Historia
de la psicología en Francia. Siglos XIX-XX
Cap. 6. Psicologías
y psicólogos en el período entre las dos guerras
Jaqueline
Carroy
Annick Ohayon
Régine Plas
Fuente: Histoire de la psychologie en France. XIXe-XXe siècles, Paris, La Découverte,
2006, cap. 6, “Psychologie et psychologues dans l´entre-deux guerres”.
Traducción: Elizabeth Sowery Cartier. Trabajo final de Residencia en Traducción,
IES en Lenguas Vivas "Juan Ramón Fernández", Buenos Aires, bajo la
tutoría de la Prof. Nilda Veinticinque.
Psicologías y
psicólogos en el período entre las dos guerras
Entre las dos
guerras mundiales, la psicología constituye una especialidad académica que se
desarrolla en tres campos principales. Pierre Janet, Georges Dumas et Charles
Blondel perpetúan o ponen en tela de juicio el legado de Ribot. Henri Piéron y
Paul Guillaume desarrollan una psicología experimental alineada con los modelos
internacionales, representados en esa época por el conductismo y la psicología
de la forma. Por último, el niño se convierte en un objeto y una apuesta
epistemológica y política de suma importancia, tanto para Jean Piaget, en
Ginebra, como para Henri Wallon, en París.
En la posguerra,
Pierre Janet (1859-1947) sigue siendo el gran psicólogo francés. Sus cursos en
el Collège de France, donde desde 1902 es el sucesor de Ribot, atraen a
numeroso público. Como teórico y como psicoterapeuta, perpetúa la tradición de
la psicología patológica francesa pero se ve enfrentado al ascenso en potencia
del psicoanálisis, al mismo tiempo que se desarrollan otras concepciones de las
relaciones entre lo normal y lo patológico.
Janet y
la psicología de la conducta como alternativa al psicoanálisis
En 1919, Janet
publica los tres volúmenes de Les médications psychologiques, obra en la
que vuelca su gran experiencia por haber reunido ya más de 3.500 observaciones
al cabo de treinta años. Janet ha alcanzado renombre internacional como
terapeuta y trata, a menudo durante mucho tiempo, a numerosos pacientes que
vienen a la consulta o a los que atiende en clínicas privadas.
El tomo I se refiere a la historia de las
psicoterapias y, en ese sentido, constituye el primer libro de referencia y
bien documentado sobre los orígenes de la psicología francesa. En los dos
volúmenes siguientes, Janet pasa revista a las psicoterapias contemporáneas.
Ataca el psicoanálisis, tema al que apuntaba desde hacía tiempo [Janet, 1914].
Le critica la supuesta novedad y también su carácter sistemático y sectario (cf.
Cap. 4, parágrafo “El contexto internacional en psicología. Nuevas teorías”.)
No obstante, pese a esas críticas, se muestra más moderado de lo que era de
esperar, e incluso más adelante, llegará a asumir la defensa del psicoanálisis [Ohayon,
1999a]. Podrá considerarse efectivamente una suerte de “Freud francés”, por
tener pese a todo, cierto parecido con su colega vienés.
Y sus contemporáneos
-especialmente la mayoría de los primeros psicoanalistas franceses- le
devolverán esa imagen de “Freud francés”, que no será seriamente objetada hasta
después de su muerte.
En Les Médications psychologiques,
Janet efectúa, además, un balance de su propia práctica terapéutica a la que
presenta como ecléctica y diversificada. Propone apuntalar la medicación
psicológica con una dinámica y una energética psicológicas muy distintas de las
del psicoanálisis. El problema de la psicoterapia es, en efecto, el de la
“administración económica de las fuerzas de la mente”. El médico del futuro
“podrá hacer el balance y el presupuesto de una mente, como se hacen los de un
comercio” [1919, III, p. 469]. Janet vuelve a plantear concepciones ya
formuladas antes de la guerra a propósito de la histeria y la psicastenia.
Según Janet, es preciso diferenciar, entre fuerza y tensión psicológicas. La
primera corresponde a la cantidad de energía disponible y la segunda, a la
capacidad que tiene el sujeto de movilizar su energía en mayor o menor grado,
en función de una jerarquía evolucionista. Los trastornos psicológicos afectan
específicamente la fuerza o la tensión psicológicas. Janet intenta construir
una psicología patológica y terapéutica con la totalidad de las enfermedades
mentales, a partir de esa doble distinción. Sin embargo, no logrará concretar
ese proyecto, el que quedará definitivamente inconcluso. [Ellenberger, 1970].
En 1926, Janet
dedica casi todo el primer volumen de su obra De l’angoisse à l’extase
[1926-1928] a una mujer mística y en estado de éxtasis que había tenido
oportunidad de observar durante varios años en la Salpêtrière, a principios de
siglo. Madeleine, como la llamó, presentaba contracturas y estigmas similares a
las heridas de Cristo y estados de éxtasis que Janet pudo observar con
detenimiento en su laboratorio. Por otra parte, ella había escrito expresamente
para él, numerosos textos en los que describía sus estados místicos. De regreso
a su provincia natal y considerada curada, seguramente gracias a los cuidados
de un nuevo director espiritual, siguió manteniendo correspondencia con Janet a
quien consideraba un director laico [Maître, 1993], hasta su muerte acaecida en
1918. Al poner de relieve este caso, Janet reaviva el interés por los
“psiquismos extraordinarios” que había caracterizado el inicio de sus
investigaciones, y de manera más general, toda la psicología del siglo
anterior.
