Historia de la psicología en Francia. Siglos XIX-XX

Cap. 6. Psicologías y psicólogos en el período entre las dos guerras

Jaqueline Carroy

Annick Ohayon

Régine Plas

 

Fuente: Histoire de la psychologie en France. XIXe-XXe siècles, Paris, La Découverte, 2006, cap. 6, “Psychologie et psychologues dans l´entre-deux guerres”.

Traducción: Elizabeth Sowery Cartier. Trabajo final de Residencia en Traducción, IES en Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández", Buenos Aires, bajo la tutoría de la Prof. Nilda Veinticinque.

 

Psicologías y psicólogos en el período entre las dos guerras

 

Entre las dos guerras mundiales, la psicología constituye una especialidad académica que se desarrolla en tres campos principales. Pierre Janet, Georges Dumas et Charles Blondel perpetúan o ponen en tela de juicio el legado de Ribot. Henri Piéron y Paul Guillaume desarrollan una psicología experimental alineada con los modelos internacionales, representados en esa época por el conductismo y la psicología de la forma. Por último, el niño se convierte en un objeto y una apuesta epistemológica y política de suma importancia, tanto para Jean Piaget, en Ginebra, como para Henri Wallon, en París.

 

Perennidad y cuestionamiento del modelo patológico

 

En la posguerra, Pierre Janet (1859-1947) sigue siendo el gran psicólogo francés. Sus cursos en el Collège de France, donde desde 1902 es el sucesor de Ribot, atraen a numeroso público. Como teórico y como psicoterapeuta, perpetúa la tradición de la psicología patológica francesa pero se ve enfrentado al ascenso en potencia del psicoanálisis, al mismo tiempo que se desarrollan otras concepciones de las relaciones entre lo normal y lo patológico.

 

Janet y la psicología de la conducta como alternativa al psicoanálisis

 

En 1919, Janet publica los tres volúmenes de Les médications psychologiques, obra en la que vuelca su gran experiencia por haber reunido ya más de 3.500 observaciones al cabo de treinta años. Janet ha alcanzado renombre internacional como terapeuta y trata, a menudo durante mucho tiempo, a numerosos pacientes que vienen a la consulta o a los que atiende en clínicas privadas.

 El tomo I se refiere a la historia de las psicoterapias y, en ese sentido, constituye el primer libro de referencia y bien documentado sobre los orígenes de la psicología francesa. En los dos volúmenes siguientes, Janet pasa revista a las psicoterapias contemporáneas. Ataca el psicoanálisis, tema al que apuntaba desde hacía tiempo [Janet, 1914]. Le critica la supuesta novedad y también su carácter sistemático y sectario (cf. Cap. 4, parágrafo “El contexto internacional en psicología. Nuevas teorías”.) No obstante, pese a esas críticas, se muestra más moderado de lo que era de esperar, e incluso más adelante, llegará a asumir la defensa del psicoanálisis [Ohayon, 1999a]. Podrá considerarse efectivamente una suerte de “Freud francés”, por tener pese a todo, cierto parecido con su colega vienés.

Y sus contemporáneos -especialmente la mayoría de los primeros psicoanalistas franceses- le devolverán esa imagen de “Freud francés”, que no será seriamente objetada hasta después de su muerte.

 En Les Médications psychologiques, Janet efectúa, además, un balance de su propia práctica terapéutica a la que presenta como ecléctica y diversificada. Propone apuntalar la medicación psicológica con una dinámica y una energética psicológicas muy distintas de las del psicoanálisis. El problema de la psicoterapia es, en efecto, el de la “administración económica de las fuerzas de la mente”. El médico del futuro “podrá hacer el balance y el presupuesto de una mente, como se hacen los de un comercio” [1919, III, p. 469]. Janet vuelve a plantear concepciones ya formuladas antes de la guerra a propósito de la histeria y la psicastenia. Según Janet, es preciso diferenciar, entre fuerza y tensión psicológicas. La primera corresponde a la cantidad de energía disponible y la segunda, a la capacidad que tiene el sujeto de movilizar su energía en mayor o menor grado, en función de una jerarquía evolucionista. Los trastornos psicológicos afectan específicamente la fuerza o la tensión psicológicas. Janet intenta construir una psicología patológica y terapéutica con la totalidad de las enfermedades mentales, a partir de esa doble distinción. Sin embargo, no logrará concretar ese proyecto, el que quedará definitivamente inconcluso. [Ellenberger, 1970].

En 1926, Janet dedica casi todo el primer volumen de su obra De l’angoisse à l’extase [1926-1928] a una mujer mística y en estado de éxtasis que había tenido oportunidad de observar durante varios años en la Salpêtrière, a principios de siglo. Madeleine, como la llamó, presentaba contracturas y estigmas similares a las heridas de Cristo y estados de éxtasis que Janet pudo observar con detenimiento en su laboratorio. Por otra parte, ella había escrito expresamente para él, numerosos textos en los que describía sus estados místicos. De regreso a su provincia natal y considerada curada, seguramente gracias a los cuidados de un nuevo director espiritual, siguió manteniendo correspondencia con Janet a quien consideraba un director laico [Maître, 1993], hasta su muerte acaecida en 1918. Al poner de relieve este caso, Janet reaviva el interés por los “psiquismos extraordinarios” que había caracterizado el inicio de sus investigaciones, y de manera más general, toda la psicología del siglo anterior.

El caso de Madeleine le brinda la oportunidad de desarrollar en el segundo volumen de la obra, publicado en 1928, un cuadro evolucionista de los sentimientos identificados con las regulaciones de la acción. Janet traza el primer bosquejo de un amplio sistema psicológico que elaborará luego a lo largo de sus numerosas publicaciones y durante sus cursos en el Collège de France. No obstante, nunca llegará a hacer la síntesis. Sólo presenta los principios y las grandes líneas en un breve artículo publicado en el tomo VIII de la Encyclopédie française [Janet, 1938]. La psicología de la conducta definida allí, se basa en la hipótesis unificadora de que todos los hechos psicológicos son acciones y que, en los tratados de psicología, no hay por qué seguir diferenciando la acción del pensamiento. El propio hecho de conciencia se traduce en acción a través del lenguaje. Esta psicología de la conducta incorpora, así, el estudio de la conciencia a la psicología del comportamiento, que él considera insuficiente para estudiar al hombre. Se basa en la noción de tendencia, definida como una “disposición del organismo vivo a efectuar una acción determinada”. Las tendencias se clasifican y ordenan jerárquicamente, desde las más arcaicas y automáticas hasta las más recientes, por ser estas últimas las más frágiles, es decir, las que durante la enfermedad mental desaparecen en primer término. Vemos aquí que Janet retoma a su modo, el modelo evolucionista aplicado por Ribot a las enfermedades de la memoria y lo amplía a la totalidad de las tendencias. Se apoya, entonces, en la psicología patológica, pero también toma como objetos de estudio al niño, al primitivo y al animal. En la base de las conductas se hallan las tendencias comunes al hombre y al animal que van desde las tendencias reflejas hasta las tendencias sociales. Luego siguen las tendencias intelectuales elementales, que aparecen en el animal pero que sólo en el hombre alcanzan su pleno desarrollo. En este grupo de tendencias se encuentran, especialmente, el lenguaje y el pensamiento simbólico. Las tendencias intermedias sostienen las creencias, que se basan en la palabra, sustituto de la acción. Por último, las tendencias superiores son las responsables de las conductas que el individuo adopta para acomodarse a las leyes morales y a las reglas lógicas adoptadas por el grupo social a través del tiempo, pero también, de las conductas individuales y originales que permiten la evolución de la humanidad en el sentido del progreso.

