las relaciones de inclusión o exclusión entre psicología, psicoanálisis y psiquiatría.

[4] Piñero, H. (1903). La psychologie expérimentale dans la République Argentine. Bulletin de l’Institut Général Psychologique, 1. Hay varias reediciones. Cf. Vezzetti, H. (1989) [comp.]. Freud en Buenos Aires. Buenos Aires: Puntosur; (1996). Cuadernos Argentinos de Histoira de la Psicología, 2 (1/2), 270-313. La traducción que aquí presentamos la hemos realizado a partir de esta última edición bilingüe, presentada por Hugo Klappenbach, 239-268.

[5] Jacques, A.; Simon, J. & Saisset, É. (1847). Manuel de Philosophie à l’usage des collèges. París: Joubert.

[6] Quintero Palacios, S. (1995). Geografía y nación. Estrategias educativas en la representación del territorio argentino (1862-1870). Territorio, 7 (en http://www.filo.uba.ar/contenidos/investigacion/ institutos/geografia/territ7.htm).

[7] Cané, M. [1884] (1950). Juvenilia. Buenos Aires: Espasa Calpe (cap. VII, cuarta edición).

[8] Cf. Vermeren, P. (2002). Le Rêve démocratique de la philosophie. D'une rive à l'autre de l'Atlantique (seguido de Essai de philosophie populaire, de Amédée Jacques). París: L'Harmattan (existe una versión en castellano, 1998, Colihüe).

[9] Piñero, H. (1903), 282.

[10] Cf. de Asúa, M. (1986). Influencia de la Facultad de Medicina de París sobre la de Buenos Aires. Quipu, 3 (1), 79-89. Citado por Klappenbach, H. (1996), 283. Cf. también Stagnaro, J.C. (2000). Acerca de la recepción e incorporación de las ideas de la psiquiatría europea en Bs. As. (1870-1890). En autores varios, Psiquiatría, Psicología y Psicoanálisis : Historia y memoria. Buenos Aires: Polemos, 32-39.

[11] Ingenieros, J. (1906). Psicólogos Franceses. La Nación, 13 de octubre, página 5. Hemos encontrado este artículo en los Archivos Nacionales de Francia, más precisamente en los archivos personales de Henri Piéron, lo cual no es irrelevante. Probablemente, Ingenieros tuvo el cuidado de enviar ese recorte a su nuevo amigo, quien lo consideró suficientemente importante como para guardarlo.

[12] Todo indica que su conversación con Ribot le impidió concentrarse en su trabajo de corrección, a tal punto que el libro fue atribuido a un tal “Joseph Ingegnieros”.

[13] Janet, P. (1914). El psico-análisis. Archivos de Ciencias de la Educación, 1, 175-229. Reeditado en Vezzetti, H. (1989) [comp.].

[14] Cf. à cet égard Dussel, I. (1996). Victor Mercante. Perspectives : revue trimestrielle d’éducation comparée, Paris, UNESCO, 26 (2), 441-458.

[15] Cf. Mercante, V. (1902). Psicología de la aptitud matemática del niño. Buenos Aires: Cabaut. Mercante hacía alusión a los comentarios de Piéron en las cartas que le envió el 21 de enero y el 27 de mayo de 1905. Cf. “Fondo Piéron”, Archivos nacionales de Francia, AP 8.

[16] Carta del 11 de mayo de 1906. “Fondo Piéron”, Archivos nacionales de Francia, AP 8.

[17] Carta del 22 de marzo de 1910. “Fondo Piéron”, Archivos nacionales de Francia, AP 8.

[18] Alberini, C. (1926). El pensamiento francés en la cultura argentina. En Alberini, C. (1966). Problemas de historia de las ideas filosóficas en la Argentina. La Plata: UNLP, 78-79.

[19] Cf. Vezzetti, H. (1989) [comp.]. Estudio preliminar.

[20] Rojas, N. (1925). La histeria después de Charcot. Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal, 12, 458.

[21] Rojas, N. (1930). Una visita a Freud. La Nación, 17 de marzo. Lo citamos a partir de su reedición en Vezzetti, H. (1989) [comp.], 173-178; 175-176.

[22] Rojas, N. (1939). De Bergson a Freud. La Nación, 26 de noviembre. Lo citamos a partir de su reedición en Vezzetti, H. (1989) [comp.], 179-190.