El caso de Madeleine
le brinda la oportunidad de desarrollar en el segundo volumen de la obra,
publicado en 1928, un cuadro evolucionista de los sentimientos identificados
con las regulaciones de la acción. Janet traza el primer bosquejo de un amplio
sistema psicológico que elaborará luego a lo largo de sus numerosas
publicaciones y durante sus cursos en el Collège de France. No obstante, nunca
llegará a hacer la síntesis. Sólo presenta los principios y las grandes líneas
en un breve artículo publicado en el tomo VIII de la Encyclopédie française
[Janet, 1938]. La psicología de la conducta definida allí, se basa en la
hipótesis unificadora de que todos los hechos psicológicos son acciones y que,
en los tratados de psicología, no hay por qué seguir diferenciando la acción
del pensamiento. El propio hecho de conciencia se traduce en acción a través
del lenguaje. Esta psicología de la conducta incorpora, así, el estudio de la
conciencia a la psicología del comportamiento, que él considera insuficiente
para estudiar al hombre. Se basa en la noción de tendencia, definida como una
“disposición del organismo vivo a efectuar una acción determinada”. Las
tendencias se clasifican y ordenan jerárquicamente, desde las más arcaicas y
automáticas hasta las más recientes, por ser estas últimas las más frágiles, es
decir, las que durante la enfermedad mental desaparecen en primer término.
Vemos aquí que Janet retoma a su modo, el modelo evolucionista aplicado por
Ribot a las enfermedades de la memoria y lo amplía a la totalidad de las
tendencias. Se apoya, entonces, en la psicología patológica, pero también toma
como objetos de estudio al niño, al primitivo y al animal. En la base de las
conductas se hallan las tendencias comunes al hombre y al animal que van desde
las tendencias reflejas hasta las tendencias sociales. Luego siguen las
tendencias intelectuales elementales, que aparecen en el animal pero que sólo
en el hombre alcanzan su pleno desarrollo. En este grupo de tendencias se
encuentran, especialmente, el lenguaje y el pensamiento simbólico. Las
tendencias intermedias sostienen las creencias, que se basan en la palabra,
sustituto de la acción. Por último, las tendencias superiores son las
responsables de las conductas que el individuo adopta para acomodarse a las
leyes morales y a las reglas lógicas adoptadas por el grupo social a través del
tiempo, pero también, de las conductas individuales y originales que permiten
la evolución de la humanidad en el sentido del progreso.
Efectivamente, antes
de publicar la síntesis de 1938, Janet se interesó cada vez más por las
conductas sociales. Retomando el antiguo ejemplo de Irène (cf. Cap. 3,
parágrafo “El psicólogo francés encarnado: Pierre Janet”), una de sus pacientes
“amnésicas” que en sonambulismo revivía la muerte de su madre, Janet demuestra
que ella sólo recuerda de verdad a partir del momento en que, después del
tratamiento, se vuelve capaz de narrar esa escena traumática, que deja de ser
una reminiscencia repetida sin cesar. [Janet, 1928, p. 205-215]. La memoria se
convierte para Janet en una conducta social del relato. Aun sin mencionarlo,
Janet desarrolla una idea parecida a la del sociólogo Maurice Halbwachs en Les
cadres sociaux de la mémoire [1925]. En 1937, en ocasión del XI Congreso
Internacional de Psicología realizado en París, Janet pronuncia una conferencia
sobre las “conductas sociales”. Expone allí la naturaleza social de la
personalidad y formula la hipótesis de que la distinción entre uno mismo y el socius
no es, sin lugar a dudas, ni tan fundamental ni tan primitiva como se cree
en general, y que “ambas personalidades, la del sujeto y la del socius,
se construyen juntas de una manera confusa y [...] y presentan a la vez los
mismos progresos” [Janet, 1937a, p. 145].
¿Qué status asigna Janet a su sistema
psicológico? A veces toma cierta distancia con respecto a sus grandes relatos
evolucionistas. Por ejemplo, insiste en que “la ciencia necesita hoy [...]
sistemas incluso falsos para poner en orden las interpretaciones y para
posibilitar la discusión de su interpretación” [Janet, 1937b, p.468]. ¿Será una
forma de hacerse cargo de ciertas críticas? Porque si bien Janet sigue siendo
una autoridad, su psicología patológica resulta anticuada frente a las nuevas
concepciones que se desarrollan en los años 30, particularmente el
psicoanálisis y la fenomenología.
Georges Dumas, fiel
discípulo de Ribot
Si bien Janet es un
fiel exponente del método patológico evolucionista favorito de Ribot, su
psicología, en definitiva, se aparta de manera radical de la psicología
organicista de este último. No ocurre lo mismo con Georges Dumas (1866-1946)
quien durante toda su vida se considera hijo espiritual y heredero de Ribot, a
quien dedica todos sus libros.
Alumno de la Escuela
Normal Superior y agregado en filosofía en 1889, Dumas obtiene su título de
médico en 1894. En 1897, es nombrado en el hospital Sainte-Anne, jefe del
laboratorio de psicología de la clínica de enfermedades mentales de la Facultad
de Medicina de París, cargo que desempeñará hasta el fin de su carrera. En
1902, es elegido, en lugar de Alfred Binet, para ocupar el cargo docente de
psicología experimental en la Sorbona, que dejaba vacante Janet, al ser
nombrado sucesor de Ribot en el Collège de France. Y a partir de 1912, será el
titular de la cátedra. Una vez más junto a Janet, funda en 1901 la Société
française de psychologie y, en 1904, el Journal de psychologie normale
et pathologique.
Bajo la influencia
de Ribot, quien en ese mismo momento publicaba artículos y obras sobre la
psicología de la afectividad, Dumas orienta sus investigaciones hacia la
psicología de las emociones. Este será el tema de su tesis de medicina y de su
tesis de letras. Sus trabajos se ubican en la misma línea de su maestro, tanto
por el empleo del método patológico -Dumas estudia las emociones en enfermos
mentales- como por la importancia que otorga a la organogénesis en su
explicación.