Efectivamente, antes de publicar la síntesis de 1938, Janet se interesó cada vez más por las conductas sociales. Retomando el antiguo ejemplo de Irène (cf. Cap. 3, parágrafo “El psicólogo francés encarnado: Pierre Janet”), una de sus pacientes “amnésicas” que en sonambulismo revivía la muerte de su madre, Janet demuestra que ella sólo recuerda de verdad a partir del momento en que, después del tratamiento, se vuelve capaz de narrar esa escena traumática, que deja de ser una reminiscencia repetida sin cesar. [Janet, 1928, p. 205-215]. La memoria se convierte para Janet en una conducta social del relato. Aun sin mencionarlo, Janet desarrolla una idea parecida a la del sociólogo Maurice Halbwachs en Les cadres sociaux de la mémoire [1925]. En 1937, en ocasión del XI Congreso Internacional de Psicología realizado en París, Janet pronuncia una conferencia sobre las “conductas sociales”. Expone allí la naturaleza social de la personalidad y formula la hipótesis de que la distinción entre uno mismo y el socius no es, sin lugar a dudas, ni tan fundamental ni tan primitiva como se cree en general, y que “ambas personalidades, la del sujeto y la del socius, se construyen juntas de una manera confusa y [...] y presentan a la vez los mismos progresos” [Janet, 1937a, p. 145].

 ¿Qué status asigna Janet a su sistema psicológico? A veces toma cierta distancia con respecto a sus grandes relatos evolucionistas. Por ejemplo, insiste en que “la ciencia necesita hoy [...] sistemas incluso falsos para poner en orden las interpretaciones y para posibilitar la discusión de su interpretación” [Janet, 1937b, p.468]. ¿Será una forma de hacerse cargo de ciertas críticas? Porque si bien Janet sigue siendo una autoridad, su psicología patológica resulta anticuada frente a las nuevas concepciones que se desarrollan en los años 30, particularmente el psicoanálisis y la fenomenología.

 

Georges Dumas, fiel discípulo de Ribot

 

Si bien Janet es un fiel exponente del método patológico evolucionista favorito de Ribot, su psicología, en definitiva, se aparta de manera radical de la psicología organicista de este último. No ocurre lo mismo con Georges Dumas (1866-1946) quien durante toda su vida se considera hijo espiritual y heredero de Ribot, a quien dedica todos sus libros.

Alumno de la Escuela Normal Superior y agregado en filosofía en 1889, Dumas obtiene su título de médico en 1894. En 1897, es nombrado en el hospital Sainte-Anne, jefe del laboratorio de psicología de la clínica de enfermedades mentales de la Facultad de Medicina de París, cargo que desempeñará hasta el fin de su carrera. En 1902, es elegido, en lugar de Alfred Binet, para ocupar el cargo docente de psicología experimental en la Sorbona, que dejaba vacante Janet, al ser nombrado sucesor de Ribot en el Collège de France. Y a partir de 1912, será el titular de la cátedra. Una vez más junto a Janet, funda en 1901 la Société française de psychologie y, en 1904, el Journal de psychologie normale et pathologique.

Bajo la influencia de Ribot, quien en ese mismo momento publicaba artículos y obras sobre la psicología de la afectividad, Dumas orienta sus investigaciones hacia la psicología de las emociones. Este será el tema de su tesis de medicina y de su tesis de letras. Sus trabajos se ubican en la misma línea de su maestro, tanto por el empleo del método patológico -Dumas estudia las emociones en enfermos mentales- como por la importancia que otorga a la organogénesis en su explicación.

La propia expresión de las emociones, interpretada clásicamente como el reflejo de un estado subjetivo, es considerada por Dumas como el resultado puramente mecánico del movimiento de los músculos del rostro, los que por otra parte, asumen distintas funciones orgánicas. Siguiendo los pasos de Guillaume Duchenne de Boulogne (1806-1875), se preocupa por demostrar experimentalmente que la sonrisa –tema al que dedica toda una obra en 1906– es provocada automáticamente por una excitación eléctrica del nervio facial. Durante la Primera Guerra mundial, Dumas trabajó como psiquiatra junto a los soldados que volvían del frente padeciendo trastornos nerviosos y mentales, consecuencia de su desempeño en el campo de batalla. Debió detectar a los simuladores y curar a los soldados traumatizados, para devolverlos de inmediato al campo de batalla. A pesar del empleo del discutible método terapéutico llamado “bombardeo”, que consistía en la administración de “electroshocks” a los enfermos –método por otra parte, practicado por todos los psiquiatras de la guerra-, Dumas, como perito psiquiatra de los consejos de guerra que juzgaban a los soldados acusados de deserción, parece haber evitado la muerte de varios de ellos alegando que padecían estados de confusión de origen traumático [Dupouy, 2004]. Después de la guerra, dedica varios trabajos a narrar su experiencia, particularmente una obra en 1919 sobre los Troubles mentaux et troubles nerveux de guerre. En muchos enfermos –según explica- esos trastornos son desatados por la guerra, a partir de una predisposición constitutiva previa a su aparición. Considera, entonces, que las psiconeurosis de guerra, como las enfermedades mentales en general, con frecuencia reflejan un estado orgánico preexistente. No descarta, sin embargo, que en algunos enfermos esos trastornos se deban a un estado de confusión provocado por la guerra misma y no a alguna predisposición orgánica. No obstante cree, como muchos psiquiatras de su época, que el traumatismo actúa como un agente tóxico (como el alcohol o ciertas enfermedades infecciosas). Vemos aquí que Dumas sigue privilegiando la organogénesis en detrimento de la psicogénesis, tanto en la etiología de las enfermedades mentales, como en el desencadenamiento de las emociones.

 Dumas ha demostrado también un interés constante por las personalidades mesiánicas y místicas. Es así como, luego de un trabajo en su juventud sobre Tolstoi, en 1905 dedica una obra a la personalidad de dos “mesías positivistas”, Saint-Simon y Auguste Comte, y en 1946 publica Le surnaturel et les dieux d’après les maladies mentales. Estos trabajos contrastan con los precedentes, dado que en ellos Dumas habla más como clínico que como psicólogo adepto al método experimental y se muestra mucho menos organicista que en sus teorías sobre la emoción o la enfermedad mental.

Desempeñó también un papel fundamental en la difusión e institucionalización de la psicología. Fue el verdadero artífice del primer tratado francés de psicología. Dicho tratado, con prólogo de Ribot, estaba listo para ser publicado en 1914 cuando estalló la guerra, por lo cual el primero de los dos tomos apareció recién en 1923, exhibiendo en primera página una dedicatoria a la memoria de Ribot, fallecido en 1916, con una cita en griego que significaba : “De ti provenimos”. Al Traité de psychologie siguió el Nouveau traité de psychologie, en ocho tomos, publicados entre 1930 y 1949. Ambos tratados, en mayor grado el primero, se caracterizan por su extraordinaria heterogeneidad. No presentan unidad alguna, ni teórica ni metodológica, y los desacuerdos entre los autores son más frecuentes que sus puntos de convergencia. Dumas había convocado a numerosos colaboradores, con ideas muy distintas de las suyas y también divergentes entre sí en todos los aspectos. Lejos de ofrecer una síntesis de los logros de la disciplina y de mostrar su unidad, estos tratados ponen en evidencia su fragmentación y sus conflictos reales y potenciales.

Por último, Dumas desempeñó un relevante papel institucional en América Latina, donde estuvo dieciocho veces a partir de 1908. Fundó los primeros laboratorios de psicología, principalmente en Brasil, el Instituto de la Universidad de París, en Buenos Aires, el liceo francés de San Pablo, contribuyendo además a la creación de la Universidad de esa ciudad. Asimismo fundó institutos culturales en diversos países de América Latina.

Pese al gran número de trabajos científicos reconocidos, a su importante actividad editorial y a su papel institucional, Georges Dumas no alcanzó nunca la notoriedad de un Janet o de un Binet, y en general, sólo es recordado al pasar por los historiadores de la psicología francesa. Varias razones pueden invocarse al respecto. En primer término, aparece como el hijo espiritual y el sucesor de Ribot y da la impresión de no haber hecho más que perpetuar la obra de éste. Además, siendo ardiente defensor del método patológico, a partir de 1914 asiste al cuestionamiento que a dicho método realiza Charles Blondel.

 

Charles Blondel, la conciencia mórbida y la psicología colectiva

 

Charles Blondel (1876-1939) pasó a la posteridad fundamentalmente por haber publicado en 1924 una suerte de panfleto titulado “La psychanalyse”, que fue recibido de manera favorable por muchos de sus contemporáneos pero que, en la actualidad, puede considerarse poco inspirado (cf. Cap. 7, parágrafo “Introducción del psicoanálisis en Francia : debates y controversias”). Esta escueta visión hace olvidar el impacto que tuvo su obra en el período entre las dos guerras, en particular, su tesis defendida en 1914 sobre la “conciencia mórbida” y la concepción profundamente novedosa de la enfermedad mental que en ella desarrolla.

Filósofo y médico psiquiatra, Blondel lleva el sello de las dos corrientes dominantes en Francia en las postrimerías del siglo XIX : la filosofía de Bergson y la sociología de Durkheim, continuada por los trabajos de Lucien Lévy-Bruhl sobre la mentalidad primitiva. La originalidad de Blondel radica en la aplicación constante de ambas en psicopatología, aunque a través del tiempo la influencia de la sociología se vuelve predominante sobre la de la filosofía. En el momento en que los psiquiatras franceses se interesan cada vez más por el psicoanálisis y la fenomenología para tratar de comprender el enigma de la enfermedad mental (cf. Cap.7, parágrafo “Psicología, fenomenología y ciencias humanas”), Charles Blondel instala, de esta manera, una nueva y polémica perspectiva al sugerirles basarse en la sociología.

Interno en la Salpêtrière en el servicio del profesor Deny, uno de los primeros en Francia en recibir y difundir las ideas de Kraepelin, Blondel tiene ocasión de reunir allí el material para su tesis de filosofía, que se hará famosa: La Conscience morbide. Essai de psychopathologie générale [Blondel, 1919]. Tesis que defiende en 1914 ante un jurado prestigioso compuesto por Lévy-Bruhl, Delbos, Picavet, Dumas, Lalande y Delacroix. Es muy notoria en este trabajo la influencia de Léy-Bruhl. Coincidente con él, Blondel afirma que no se puede seguir midiendo al primitivo con la misma vara que al civilizado, ni al enfermo mental con la misma vara que al sano. Cada uno presenta una estructura de pensamiento y una mentalidad específicas, que deben ser entendidas según el método durkhemiano. Es conveniente evitar la “intropatía” (en lenguaje actual “empatía”) y observar a los alienados desde “afuera” sin olvidar, como por otra parte sostenía Durkheim, que se trata de una exigencia de método y que al igual que los hechos sociales, los sujetos no son cosas.

Esta concepción hace, también, tabla rasa del principio del método patológico que sostiene que no hay diferencia de naturaleza entre lo normal y lo patológico. Blondel formula la hipótesis inversa: la conciencia mórbida posee heterogeneidad, especificidad y originalidad. Siguiendo a Durkheim, sostiene que lo esencial de nuestra vida mental proviene de la sociedad. Ahora bien, el enfermo mental sufre porque las palabras que emplea, los cuadros emocionales comprendidos y admitidos por todos ya no corresponden a su experiencia íntima. Es como si hubiera perdido la clave de todo lo que realiza la conciencia socializada: los modos de pensar, de sentir y de actuar colectivos, que aseguran la comprensión entre los hombres. El alienado se halla, entonces, retirado de la comunidad, aislado, autista -acá Blondel retoma la concepción de Bleuler-, presa del misterio y la angustia de lo desconocido. ¿Qué le queda, entonces, al individuo cuando la conciencia social lo ha abandonado? “Psiquismo puro” -enuncia Blondel siguiendo a Bergson, una conciencia que no es ni espacial, ni socializada, una conciencia reducida a la cenestesia, es decir al conjunto de sensaciones internas, puesto que el delirio no es otra cosa que el intento de dominar la angustia engendrada por la extrañeza de los mensajes que vienen desde el cuerpo.

El jurado recibió la tesis de Blondel con admiración por su carácter brillante e innovador pero con reservas, si nos atenemos al dictamen publicado en 1914 en La Revue de métaphysique et de morale. Georges Dumas reprocha al postulante de exagerar, por motivos de su argumentación, las contradicciones de la conciencia mórbida, de exagerar también la coherencia de la conciencia normal y de insistir demasiado en el aspecto sociológico de las emociones. Delacroix lo acusa de presentar en forma incomprensible tanto el pasaje de lo psicológico a lo social, como el de lo normal a lo patológico. De todas esas críticas, resulta que Blondel, para apuntalar su tesis, rechaza lo subjetivo, endurece las oposiciones entre individuo y sociedad, entre lo normal y lo patológico. Blondel termina por admitir, frente a sus detractores, que existe una continuidad de lo normal a lo anormal, pero que eso no impide poner el acento sobre las diferencias. Georges Dumas evocará esos reparos en su Traité de psychologie, lo que no impedirá, por otra parte, que solicite a su amigo Blondel la redacción de los capítulos consagrados a la volición y a la personalidad.

Once años después de su tesis, en el Journal de psychologie normale et pathologique [1925], Blondel retoma esas hipótesis en un artículo titulado “Psychologie pathologique et sociologie”, que constituye a la vez un llamado a sus colegas psiquiatras y una respuesta al artículo que Mauss publica en 1924 (cf. Cap. 7, parágrafo “La psicología y la sociología : ¿qué esperan los sociólogos de los psicólogos?”) La pregunta ya no es “¿qué esperan los sociólogos de los psicólogos?” sino “¿qué pueden esperar los médicos alienistas de la sociología?” Blondel advierte seriamente sobre el riesgo de extender su teoría, llevando a concebir la enfermedad mental como una regresión a la mentalidad primitiva, prelógica, lo que parece creer Mauss siguiendo a otros psiquiatras y al propio Freud. Si bien Lévy-Bruhl pudo demostrar que hay varias mentalidades colectivas y que, por ejemplo, el pensamiento primitivo y el pensamiento civilizado se diferencian en muchos puntos, ambos pensamientos son normales en el seno de su propia cultura y, más que nada, son mentalidades colectivas. Nada de eso ocurre con la conciencia mórbida que, según Blondel, es esencialmente individual: las manifestaciones psicopáticas no constituyen nunca nada que pueda parecerse a una mentalidad colectiva. Por ese hecho, resulta muy difícil hacer con ella una ciencia, puesto que sólo hay ciencia de lo general; como mucho podría hacerse su historia. Blondel enuncia aquí lo que para él determina la imposibilidad de hacer una verdadera psicología patológica. El único medio del que dispone el psiquiatra es finalmente recurrir a la nosografía, que se ha esforzado en agrupar los caracteres comunes a ciertas patologías. Si bien Lévy-Bruhl eligió como marco la clasificación de las sociedades, el psiquiatra no tiene otro ámbito que el de la clasificación de las entidades mórbidas. Este enorme desvío a través de la sociología conduce finalmente a Blondel, al penoso regreso a una clínica médica reducida a la nosografía. Concluye recordando, de acuerdo con Mauss, la “necesidad de una actitud nueva en psicología. No hay prueba más contundente de la existencia de esa necesidad que el éxito del psicoanálisis” [p.355]. Blondel tiene entonces un mínimo acuerdo con Freud sobre la idea de que todo está por hacerse, pero una vez más recuerda en qué se diferencia su método del de los freudianos. Blondel sólo intenta proporcionar una explicación de los trastornos mórbidos que respete su carácter patológico, su extrañeza, su originalidad y que no los haga desaparecer a fuerza de interpretarlos.