La propia expresión
de las emociones, interpretada clásicamente como el reflejo de un estado
subjetivo, es considerada por Dumas como el resultado puramente mecánico del
movimiento de los músculos del rostro, los que por otra parte, asumen distintas
funciones orgánicas. Siguiendo los pasos de Guillaume Duchenne de Boulogne
(1806-1875), se preocupa por demostrar experimentalmente que la sonrisa –tema
al que dedica toda una obra en 1906– es provocada automáticamente por una
excitación eléctrica del nervio facial. Durante la Primera Guerra mundial,
Dumas trabajó como psiquiatra junto a los soldados que volvían del frente
padeciendo trastornos nerviosos y mentales, consecuencia de su desempeño en el
campo de batalla. Debió detectar a los simuladores y curar a los soldados
traumatizados, para devolverlos de inmediato al campo de batalla. A pesar del
empleo del discutible método terapéutico llamado “bombardeo”, que consistía en
la administración de “electroshocks” a los enfermos –método por otra parte,
practicado por todos los psiquiatras de la guerra-, Dumas, como perito
psiquiatra de los consejos de guerra que juzgaban a los soldados acusados de
deserción, parece haber evitado la muerte de varios de ellos alegando que
padecían estados de confusión de origen traumático [Dupouy, 2004]. Después de
la guerra, dedica varios trabajos a narrar su experiencia, particularmente una
obra en 1919 sobre los Troubles mentaux et troubles nerveux de guerre. En
muchos enfermos –según explica- esos trastornos son desatados por la guerra,
a partir de una predisposición constitutiva previa a su aparición.
Considera, entonces, que las psiconeurosis de guerra, como las enfermedades
mentales en general, con frecuencia reflejan un estado orgánico preexistente.
No descarta, sin embargo, que en algunos enfermos esos trastornos se deban a un
estado de confusión provocado por la guerra misma y no a alguna predisposición orgánica.
No obstante cree, como muchos psiquiatras de su época, que el traumatismo actúa
como un agente tóxico (como el alcohol o ciertas enfermedades infecciosas).
Vemos aquí que Dumas sigue privilegiando la organogénesis en detrimento de la
psicogénesis, tanto en la etiología de las enfermedades mentales, como en el
desencadenamiento de las emociones.
Dumas ha demostrado también un interés
constante por las personalidades mesiánicas y místicas. Es así como, luego de
un trabajo en su juventud sobre Tolstoi, en 1905 dedica una obra a la
personalidad de dos “mesías positivistas”, Saint-Simon y Auguste Comte, y en
1946 publica Le surnaturel et les dieux d’après les maladies mentales.
Estos trabajos contrastan con los precedentes, dado que en ellos Dumas habla más
como clínico que como psicólogo adepto al método experimental y se muestra
mucho menos organicista que en sus teorías sobre la emoción o la enfermedad
mental.
Desempeñó también un
papel fundamental en la difusión e institucionalización de la psicología. Fue
el verdadero artífice del primer tratado francés de psicología. Dicho tratado,
con prólogo de Ribot, estaba listo para ser publicado en 1914 cuando estalló la
guerra, por lo cual el primero de los dos tomos apareció recién en 1923,
exhibiendo en primera página una dedicatoria a la memoria de Ribot, fallecido
en 1916, con una cita en griego que significaba : “De ti provenimos”. Al Traité
de psychologie siguió el Nouveau traité de psychologie, en ocho
tomos, publicados entre 1930 y 1949. Ambos tratados, en mayor grado el
primero, se caracterizan por su extraordinaria heterogeneidad. No presentan
unidad alguna, ni teórica ni metodológica, y los desacuerdos entre los
autores son más frecuentes que sus puntos de convergencia. Dumas había
convocado a numerosos colaboradores, con ideas muy distintas de las suyas y
también divergentes entre sí en todos los aspectos. Lejos de ofrecer una
síntesis de los logros de la disciplina y de mostrar su unidad, estos tratados
ponen en evidencia su fragmentación y sus conflictos reales y potenciales.
Por último, Dumas
desempeñó un relevante papel institucional en América Latina, donde estuvo
dieciocho veces a partir de 1908. Fundó los primeros laboratorios de
psicología, principalmente en Brasil, el Instituto de la Universidad de París,
en Buenos Aires, el liceo francés de San Pablo, contribuyendo además a la
creación de la Universidad de esa ciudad. Asimismo fundó institutos culturales
en diversos países de América Latina.
Pese al gran número de
trabajos científicos reconocidos, a su importante actividad editorial y a su
papel institucional, Georges Dumas no alcanzó nunca la notoriedad de un Janet o
de un Binet, y en general, sólo es recordado al pasar por los historiadores de
la psicología francesa. Varias razones pueden invocarse al respecto. En primer
término, aparece como el hijo espiritual y el sucesor de Ribot y da la
impresión de no haber hecho más que perpetuar la obra de éste. Además, siendo
ardiente defensor del método patológico, a partir de 1914 asiste al cuestionamiento
que a dicho método realiza Charles Blondel.
Charles Blondel, la conciencia
mórbida y la psicología colectiva
Charles Blondel
(1876-1939) pasó a la posteridad fundamentalmente por haber publicado en 1924
una suerte de panfleto titulado “La psychanalyse”, que fue recibido de
manera favorable por muchos de sus contemporáneos pero que, en la actualidad,
puede considerarse poco inspirado (cf. Cap. 7, parágrafo “Introducción
del psicoanálisis en Francia : debates y controversias”). Esta escueta visión
hace olvidar el impacto que tuvo su obra en el período entre las dos guerras,
en particular, su tesis defendida en 1914 sobre la “conciencia mórbida” y la
concepción profundamente novedosa de la enfermedad mental que en ella
desarrolla.
Filósofo y médico
psiquiatra, Blondel lleva el sello de las dos corrientes dominantes en Francia
en las postrimerías del siglo XIX : la filosofía de Bergson y la sociología de
Durkheim, continuada por los trabajos de Lucien Lévy-Bruhl sobre la mentalidad
primitiva. La originalidad de Blondel radica en la aplicación constante de
ambas en psicopatología, aunque a través del tiempo la influencia de la
sociología se vuelve predominante sobre la de la filosofía. En el momento en
que los psiquiatras franceses se interesan cada vez más por el psicoanálisis y
la fenomenología para tratar de comprender el enigma de la enfermedad mental (cf.
Cap.7, parágrafo “Psicología, fenomenología y ciencias humanas”), Charles
Blondel instala, de esta manera, una nueva y polémica perspectiva al sugerirles
basarse en la sociología.
Interno en la
Salpêtrière en el servicio del profesor Deny, uno de los primeros en Francia en
recibir y difundir las ideas de Kraepelin, Blondel tiene ocasión de reunir allí
el material para su tesis de filosofía, que se hará famosa: La Conscience
morbide. Essai de psychopathologie générale [Blondel, 1919].
Tesis que defiende en 1914 ante un jurado prestigioso compuesto por
Lévy-Bruhl, Delbos, Picavet, Dumas, Lalande y Delacroix. Es muy notoria en este
trabajo la influencia de Léy-Bruhl. Coincidente con él, Blondel afirma que no
se puede seguir midiendo al primitivo con la misma vara que al civilizado, ni
al enfermo mental con la misma vara que al sano. Cada uno presenta una
estructura de pensamiento y una mentalidad específicas, que deben ser
entendidas según el método durkhemiano. Es conveniente evitar la “intropatía”
(en lenguaje actual “empatía”) y observar a los alienados desde “afuera” sin
olvidar, como por otra parte sostenía Durkheim, que se trata de una exigencia
de método y que al igual que los hechos sociales, los sujetos no son cosas.
Esta concepción
hace, también, tabla rasa del principio del método patológico que sostiene que
no hay diferencia de naturaleza entre lo normal y lo patológico. Blondel
formula la hipótesis inversa: la conciencia mórbida posee heterogeneidad,
especificidad y originalidad. Siguiendo a Durkheim, sostiene que lo esencial de
nuestra vida mental proviene de la sociedad. Ahora bien, el enfermo mental
sufre porque las palabras que emplea, los cuadros emocionales comprendidos y
admitidos por todos ya no corresponden a su experiencia íntima. Es como si
hubiera perdido la clave de todo lo que realiza la conciencia socializada: los
modos de pensar, de sentir y de actuar colectivos, que aseguran la comprensión
entre los hombres. El alienado se halla, entonces, retirado de la comunidad,
aislado, autista -acá Blondel retoma la concepción de Bleuler-, presa del
misterio y la angustia de lo desconocido. ¿Qué le queda, entonces, al individuo
cuando la conciencia social lo ha abandonado? “Psiquismo puro” -enuncia Blondel
siguiendo a Bergson, una conciencia que no es ni espacial, ni socializada, una
conciencia reducida a la cenestesia, es decir al conjunto de sensaciones
internas, puesto que el delirio no es otra cosa que el intento de dominar la
angustia engendrada por la extrañeza de los mensajes que vienen desde el
cuerpo.
El jurado recibió la
tesis de Blondel con admiración por su carácter brillante e innovador pero con
reservas, si nos atenemos al dictamen publicado en 1914 en La Revue de
métaphysique et de morale. Georges Dumas reprocha al postulante de
exagerar, por motivos de su argumentación, las contradicciones de la conciencia
mórbida, de exagerar también la coherencia de la conciencia normal y de insistir
demasiado en el aspecto sociológico de las emociones. Delacroix lo acusa de
presentar en forma incomprensible tanto el pasaje de lo psicológico a lo
social, como el de lo normal a lo patológico. De todas esas críticas, resulta
que Blondel, para apuntalar su tesis, rechaza lo subjetivo, endurece las
oposiciones entre individuo y sociedad, entre lo normal y lo patológico.
Blondel termina por admitir, frente a sus detractores, que existe una
continuidad de lo normal a lo anormal, pero que eso no impide poner el acento
sobre las diferencias. Georges Dumas evocará esos reparos en su Traité de
psychologie, lo que no impedirá, por otra parte, que solicite a su amigo
Blondel la redacción de los capítulos consagrados a la volición y a la
personalidad.
Once años después de
su tesis, en el Journal de psychologie normale et pathologique [1925],
Blondel retoma esas hipótesis en un artículo titulado “Psychologie pathologique
et sociologie”, que constituye a la vez un llamado a sus colegas
psiquiatras y una respuesta al artículo que Mauss publica en 1924 (cf. Cap.
7, parágrafo “La psicología y la sociología : ¿qué esperan los sociólogos de
los psicólogos?”) La pregunta ya no es “¿qué esperan los sociólogos de los
psicólogos?” sino “¿qué pueden esperar los médicos alienistas de la
sociología?” Blondel advierte seriamente sobre el riesgo de extender su teoría,
llevando a concebir la enfermedad mental como una regresión a la mentalidad
primitiva, prelógica, lo que parece creer Mauss siguiendo a otros psiquiatras y
al propio Freud. Si bien Lévy-Bruhl pudo demostrar que hay varias mentalidades
colectivas y que, por ejemplo, el pensamiento primitivo y el pensamiento
civilizado se diferencian en muchos puntos, ambos pensamientos son normales en
el seno de su propia cultura y, más que nada, son mentalidades colectivas. Nada
de eso ocurre con la conciencia mórbida que, según Blondel, es esencialmente
individual: las manifestaciones psicopáticas no constituyen nunca nada que
pueda parecerse a una mentalidad colectiva. Por ese hecho, resulta muy difícil
hacer con ella una ciencia, puesto que sólo hay ciencia de lo general; como
mucho podría hacerse su historia. Blondel enuncia aquí lo que para él determina
la imposibilidad de hacer una verdadera psicología patológica. El único
medio del que dispone el psiquiatra es finalmente recurrir a la nosografía, que
se ha esforzado en agrupar los caracteres comunes a ciertas patologías. Si bien
Lévy-Bruhl eligió como marco la clasificación de las sociedades, el psiquiatra
no tiene otro ámbito que el de la clasificación de las entidades mórbidas. Este
enorme desvío a través de la sociología conduce finalmente a Blondel, al penoso
regreso a una clínica médica reducida a la nosografía. Concluye recordando, de
acuerdo con Mauss, la “necesidad de una actitud nueva en psicología. No hay
prueba más contundente de la existencia de esa necesidad que el éxito del
psicoanálisis” [p.355]. Blondel tiene entonces un mínimo acuerdo con Freud
sobre la idea de que todo está por hacerse, pero una vez más recuerda en qué se
diferencia su método del de los freudianos. Blondel sólo intenta proporcionar
una explicación de los trastornos mórbidos que respete su carácter patológico,
su extrañeza, su originalidad y que no los haga desaparecer a fuerza de
interpretarlos.