En adelante, la principal preocupación de Charles Blondel, se refiere a la vinculación entre lo psicológico y lo social, apuntando así a la construcción de una psicología colectiva. Publica un breve trabajo, Introduction à la psychologie collective [1928], donde intenta establecer las bases de esa nueva disciplina. El estudio de los procesos psíquicos y de sus lazos con la vida colectiva ha sido abordado, desde fines del siglo anterior, por muchos investigadores, bajo muchas denominaciones: interpsicología, psicología social, etc. Pero el proyecto de Blondel es más ambicioso. Lejos de ser sólo una rama de la psicología, la psicología colectiva debe constituir “su centro y su nudo” [Blondel, 1928, p.5]. Como lo ha demostrado Durkheim, lo social no está condicionado por lo psicológico, sino a la inversa. Lo social está, por lo tanto, en el centro de todos los hechos mentales: del pensamiento, de la memoria, y sobre todo, de la vida afectiva. Gran parte de este opúsculo, por otra parte, está dedicada a la dimensión social de los sentimientos, de las emociones, de las voliciones. Este libro marcará profundamente a Lucien Febvre, quien lo cita a menudo, e inspirará buena parte de las reflexiones del historiador sobre la vida afectiva.

 Blondel permaneció muchos años como profesor en Estrasburgo, donde fue colega y amigo de los historiadores Marc Bloch y Lucien Febvre, y recién en 1937, fue designado profesor de psicología en la Sorbona. No fue precisamente por haber sido contrario al psicoanálisis que su carrera universitaria se vio truncada, sino tal vez, por haber sido un psicólogo demasiado cercano a los sociólogos y propenso a cederles un territorio demasiado vasto. En su Psychologie collective, el autor propone, por ejemplo, esta jerarquización de las disciplinas inspirada según su interpretación de Auguste Comte: “Las ciencias que se ocupan de la mente humana, de sus manifestaciones, de sus causas y efectos deben clasificarse en el siguiente orden: psicofisiología, psicología colectiva, psicología individual” [ibíd., p.11]. Por último, Blondel ha sido reconocido por los sociólogos y los historiadores, tanto o más que por los psicólogos. Se vio enfrentado en todos los casos a la posición dominante de la psicología patológica, representada por Pierre Janet y Georges Dumas. Así se explica que, cuando promediando los años 30, se constituyó una efímera Sociedad de psicología colectiva, la presidencia recayera en Janet y no en él.

 

Nuevas versiones de la psicología científica: Henri Piéron y Paul Guillaume

 

Antes de la Primera Guerra mundial, la psicología de laboratorio dedicada a la investigación fundamental no se había desarrollado en Francia, excepto en Rennes, en el laboratorio de Benjamín Bourdon. Dos filósofos que no son médicos, Henri Piéron y Paul Guillaume, inauguran realmente una tradición francesa en la materia.

 

Henri Piéron, un incansable artesano al servicio de la psicología científica

 

Henri Piéron (1881-1964), a quien hemos encontrado varias veces durante nuestro recorrido, imprime su sello a la psicología científica francesa, durante un reinado de cuarenta años. Proveniente de una familia de universitarios -su padre era egresado de la Escuela Normal Superior y agregado en Matemáticas- finaliza sus estudios secundarios en el momento en que Francia se halla profundamente dividida por el caso Dreyfus. El joven Piéron toma partido decididamente por Dreyfus, mientras que su padre se enrola en el bando opuesto. En 1898, inicia sus estudios de filosofía sin proponerse seriamente ingresar a la Escuela Normal Superior. Ya muy atraído por la psicología, sigue los cursos de Ribot en el Collège de France y los de Pierre Janet en la Sorbona. Con su diploma en el bolsillo, prepara la agregatura, al mismo tiempo que oficia de secretario de Janet, en su laboratorio de la Salpêtrière y aborda la investigación experimental en el laboratorio de Binet, pese al recibimiento poco “alentador” que este último le había brindado [Piéron, 1951, p.12]. Frecuenta también el laboratorio del zoólogo Alfred Giard (1846-1908), obtiene la licenciatura en Ciencias naturales y emprende la carrera de Medicina, que no concluirá. Sus convicciones positivistas desagradan a uno de los miembros del jurado de la Agregatura de filosofía, por lo cual no la obtendrá hasta 1903, después de dos frustrados intentos y gracias al apoyo de Lucien Lévy-Bruhl [Piéron, 1951]. Es nombrado profesor en el colegio de Saint-Germain-en-Laye, cargo que abandona al año siguiente por el de secretario general de la Revue scientífique, dirigida entonces por Edouard Toulouse.

Efectivamente, alrededor de 1901, había abandonado la Sorbona y a Binet por el laboratorio de psicología experimental que Edouard Toulouse había creado en el asilo de Villejuif. Allí se inicia en la psiquiatría y allí vuelve a encontrarse con Nicolas Vaschide (1874-1907), a quien había conocido en casa de Janet. Este joven psicólogo rumano había sido llevado a Francia, al laboratorio de la Sorbona, por Binet, a quien había conocido en Bucarest en ocasión de una serie de conferencias dadas en la Universidad de esa ciudad en 1895. La colaboración de Binet y de Vaschide dará lugar a numerosos artículos, publicados entre 1897 y 1898 en L’année psychologique, hasta que una desavenencia entre ambos hará regresar a Vaschide donde Janet, para ocupar el cargo de jefe del laboratorio de Toulouse. La muerte prematura de Vaschide a la edad de 33 años, interrumpe de manera inesperada una trayectoria que pudo haberlo llevado a ocupar un lugar de privilegio en la historia de la psicología francesa. Junto a Vaschide, Piéron publica, en 1901 y 1902, una serie de artículos sobre la telepatía y los sueños premonitorios, así como también una obra titulada Psychologie du rêve du point de vue médical, en la misma línea de los trabajos realizados a fines del siglo XX por numerosos psicólogos, sobre lo que en la actualidad llamaríamos fenómenos paranormales [Plas,2000a]. Si bien más tarde Piéron se vio obligado a analizar distintos fenómenos considerados extraordinarios, por ejemplo en 1922, en su laboratorio de la Sorbona, los ectoplasmas producidos por la médium Eva Carrière, siempre llegó a la conclusión de que podían explicarse por el fraude o la sugestión.