En adelante, la
principal preocupación de Charles Blondel, se refiere a la vinculación entre lo
psicológico y lo social, apuntando así a la construcción de una psicología
colectiva. Publica un breve trabajo, Introduction à la psychologie
collective [1928], donde intenta establecer las bases de esa nueva
disciplina. El estudio de los procesos psíquicos y de sus lazos con la vida
colectiva ha sido abordado, desde fines del siglo anterior, por muchos
investigadores, bajo muchas denominaciones: interpsicología, psicología social,
etc. Pero el proyecto de Blondel es más ambicioso. Lejos de ser sólo una rama
de la psicología, la psicología colectiva debe constituir “su centro y su nudo”
[Blondel, 1928, p.5]. Como lo ha demostrado Durkheim, lo social no está condicionado
por lo psicológico, sino a la inversa. Lo social está, por lo tanto, en el
centro de todos los hechos mentales: del pensamiento, de la memoria, y sobre
todo, de la vida afectiva. Gran parte de este opúsculo, por otra parte, está
dedicada a la dimensión social de los sentimientos, de las emociones, de las
voliciones. Este libro marcará profundamente a Lucien Febvre, quien lo cita a
menudo, e inspirará buena parte de las reflexiones del historiador sobre la
vida afectiva.
Blondel permaneció muchos años como profesor
en Estrasburgo, donde fue colega y amigo de los historiadores Marc Bloch y
Lucien Febvre, y recién en 1937, fue designado profesor de psicología en la
Sorbona. No fue precisamente por haber sido contrario al psicoanálisis que su
carrera universitaria se vio truncada, sino tal vez, por haber sido un
psicólogo demasiado cercano a los sociólogos y propenso a cederles un
territorio demasiado vasto. En su Psychologie collective, el autor
propone, por ejemplo, esta jerarquización de las disciplinas inspirada según su
interpretación de Auguste Comte: “Las ciencias que se ocupan de la mente
humana, de sus manifestaciones, de sus causas y efectos deben clasificarse en
el siguiente orden: psicofisiología, psicología colectiva, psicología
individual” [ibíd., p.11]. Por último, Blondel ha sido reconocido por
los sociólogos y los historiadores, tanto o más que por los psicólogos. Se vio
enfrentado en todos los casos a la posición dominante de la psicología
patológica, representada por Pierre Janet y Georges Dumas. Así se explica que,
cuando promediando los años 30, se constituyó una efímera Sociedad de
psicología colectiva, la presidencia recayera en Janet y no en él.
Antes de la Primera
Guerra mundial, la psicología de laboratorio dedicada a la investigación
fundamental no se había desarrollado en Francia, excepto en Rennes, en el
laboratorio de Benjamín Bourdon. Dos filósofos que no son médicos, Henri Piéron
y Paul Guillaume, inauguran realmente una tradición francesa en la materia.
Henri Piéron, un
incansable artesano al servicio de la psicología científica
Henri Piéron
(1881-1964), a quien hemos encontrado varias veces durante nuestro recorrido,
imprime su sello a la psicología científica francesa, durante un reinado de
cuarenta años. Proveniente de una familia de universitarios -su padre era
egresado de la Escuela Normal Superior y agregado en Matemáticas- finaliza sus
estudios secundarios en el momento en que Francia se halla profundamente
dividida por el caso Dreyfus. El joven Piéron toma partido decididamente por
Dreyfus, mientras que su padre se enrola en el bando opuesto. En 1898, inicia
sus estudios de filosofía sin proponerse seriamente ingresar a la Escuela
Normal Superior. Ya muy atraído por la psicología, sigue los cursos de Ribot en
el Collège de France y los de Pierre Janet en la Sorbona. Con su diploma en el
bolsillo, prepara la agregatura, al mismo tiempo que oficia de secretario de
Janet, en su laboratorio de la Salpêtrière y aborda la investigación
experimental en el laboratorio de Binet, pese al recibimiento poco “alentador”
que este último le había brindado [Piéron, 1951, p.12]. Frecuenta también el
laboratorio del zoólogo Alfred Giard (1846-1908), obtiene la licenciatura en
Ciencias naturales y emprende la carrera de Medicina, que no concluirá. Sus
convicciones positivistas desagradan a uno de los miembros del jurado de la
Agregatura de filosofía, por lo cual no la obtendrá hasta 1903, después de dos
frustrados intentos y gracias al apoyo de Lucien Lévy-Bruhl [Piéron, 1951]. Es
nombrado profesor en el colegio de Saint-Germain-en-Laye, cargo que abandona al
año siguiente por el de secretario general de la Revue scientífique,
dirigida entonces por Edouard Toulouse.
Efectivamente,
alrededor de 1901, había abandonado la Sorbona y a Binet por el laboratorio de
psicología experimental que Edouard Toulouse había creado en el asilo de
Villejuif. Allí se inicia en la psiquiatría y allí vuelve a encontrarse con
Nicolas Vaschide (1874-1907), a quien había conocido en casa de Janet. Este
joven psicólogo rumano había sido llevado a Francia, al laboratorio de la
Sorbona, por Binet, a quien había conocido en Bucarest en ocasión de una serie
de conferencias dadas en la Universidad de esa ciudad en 1895. La colaboración
de Binet y de Vaschide dará lugar a numerosos artículos, publicados entre 1897
y 1898 en L’année psychologique, hasta que una desavenencia entre ambos
hará regresar a Vaschide donde Janet, para ocupar el cargo de jefe del
laboratorio de Toulouse. La muerte prematura de Vaschide a la edad de 33 años,
interrumpe de manera inesperada una trayectoria que pudo haberlo llevado a
ocupar un lugar de privilegio en la historia de la psicología francesa. Junto a
Vaschide, Piéron publica, en 1901 y 1902, una serie de artículos sobre la
telepatía y los sueños premonitorios, así como también una obra titulada Psychologie
du rêve du point de vue médical, en la misma línea de los trabajos
realizados a fines del siglo XX por numerosos psicólogos, sobre lo que en la
actualidad llamaríamos fenómenos paranormales [Plas,2000a]. Si bien más tarde
Piéron se vio obligado a analizar distintos fenómenos considerados
extraordinarios, por ejemplo en 1922, en su laboratorio de la Sorbona, los
ectoplasmas producidos por la médium Eva Carrière, siempre llegó a la
conclusión de que podían explicarse por el fraude o la sugestión.
En 1904, con
Toulouse y Vaschide, publica Technique de psychologie experiméntale. En
ese momento, al abandonar definitivamente la filosofía, se orienta hacia la
fisiología y la psicología animales. En 1912 defiende la tesis Le problème
psychologique du sommeil. Para ese entonces ya había publicado 154 notas o
artículos y, en 1910, una obra sobre L’évolution de la mémoire [Galifret,1989].
Después y hasta el final de su carrera en 1952, Piéron seguirá publicando al
mismo ritmo. Si bien sus primeros trabajos evidencian el eclecticismo de sus
intereses, la esencia de su obra se refiere a la psicología animal y a la
psicología fisiológica. Durante la Primera Guerra mundial, sin embargo, retoma
la neuropsiquiatría: nombrado asistente en el Hospital de Montpellier, continúa
sus investigaciones sobre los traumatismos cerebrales y los síndromes de
guerra. Al comienzo de la Segunda Guerra mundial, asume la dirección del
Servicio de psicofisiología y selección de la Aeronáutica en el aeródromo de
Mérignac, y aprende a pilotear aviones para poder comprender las aptitudes que
se necesitan en dicha actividad. La derrota interrumpe sus investigaciones en
1940 y lo obliga a regresar a París donde debe hacerse cargo de varios
establecimientos científicos, que quedaron acéfalos con motivo de la ocupación
alemana.
Luego de la Segunda
Guerra mundial, retoma sus actividades previas a la guerra y publica dos obras
de síntesis, La sensation guide de vie en 1945 y De l’actinie à
l’homme, en 1958, pero debido tal vez al gran número de publicaciones y a
la diversidad de sus trabajos, resulta difícil determinar, en definitiva, cual
es su aporte científico original a la psicología. En su autobiografía, él mismo
expresa: “Con respecto a mi obra, entiendo que en los campos donde trabajé,
logré descubrir una gran cantidad de leyes, aporté datos bien concretos, sin
concretar ninguno de esos descubrimientos brillantes que exigen a la vez, una
imaginación de la que carezco y sin la cual el genio no existe y una
perseverancia que mi exceso de curiosidad me impidió poner en práctica”
[Piéron, 1951, p.29]. Sin embargo es cierto que, gracias a esas numerosas
investigaciones y al poder institucional que tuvo, fundó la psicología
experimental francesa y la ubicó entre las ciencias biológicas. Gracias a él,
la psicología no debe considerarse heredera de la medicina como creía Ribot,
sino de la física. Piéron sostiene que los trabajos de Hermann von Helmholtz
(1821-1894) sobre la visión y la audición hacen de este sabio el verdadero
fundador de la psicología experimental.
En 1907 es nombrado
profesor titular en la Escuela de Altos Estudios y en su clase inaugural
proclama que, en lo sucesivo, las investigaciones en psicología no deben
referirse más a la conciencia sino al comportamiento de los organismos animales
o humanos [Piéron, 1908]. Por esta razón, en la actualidad, algunos psicólogos
franceses recuerdan constantemente que, antes del “manifiesto” conductista de
Watson de 1912, Piéron ya había afirmado que el objeto de la psicología era el
comportamiento. En 1916, en la Revue philosophique sigue suscribiendo a
esa definición pero puntualiza que, “entre la acción y la reacción, hay
procesos de elaboración complejos que la psicología intenta dilucidar, ése es
su fin esencial. La psicología se integra de manera absoluta a las ciencias
naturales” [Piéron, 1916, p.70]. De este modo, si bien es cierto que da una
definición de la psicología en términos de ciencia natural, que puede parecer
similar a la de Watson, rechaza las simplificaciones exageradas que llevan a
reducir la reacción a un efecto de estímulo, en nombre de una complejidad de lo
viviente.
Piéron no fue sólo
un científico particularmente productivo. Fue más que nada el incansable
artesano de la institucionalización y de la profesionalización de la psicología
en Francia.
En 1912, es llamado
a suceder a Alfred Binet en la dirección del laboratorio de psicología
fisiológica de la Sorbona y de la revista L’Année psychologique, a pesar
de que Pierre Janet y Théodore Simon, entre otros, se habían postulado para
dicho puesto y que Toulouse reclamaba la anexión del laboratorio de Binet al
suyo.