En 1904, con Toulouse y Vaschide, publica Technique de psychologie experiméntale. En ese momento, al abandonar definitivamente la filosofía, se orienta hacia la fisiología y la psicología animales. En 1912 defiende la tesis Le problème psychologique du sommeil. Para ese entonces ya había publicado 154 notas o artículos y, en 1910, una obra sobre L’évolution de la mémoire [Galifret,1989]. Después y hasta el final de su carrera en 1952, Piéron seguirá publicando al mismo ritmo. Si bien sus primeros trabajos evidencian el eclecticismo de sus intereses, la esencia de su obra se refiere a la psicología animal y a la psicología fisiológica. Durante la Primera Guerra mundial, sin embargo, retoma la neuropsiquiatría: nombrado asistente en el Hospital de Montpellier, continúa sus investigaciones sobre los traumatismos cerebrales y los síndromes de guerra. Al comienzo de la Segunda Guerra mundial, asume la dirección del Servicio de psicofisiología y selección de la Aeronáutica en el aeródromo de Mérignac, y aprende a pilotear aviones para poder comprender las aptitudes que se necesitan en dicha actividad. La derrota interrumpe sus investigaciones en 1940 y lo obliga a regresar a París donde debe hacerse cargo de varios establecimientos científicos, que quedaron acéfalos con motivo de la ocupación alemana.

Luego de la Segunda Guerra mundial, retoma sus actividades previas a la guerra y publica dos obras de síntesis, La sensation guide de vie en 1945 y De l’actinie à l’homme, en 1958, pero debido tal vez al gran número de publicaciones y a la diversidad de sus trabajos, resulta difícil determinar, en definitiva, cual es su aporte científico original a la psicología. En su autobiografía, él mismo expresa: “Con respecto a mi obra, entiendo que en los campos donde trabajé, logré descubrir una gran cantidad de leyes, aporté datos bien concretos, sin concretar ninguno de esos descubrimientos brillantes que exigen a la vez, una imaginación de la que carezco y sin la cual el genio no existe y una perseverancia que mi exceso de curiosidad me impidió poner en práctica” [Piéron, 1951, p.29]. Sin embargo es cierto que, gracias a esas numerosas investigaciones y al poder institucional que tuvo, fundó la psicología experimental francesa y la ubicó entre las ciencias biológicas. Gracias a él, la psicología no debe considerarse heredera de la medicina como creía Ribot, sino de la física. Piéron sostiene que los trabajos de Hermann von Helmholtz (1821-1894) sobre la visión y la audición hacen de este sabio el verdadero fundador de la psicología experimental.

En 1907 es nombrado profesor titular en la Escuela de Altos Estudios y en su clase inaugural proclama que, en lo sucesivo, las investigaciones en psicología no deben referirse más a la conciencia sino al comportamiento de los organismos animales o humanos [Piéron, 1908]. Por esta razón, en la actualidad, algunos psicólogos franceses recuerdan constantemente que, antes del “manifiesto” conductista de Watson de 1912, Piéron ya había afirmado que el objeto de la psicología era el comportamiento. En 1916, en la Revue philosophique sigue suscribiendo a esa definición pero puntualiza que, “entre la acción y la reacción, hay procesos de elaboración complejos que la psicología intenta dilucidar, ése es su fin esencial. La psicología se integra de manera absoluta a las ciencias naturales” [Piéron, 1916, p.70]. De este modo, si bien es cierto que da una definición de la psicología en términos de ciencia natural, que puede parecer similar a la de Watson, rechaza las simplificaciones exageradas que llevan a reducir la reacción a un efecto de estímulo, en nombre de una complejidad de lo viviente.

Piéron no fue sólo un científico particularmente productivo. Fue más que nada el incansable artesano de la institucionalización y de la profesionalización de la psicología en Francia.

En 1912, es llamado a suceder a Alfred Binet en la dirección del laboratorio de psicología fisiológica de la Sorbona y de la revista L’Année psychologique, a pesar de que Pierre Janet y Théodore Simon, entre otros, se habían postulado para dicho puesto y que Toulouse reclamaba la anexión del laboratorio de Binet al suyo.

En 1920, aprovechando una ley que autorizaba a las universidades a crear en su seno institutos autónomos, Piéron funda, en la Sorbona, el Instituto de psicología, que abre sus puertas al año siguiente. Dicho Instituto tiene por vocación formar los primeros psicólogos practicantes. No cuenta ni con espacios ni con fondos propios, se trata de un reagrupamiento administrativo de formación teórica y de laboratorios que ya funcionan en distintos lugares. Sus comienzos son modestos. La preparación dura un año y ofrece tres diplomas (psicología, pedagogía, psicología aplicada). El primer año recibe a 44 alumnos en su mayoría extranjeros, entre los cuales figura el nombre de Jean Piaget. Al finalizar ese año, sólo 7 estudiantes se presentan a los exámenes y 6 son aprobados. Al público en un principio casi exclusivamente masculino, se va incorporando la presencia femenina y esta tendencia se acentúa, por razones obvias, durante la guerra. Terminada ésta, frente a la explosión del alumnado vinculada a la creación de la Licenciatura de Psicología en la Sorbona (cf. Cap. 8, parágrafo “La profesionalización y la creación de la licenciatura : uno o más oficios psicológicos?”) se contabilizan 759 estudiantes en 1950- , la escolaridad se prolonga a dos años y se ofrecen nuevos diplomas (psicología patológica y psicología social). Si bien la vocación del Instituto había sido la de crear una formación pluridisciplinaria y abierta a las aplicaciones, parecería que hasta 1960 sólo haya sido un lugar de difusión del saber más bien académico.

En 1923, Piéron obtiene en el Collège de France, una cátedra de Fisiología de las sensaciones y en 1925, y, valiéndose de su cargo de administrador del sector de ciencias naturales de la Escuela de Altos Estudios, logra que adjudiquen a Henri Wallon (1879-1962) un laboratorio de psicología del niño. Por último, en 1928, contribuye a la fundación del Instituto Nacional de Orientación Profesional (INOP) del cual asume la dirección. Y éstas son algunas de sus actuaciones más notables. Fue también presidente de numerosas sociedades científicas, francesas o internacionales y, de 1949 a 1959, dirigió la publicación de los siete tomos del primer tratado francés de psicología aplicada.

Piéron proclama con frecuencia una concepción de la psicología científica que parece muy sintetizadora, pero en otros textos se muestra conciente de que su enfoque no puede tener en cuenta todas las conductas y actividades humanas. Por su infatigable actividad científica e institucional, “encarna el modelo de científico republicano [...] que coloca las conquistas de la ciencia al servicio de los ideales de la república” [Ohayon, 1999a, p.36].

Por último, desde el principio de su carrera, Piéron se propone conservar todos los documentos que acreditan su papel en la historia internacional de la psicología. Legará a sus sucesores un enorme caudal de archivos así como también una autobiografía. También se preocupó por inscribir a la psicología francesa en una historia. A tal fin en 1939, en el Collège de France, organiza la celebración del centenario del nacimiento de Ribot, que coincide con el cincuentenario de la fundación del laboratorio de la Sorbona y de la defensa de la tesis de Pierre Janet, L’Automatisme psychologique. Por lo tanto asume también la función de transmisor histórico y de creador de historia de la memoria.

 

Paul Guillaume, una psicofilosofía científica

 

Condiscípulo de Piéron en la Sorbona, Paul Guillaume (1878-1962) obtiene la agregatura en filosofía en 1902. Se desempeñará como profesor de enseñanza secundaria hasta 1937. Después de muchos años en un colegio secundario de Argel, es trasladado a París, en 1923. En ese momento conoce a Ignacio Meyerson, con quien colaborará hasta el fin de su carrera. Ambos dirigirán el Journal de psychologie normale et pathologique, desde 1938 hasta el fallecimiento de Guillaume.