En 1920,
aprovechando una ley que autorizaba a las universidades a crear en su seno
institutos autónomos, Piéron funda, en la Sorbona, el Instituto de psicología,
que abre sus puertas al año siguiente. Dicho Instituto tiene por vocación
formar los primeros psicólogos practicantes. No cuenta ni con espacios ni con
fondos propios, se trata de un reagrupamiento administrativo de formación
teórica y de laboratorios que ya funcionan en distintos lugares. Sus comienzos
son modestos. La preparación dura un año y ofrece tres diplomas (psicología, pedagogía,
psicología aplicada). El primer año recibe a 44 alumnos en su mayoría
extranjeros, entre los cuales figura el nombre de Jean Piaget. Al finalizar ese
año, sólo 7 estudiantes se presentan a los exámenes y 6 son aprobados. Al
público en un principio casi exclusivamente masculino, se va incorporando la
presencia femenina y esta tendencia se acentúa, por razones obvias, durante la
guerra. Terminada ésta, frente a la explosión del alumnado vinculada a la
creación de la Licenciatura de Psicología en la Sorbona (cf. Cap. 8,
parágrafo “La profesionalización y la creación de la licenciatura : uno o más
oficios psicológicos?”) se contabilizan 759 estudiantes en 1950- , la
escolaridad se prolonga a dos años y se ofrecen nuevos diplomas (psicología
patológica y psicología social). Si bien la vocación del Instituto había sido
la de crear una formación pluridisciplinaria y abierta a las aplicaciones,
parecería que hasta 1960 sólo haya sido un lugar de difusión del saber más bien
académico.
En 1923, Piéron obtiene en
el Collège de France, una cátedra de Fisiología de las sensaciones y en 1925,
y, valiéndose de su cargo de administrador del sector de ciencias naturales de
la Escuela de Altos Estudios, logra que adjudiquen a Henri Wallon
(1879-1962) un laboratorio de psicología del niño. Por último, en 1928,
contribuye a la fundación del Instituto Nacional de Orientación Profesional
(INOP) del cual asume la dirección. Y éstas son algunas de sus actuaciones más
notables. Fue también presidente de numerosas sociedades científicas, francesas
o internacionales y, de 1949 a 1959, dirigió la publicación de los siete tomos
del primer tratado francés de psicología aplicada.
Piéron proclama con
frecuencia una concepción de la psicología científica que parece muy
sintetizadora, pero en otros textos se muestra conciente de que su enfoque no
puede tener en cuenta todas las conductas y actividades humanas. Por su
infatigable actividad científica e institucional, “encarna el modelo de
científico republicano [...] que coloca las conquistas de la ciencia al
servicio de los ideales de la república” [Ohayon, 1999a, p.36].
Por último, desde el
principio de su carrera, Piéron se propone conservar todos los documentos que
acreditan su papel en la historia internacional de la psicología. Legará a sus
sucesores un enorme caudal de archivos así como también una autobiografía.
También se preocupó por inscribir a la psicología francesa en una historia. A
tal fin en 1939, en el Collège de France, organiza la celebración del
centenario del nacimiento de Ribot, que coincide con el cincuentenario de la
fundación del laboratorio de la Sorbona y de la defensa de la tesis de Pierre
Janet, L’Automatisme psychologique. Por lo tanto asume también la
función de transmisor histórico y de creador de historia de la memoria.
Paul Guillaume, una
psicofilosofía científica
Condiscípulo de
Piéron en la Sorbona, Paul Guillaume (1878-1962) obtiene la agregatura en
filosofía en 1902. Se desempeñará como profesor de enseñanza secundaria hasta
1937. Después de muchos años en un colegio secundario de Argel, es trasladado a
París, en 1923. En ese momento conoce a Ignacio Meyerson, con quien colaborará
hasta el fin de su carrera. Ambos dirigirán el Journal de psychologie
normale et pathologique, desde 1938 hasta el fallecimiento de Guillaume.
Guillaume es el
pionero de la Teoría de la Gestalt en Francia (cf. Cap. 4, parágrafo “El
contexto internacional en psicología. Nuevas teorías”) y toda su obra, así como
también el conjunto de sus investigaciones experimentales, llevan el sello de
esa orientación teórica antielementarista, que coloca la forma, o estructura,
en la base de los hechos psíquicos: no son las sensaciones elementales las que
constituyen los datos primeros del psicólogo –como afirma una larga tradición
asociacionista- sino las unidades orgánicas constituidas por las formas. Futuro
traductor de Köhler, desde 1923 Guillaume difunde, en Francia, los trabajos que
éste realiza con los monos y en 1937, escribirá La psychologie de la forme,
obra que sigue siendo un referente.
En 1925, defiende su
tesis L’Imitation chez l’enfant. En dicha obra Guillaume desmiente una
concepción puramente mecánica de la imitación. Demuestra que ésta es
esencialmente una conducta humana, que no es ni espontánea, ni inmediata, ni
pasiva, ni automática. No se la puede catalogar de instintiva, necesita un
aprendizaje y exige esfuerzo. La imitación juega un papel fundamental en la
educación y gracias a ella, lo social se inscribe en el desarrollo del niño.
En 1927, Albert
Calmette, por entonces director del instituto Pasteur, propone a Georges Dumas
poner los monos del instituto a disposición de un investigador en psicología
[Meyerson, 1962]. Meyerson y Guillaume llevan a cabo allí las famosas
experiencias sobre los comportamientos inteligentes de los monos, que implican
una adaptación que hay que distinguir de la adaptación instintiva, por un lado
y del aprendizaje por ensayo y error, por otro. En ese sentido, estudian las
conductas de rodeo y el manejo de instrumentos en algunos monos, y demuestran que
un mono inteligente es susceptible de generalización: no aprende a resolver un
problema en una sola situación, sino que es capaz de adquirir y de aplicar un
principio (rodeo o manejo de un instrumento) en situaciones variadas.