Guillaume es el pionero de la Teoría de la Gestalt en Francia (cf. Cap. 4, parágrafo “El contexto internacional en psicología. Nuevas teorías”) y toda su obra, así como también el conjunto de sus investigaciones experimentales, llevan el sello de esa orientación teórica antielementarista, que coloca la forma, o estructura, en la base de los hechos psíquicos: no son las sensaciones elementales las que constituyen los datos primeros del psicólogo –como afirma una larga tradición asociacionista- sino las unidades orgánicas constituidas por las formas. Futuro traductor de Köhler, desde 1923 Guillaume difunde, en Francia, los trabajos que éste realiza con los monos y en 1937, escribirá La psychologie de la forme, obra que sigue siendo un referente.

En 1925, defiende su tesis L’Imitation chez l’enfant. En dicha obra Guillaume desmiente una concepción puramente mecánica de la imitación. Demuestra que ésta es esencialmente una conducta humana, que no es ni espontánea, ni inmediata, ni pasiva, ni automática. No se la puede catalogar de instintiva, necesita un aprendizaje y exige esfuerzo. La imitación juega un papel fundamental en la educación y gracias a ella, lo social se inscribe en el desarrollo del niño.

En 1927, Albert Calmette, por entonces director del instituto Pasteur, propone a Georges Dumas poner los monos del instituto a disposición de un investigador en psicología [Meyerson, 1962]. Meyerson y Guillaume llevan a cabo allí las famosas experiencias sobre los comportamientos inteligentes de los monos, que implican una adaptación que hay que distinguir de la adaptación instintiva, por un lado y del aprendizaje por ensayo y error, por otro. En ese sentido, estudian las conductas de rodeo y el manejo de instrumentos en algunos monos, y demuestran que un mono inteligente es susceptible de generalización: no aprende a resolver un problema en una sola situación, sino que es capaz de adquirir y de aplicar un principio (rodeo o manejo de un instrumento) en situaciones variadas.

También desde la filosofía gestáltica, en su Introduction à la psychologie de 1942, Guillaume desarrolla una reflexión epistemológica sobre la situación de la psicología en el campo de las disciplinas científicas. En virtud del principio monista de isomorfismo formulado por los gestálticos, que señala que las formas responden a las mismas leyes en el mundo físico, en el mundo fisiológico y en el mundo psicológico, Guillaume considera que no existe diferencia de naturaleza entre las ciencias de la materia y las del espíritu, y que la psicología se ha vuelto una ciencia al cumplir, más tardíamente ya que su objeto es más complejo, las mismas etapas de desarrollo que la física.

En 1931, en colaboración con Georges-Henri Luquet (1876-1955), alumno de Bergson reconocido entre los psicólogos por sus estudios sobre el dibujo infantil, había publicado un manual destinado a las clases de filosofía y al último año del bachillerato. En 1943, el tomo Psicología de dicho manual, redactado por Guillaume, se convierte en el famoso “Manual de Psicología”, reeditado catorce veces hasta 1974 y leído durante casi cuarenta años por generaciones de estudiantes de psicología.

En 1937, a menos de diez años de su retiro, Guillaume llega, por fin, a dictar clase en la Sorbona. Ocupa la cátedra de psicología experimental en 1941 e inaugura los trabajos prácticos en la Facultad de Letras donde tendrá un papel fundamental, al introducir la Licenciatura Nacional de Psicología, en 1947. Sin embargo, aun teniendo en cuenta su corta carrera en la enseñanza superior, parecería que Guillaume fue poco atraído por el poder institucional. A pesar de sus investigaciones experimentales, es ante todo un filósofo y perpetúa cierta tradición de psicología filosófica a la francesa. Más bien de carácter discreto y reservado, de acuerdo a las notas necrológicas que le dedicaron, Guillaume constituye una figura no tanto marginal, sino sobre todo voluntariamente distanciada de la psicología francesa.

En el período entre las dos guerras, Piéron y Guillaume reivindican una psicología más científica. El primero edifica su obra entre la psicología y la fisiología y representa una versión francesa del conductismo pero, más que nada, una figura instauradora, con el tiempo convertida en figura tutelar de la psicología científica francesa. El segundo se presenta como un filósofo que aspira también a ser considerado un psicólogo experimental. Pese a su breve carrera universitaria, sus trabajos sobre la psicología animal, la imitación en el niño y la psicología de la forma se han convertido en clásicos.

A través de estas figuras diferentes se bosquejan dos posibles destinos para una psicología científica francesa. El modelo de Piéron es el que se impone.

 

Entre Ginebra y París, la edad de oro de la psicología del niño

 

En 1900, la feminista sueca Ellen Key escribe una obra titulada Le siècle de l’enfant.

El psicólogo ginebrino Edouard Claparède (1873-1940) recoge el guante y afirma: “El siglo que se inicia será el del niño”. La primera mitad del siglo XX y, de manera muy especial, los años 20 y 30 verán cumplirse esta profecía.

El evolucionismo desempeñará un papel fundamental en los orígenes de la psicología del niño [Ottavi, 2001]. En efecto, los primeros psicólogos se apropian de la ley de recapitulación atribuida al biólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919), según la cual cada etapa del desarrollo individual corresponde a una etapa del desarrollo de la especie, de ahí la famosa fórmula: “La ontogénesis recorre la filogénesis”. Todos los psicólogos del niño retoman, explícita o implícitamente, postulados evolucionistas, pero las razones que los orientan hacia ese estudio son de tres órdenes. Los primeros se refieren más bien al niño en sí mismo. Se hallan en el origen de lo que se llamará psicología genética, donde se destacan de manera especial James Baldwin, también Arnold Gesell en Estados Unidos, así como Henri Wallon en Francia. Los segundos obedecen a un proyecto de investigación muy determinado, formulado en el seno de un marco conceptual concreto pero que no tiene al niño como objeto principal. Es el caso, por ejemplo, de Jean Piaget y de Freud. Piaget, a través del niño, busca construir una teoría del conocimiento, verificando la hipótesis de una continua evolución de las formas sensoriomotrices a las formas lógicas del pensamiento. En cuanto a Freud, llega al estudio de la infancia para comprender y explicar ciertos síntomas neuróticos encontrados en el adulto. Por último, están los militantes que se podrían agrupar bajo el término vago de “educadores nuevos”. A la representación del niño como un adulto en miniatura, con el sello de la carencia y la imperfección, oponen una imagen moderna e individualista, atribuida a Jean Jacques Rousseau en El Emilio. Su idealización de la infancia como edad de oro se asocia a una desconfianza respecto de la sociedad de los adultos, en particular padres y maestros, y a un rechazo de la educación tradicional, autoritaria y represiva. Existiría un antagonismo entre las necesidades del niño y las exigencias del medio ambiente, que los defensores del movimiento de la Escuela Nueva tratarán de evitar. Esta corriente encuentra su más típica encarnación en el instituto Jean Jacques Rousseau, en Ginebra.

 

El Instituto Jean Jacques Rousseau : de la educación a la psicología del niño

 

Fundado en 1912 por el médico y psicólogo Edouard Claparède y el profesor de filosofía y pedagogo Pierre Bovet, esta institución se pone como objetivo reformar la pedagogía para cambiar la escuela. Para eso, debe asociarse a la joven psicología, cuyo estatuto científico comienza a afirmarse: “Sólo un fundamento rigurosamente científico y psicológico dará a la pedagogía la autoridad que le resulta indispensable para conquistar opiniones y motivar la adhesión a las reformas deseadas” [Claparède, 1912, p.19]. El Instituto debe también contribuir a la evolución de la formación de los docentes, considerada insatisfactoria. Tiene, así, una doble vocación: epistemológica y social. Su nombre, “Instituto de Ciencias de la Educación” es significativo, mucho más que el patrocinio de Jean Jacques Rousseau: no hay una, sino más de una ciencias de la educación, de las cuales ocupa la primera línea, la psicología experimental, así como también la psicotécnica, la pedagogía, la paidología o ciencia del niño y el psicoanálisis.

El instituto cuenta desde 1913 con una escuela de aplicación, la “Casa de los pequeños”, con un consultorio médico-pedagógico y, desde 1918, con un centro de orientación profesional. Dispone también de un laboratorio de psicología, el de Claparède en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Ginebra.

En 1921, el joven Jean Piaget es contratado, por Bovet, como jefe de trabajos prácticos. Bajo su influencia, la psicología comienza poco a poco a separarse de la pedagogía, en favor de un enfoque experimental y epistemológico. Esta tendencia se acentúa al cabo de los años 20 y 30, con la incorporación de Léon Walter, Richard Meili y André Rey, y consagra de hecho, la hegemonía de los psicólogos sobre los pedagogos. A partir de 1933, Piaget toma la dirección del Instituto en reemplazo de los viejos maestros Bovet y Claparède. Según Charles Baudouin, se trata de una verdadera “revolución de palacio” [Baudouin, 1933]. El instituto pierde por otra parte, su carácter privado y queda parcialmente anexado a la Facultad de Letras de Ginebra.

La influencia de Piaget en las orientaciones científicas del Instituto es muy evidente. Sus trabajos sobre el desarrollo de la inteligencia en el niño relegan a segundo plano las problemáticas escolares que habían estado en el origen de su creación, así como también las investigaciones en psicología aplicada a la orientación profesional. En Ginebra, la psicología del niño pasa así, en dos decenios, del status de ciencia naciente, basando su legitimidad en la educación, al de una disciplina que trata sus propios objetos científicos [Hofstetter y Schneuwly, 2002].

 

Jean Piaget : de la psicología del niño a la epistemología genética

 

Jean Piaget (1896-1980) ha sido considerado, dentro y fuera de las fronteras de la francofonía, como uno de los mayores pensadores del siglo XX. Terminados sus estudios de ciencias naturales, se orienta hacia la filosofía, con inquietudes metafísicas y sociales; quiere reconciliar la ciencia con la fe, el cristianismo con el socialismo [Vidal, 1994]. Sus primeros intereses científicos lo conducen hacia el psicoanálisis. En 1918 en Zurich, con Sabina Spielrein, sigue un breve psicoanálisis, según sus propias palabras. En 1920, en la Sociedad Alfred Binet de París, da una conferencia sobre el movimiento psicoanalítico y, en 1922, en Berlín, en presencia de Freud, una conferencia sobre el pensamiento del niño. Piaget, por otra parte, no ha renegado nunca de sus amores de juventud: permaneció como miembro de la Sociedad psicoanalítica de Ginebra hasta su muerte y buscó siempre el diálogo con los psicoanalistas. En 1933, durante la VII Conferencia de Psicoanalistas de Lengua Francesa, en París, el tema elegido es “Psicología genética y psicoanálisis” y todo gira alrededor de las investigaciones de Piaget.

Llega a ser jefe de trabajos prácticos en el Instituto Jean-Jacques-Rousseau y recién entonces comienza a publicar las obras que van a otorgarle notoriedad: Le langage et la pensée chez l’enfant, en 1923; Le jugement et le raisonnement chez l’enfant, en 1924; La Représentation du monde chez l’enfant, en 1926; La Causalité physique chez l’enfant, en 1927; Le jugement moral chez l’enfant, en 1932 y La Naissance de l’intelligence chez l’enfant, en 1936. No se puede pasar por alto la extraordinaria fecundidad de este periodo. Los niños del Instituto se convierten en sujetos experimentales para Piaget, quien además observa también a sus propios hijos. Perfecciona un método clínico original de entrevista, la interrogación crítica, para comprender la génesis de la lógica infantil. A través del espejo del niño, Piaget trata de sacar a la luz el proceso de construcción del pensamiento y de adquisición de los conocimientos. Sus diferentes investigaciones van diseñando una especie de “embriología de la razón”, que se construye poco a poco siguiendo sus propias leyes y que evoluciona, pasando por diferentes estadios, hasta alcanzar el nivel del adulto.

 Las principales críticas que se efectúan a Piaget, apuntan al hecho de que haya ignorado el papel de la afectividad y de los factores sociales en el desarrollo psíquico del niño. En efecto, salvo en El juicio moral en el niño, donde insiste en el papel capital de la interacción social y de la cooperación en el surgimiento de la conciencia moral, de la inteligencia y de la personalidad, el sujeto piagetiano está siempre solo. El psicólogo lo observa, construyendo estructuras cognitivas, en pugna con los objetos materiales más que con el mundo humano. Piaget responderá a esas críticas, por ejemplo en el “Que sais-je?” sobre la psicología del niño, que escribe en 1966 con Barbel Inhelder [Piaget e Inhelder, 1966]. Define allí sus investigaciones en términos de “epistemología genética”. Con esta expresión, designa un nuevo campo de investigación que identifica la historia y la génesis del psiquismo con las del conocimiento. Esta dimensión lo diferencia claramente de alguien que, en ese momento en Francia, despliega su obra de psicólogo del niño: Henri Wallon.

 

Henri Wallon: el niño, ser social

 

De todos los médicos filósofos que se convirtieron en psicólogos (Janet, Dumas, Blondel), Henri Wallon es sin duda el más médico, es decir el que asignó mayor importancia al cuerpo como sustrato de la vida psíquica. A partir de su tesis de Doctorado en Letras, L’enfant turbulent, en 1925, hasta sus últimos artículos, sigue sosteniendo la misma tesis: el niño ingresa a la vida psíquica por la emoción, ella es la que inserta al individuo en la vida social, preludio de la representación y el lenguaje. Discípulo de Rauh en filosofía y del neurólogo Nageotte en medicina, elabora su perspectiva de psicología genética a partir de la observación de los heridos de la Primera Guerra mundial. La constatación de perturbaciones durables y profundas debidas únicamente a la emoción, sin ninguna lesión del sistema nervioso, lo conduce a superar la concepción estrictamente psicológica de la emoción y a formular la idea según la cual los factores biológicos y psicosociales están indisociablemente ligados en toda conducta humana, aun en la más arcaica.

Lo esencial de las observaciones de Wallon se desarrolla en el laboratorio de psicología del niño que funda en 1922, en una escuela pública de Boulogne-Billancourt, siguiendo así el ejemplo de Binet, para observar al niño en uno de sus ámbitos sociales. En el transcurso de los años 30, varios colaboradores se acercan a él, de los que serán importantes en psicología del niño: René Zazzo, Hélène Gratito-Alphandéry, Maurice Prudhommeau e Irene Lézine. También organiza y dirige el consultorio médico-pedagógico del servicio de niños anormales del Instituto Marie-Lannelongue, en Boulogne, de 1928 a 1939. Allí reúne el material para sus obras más importantes: Les Origines du caractère chez l’enfant [1934] y De l’acte à la pensée [1942].

Estudiando niños normales y anormales -su tesis se titula Les retards et les anomalies du développement moteur et mental-, establece una relación vital y fundamental de acción recíproca entre el niño y el medio social. Para Wallon, la sociabilidad no se adquiere, es innata, de carácter biológico y halla su primera manifestación en la emoción, que está en el origen de la conciencia de sí y de la experiencia del otro. En la década del 30, las hipótesis de Wallon están muy cerca de las que, por entonces, desarrolla Janet (cf. Cap. 6, parágrafo “Perennidad y cuestionamiento del modelo patológico”). En Les Origines du caractère chez l’enfant, define la emoción como el primer lenguaje, la primera forma de sociabilidad que, en forma sucesiva, perturba, desadapta y organiza preparándose para relaciones nuevas. Tiene también un carácter expresivo y relacional que destaca en el texto reproducido en el recuadro p.154-155.

Esta afirmación basada en la dimensión social de la vida psíquica marca la principal diferencia entre Wallon y Piaget, para quien, como lo hemos visto, la inteligencia se nutre en lo sensoriomotriz y en la relación con el mundo de los objetos, la afectividad no crea nada en el registro intelectual.

A pesar de la controversia que enfrenta a Wallon con Piaget en los años 30, los puntos en común son numerosos. Ambos quieren reformar la educación, ambos son militantes de la Escuela Nueva y piensan que la pedagogía se debe constituir sobre la psicología del niño. La evolución del niño, tanto de su inteligencia como de su afectividad, no se concibe como un acrecentamiento: ambos postulan la existencia de estadios, es decir de cambios cualitativos que implican pasajes, incluso rupturas para Wallon. De la inteligencia sensorio-motriz al pensamiento lógico, del acto al pensamiento, se va desplegando una historia hecha de reorganizaciones y de emergencias. Ambos tratan de explicar esta historia en la permanencia de sus condiciones, así como en la novedad de sus momentos. Pero mientras que para Piaget la sucesión de los estadios es contínua, para Wallon, entre esos diferentes momentos, se produce una crisis, el crecimiento va siendo marcado por conflictos, como si el niño tuviera necesidad de elegir entre las conductas anteriores y las nuevas. Para ambos, una vez superado el estadio, no se destruye nada de lo que se abandonó.

Podemos preguntarnos sobre el hecho de que los psicoanalistas se hayan interesado más por la obra de Piaget que por la de Wallon, siendo que éste da mucha más importancia a la afectividad que aquel. Varias explicaciones se pueden adelantar en cuanto al estilo de Wallon, a su personalidad, a sus compromisos políticos y a sus escritos teóricos: Wallon no resulta fácil ni agradable de leer. Aunque haya dedicado toda su obra a la sociabilidad, parecería haber estado, él mismo, desprovisto de ella. Sus compromisos marxistas lo llevaron algunas veces a posiciones bastante sectarias. Por último, el propio contenido de sus trabajos, la importancia que asignó al cuerpo, a la psicomotricidad, lo han mostrado a menudo como un organicista.

 

La expresión de las emociones y sus fines sociales

“No tener más testigo que uno mismo para sus propias emociones basta a menudo para hacerlas abortar. El niño que se cayó grita de dolor o de miedo sólo si sabe que lo oyen; en cambio si sabe que no lo escucha nadie, deja de llorar de inmediato. En soledad, la rabia se manifiesta poco y dura menos. Los sollozos crecen o vuelven a aparecer en cuanto se acercan personas sensibles, o sólo al pensar que saben o se enterarán de nuestra pena. La emoción necesita suscitar reacciones similares o recíprocas en el otro y, a la inversa, se contagia del otro con facilidad. Resulta difícil permanecer indiferente a sus manifestaciones, no asociarse a sus exteriorizaciones sean coincidentes o antagónicas. En la multitud, cuando más se borra en cada uno la noción de individualidad, las emociones estallan con mayor facilidad e intensidad.
Hay que pensar que ese carácter contagioso y colectivo de la emoción tuvo una importancia decisiva, tanto en su propia evolución como en la historia del hombre, para que se lo haya cultivado sistemáticamente, por medio de prácticas y ritos, que se observan aún en tribus primitivas. En las ceremonias, juegos y danzas que acompañan muchos actos de la vida pública o privada es fácil reconocer bajo formas y por medios cuidadosamente seleccionados, simulaciones tendientes a suscitar, en todos los participantes, una excitación y exteriorizaciones que responden a las distintas variedades de emociones. Lograr que, en las mismas circunstancias y a la misma señal, todos realicen al unísono, los mismos ritmos, los mismos gestos, las mismas actitudes, es evidentemente uniformizar, al mismo tiempo que desarrollar los efectos de la emoción : es lograr en todos identidad de reacción y comunión de sensibilidad. De esta manera, cada uno se siente unido a todos por el género de manifestaciones que lo revelan de inmediato a sí mismo. Pertenece al grupo por sus modificaciones más íntimas y personales, en lugar de sólo colocarse junto a otros individuos. Y el grupo, al encontrar su fuente en el organismo de cada uno, se vuelve él también algo orgánico y real. Así adquiere el poder de desempeñar su rol en la evolución del hombre.
Efectivamente, en la historia de las especies, vivir en grupo, más que una particularidad, es una etapa. Hasta allí, lo esencial de la actividad consiste en poseer los mejores automatismos para superar las situaciones que se presenten. Pero el grupo no es una mera reunión, se basa en la colaboración. Por no poder, al principio, asociar a los individuos en sus esfuerzos por la existencia, por el conocimiento del medio y las dificultades a resolver en común, debe encaminarlos juntos a la acción. Ahora bien, en ese estadio donde las situaciones superan aún las capacidades conceptuales de cada uno, la acción debe poder producirse por contagio y en un impulso común, por reflejo condicionado y por la simple señal de una circunstancia asociada anteriormente. Esas son justamente -como lo hemos visto- las características de la emoción, Así se explica su lugar en el comportamiento humano y el hecho de que tenga, con una organización funcional, sus centros de coordinación en el sistema nervioso. La emoción ha servido en esa forma de adaptación que consiste en la acción común. Ha sido de fundamental ayuda en la constitución del grupo. Pero a su vez, casi desde sus orígenes, fue marcada por el grupo. Aun perteneciendo al sistema de las reacciones más orgánicas, sus manifestaciones no dejaron de ser, muy pronto, organizadas por la acción del grupo sobre cada uno de sus miembros. Remontarse a las formas más primitivas de la emoción, es descubrirle su aspecto más ritual. Este aspecto resurge en la gente sin cultura y en los casos en que la emoción vuelve a su intemperancia anterior. Por eso está vinculada no sólo a la historia de la especie sino a la de las razas y los pueblos. Entre el hombre europeo, el de piel amarilla o el de piel negra, las diferencias de expresión emocional pueden ser tan marcadas, que el individuo todavía dominado por su propio tipo de emotividad es incapaz de superarlo, los de otro tipo pueden no inspirarle simpatía: incluso a menudo, provocarle un malestar que puede convertirse en fobia”.

[Wallon, 1934, Les Origines du caractère chez l’enfant, PUF, “Quadrige”, 5ª edición, 2002, p. 88-90].

   



 

Resulta paradójico que lo que torna difícil la confrontación entre Wallon y el psicoanálisis sea la proximidad mal conocida de ambas partes, entre sus hipótesis y las de Freud, en especial sobre la génesis de la conciencia del yo. Recién en 1936, cuando Jacques Lacan se valió de su obra para construir su famoso estadio del espejo, el psicólogo francés ganó un reconocimiento retrospectivo, en gran medida basado en un malentendido. En cuanto a Piaget, sus trabajos fueron considerados, por los psicoanalistas contemporáneos, más fecundos aún por situarse en un terreno distinto del suyo.

 

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