También desde la
filosofía gestáltica, en su Introduction à la psychologie de 1942,
Guillaume desarrolla una reflexión epistemológica sobre la situación de la
psicología en el campo de las disciplinas científicas. En virtud del principio
monista de isomorfismo formulado por los gestálticos, que señala que las formas
responden a las mismas leyes en el mundo físico, en el mundo fisiológico y en
el mundo psicológico, Guillaume considera que no existe diferencia de
naturaleza entre las ciencias de la materia y las del espíritu, y que la
psicología se ha vuelto una ciencia al cumplir, más tardíamente ya que su
objeto es más complejo, las mismas etapas de desarrollo que la física.
En 1931, en
colaboración con Georges-Henri Luquet (1876-1955), alumno de Bergson reconocido
entre los psicólogos por sus estudios sobre el dibujo infantil, había publicado
un manual destinado a las clases de filosofía y al último año del bachillerato.
En 1943, el tomo Psicología de dicho manual, redactado por Guillaume, se
convierte en el famoso “Manual de Psicología”, reeditado catorce veces hasta
1974 y leído durante casi cuarenta años por generaciones de estudiantes de
psicología.
En 1937, a menos de
diez años de su retiro, Guillaume llega, por fin, a dictar clase en la Sorbona.
Ocupa la cátedra de psicología experimental en 1941 e inaugura los trabajos
prácticos en la Facultad de Letras donde tendrá un papel fundamental, al
introducir la Licenciatura Nacional de Psicología, en 1947. Sin embargo, aun
teniendo en cuenta su corta carrera en la enseñanza superior, parecería que
Guillaume fue poco atraído por el poder institucional. A pesar de sus
investigaciones experimentales, es ante todo un filósofo y perpetúa cierta
tradición de psicología filosófica a la francesa. Más bien de carácter discreto
y reservado, de acuerdo a las notas necrológicas que le dedicaron, Guillaume
constituye una figura no tanto marginal, sino sobre todo voluntariamente
distanciada de la psicología francesa.
En el período entre
las dos guerras, Piéron y Guillaume reivindican una psicología más científica.
El primero edifica su obra entre la psicología y la fisiología y representa una
versión francesa del conductismo pero, más que nada, una figura instauradora,
con el tiempo convertida en figura tutelar de la psicología científica
francesa. El segundo se presenta como un filósofo que aspira también a ser
considerado un psicólogo experimental. Pese a su breve carrera universitaria,
sus trabajos sobre la psicología animal, la imitación en el niño y la
psicología de la forma se han convertido en clásicos.
A través de estas
figuras diferentes se bosquejan dos posibles destinos para una psicología
científica francesa. El modelo de Piéron es el que se impone.
En 1900, la
feminista sueca Ellen Key escribe una obra titulada Le siècle de l’enfant.
El psicólogo
ginebrino Edouard Claparède (1873-1940) recoge el guante y afirma: “El siglo
que se inicia será el del niño”. La primera mitad del siglo XX y, de manera muy
especial, los años 20 y 30 verán cumplirse esta profecía.
El evolucionismo
desempeñará un papel fundamental en los orígenes de la psicología del niño
[Ottavi, 2001]. En efecto, los primeros psicólogos se apropian de la ley de
recapitulación atribuida al biólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919), según la
cual cada etapa del desarrollo individual corresponde a una etapa del
desarrollo de la especie, de ahí la famosa fórmula: “La ontogénesis recorre la
filogénesis”. Todos los psicólogos del niño retoman, explícita o
implícitamente, postulados evolucionistas, pero las razones que los orientan
hacia ese estudio son de tres órdenes. Los primeros se refieren más bien al
niño en sí mismo. Se hallan en el origen de lo que se llamará psicología
genética, donde se destacan de manera especial James Baldwin, también Arnold
Gesell en Estados Unidos, así como Henri Wallon en Francia. Los segundos
obedecen a un proyecto de investigación muy determinado, formulado en el seno
de un marco conceptual concreto pero que no tiene al niño como objeto principal.
Es el caso, por ejemplo, de Jean Piaget y de Freud. Piaget, a través del niño,
busca construir una teoría del conocimiento, verificando la hipótesis de una
continua evolución de las formas sensoriomotrices a las formas lógicas del
pensamiento. En cuanto a Freud, llega al estudio de la infancia para comprender
y explicar ciertos síntomas neuróticos encontrados en el adulto. Por último,
están los militantes que se podrían agrupar bajo el término vago de “educadores
nuevos”. A la representación del niño como un adulto en miniatura, con el sello
de la carencia y la imperfección, oponen una imagen moderna e individualista,
atribuida a Jean Jacques Rousseau en El Emilio. Su idealización de la infancia
como edad de oro se asocia a una desconfianza respecto de la sociedad de los
adultos, en particular padres y maestros, y a un rechazo de la educación
tradicional, autoritaria y represiva. Existiría un antagonismo entre las
necesidades del niño y las exigencias del medio ambiente, que los defensores
del movimiento de la Escuela Nueva tratarán de evitar. Esta corriente encuentra
su más típica encarnación en el instituto Jean Jacques Rousseau, en Ginebra.
El Instituto Jean
Jacques Rousseau : de la educación a la psicología del niño
Fundado en 1912 por
el médico y psicólogo Edouard Claparède y el profesor de filosofía y pedagogo
Pierre Bovet, esta institución se pone como objetivo reformar la pedagogía para
cambiar la escuela. Para eso, debe asociarse a la joven psicología, cuyo
estatuto científico comienza a afirmarse: “Sólo un fundamento rigurosamente
científico y psicológico dará a la pedagogía la autoridad que le resulta
indispensable para conquistar opiniones y motivar la adhesión a las reformas
deseadas” [Claparède, 1912, p.19]. El Instituto debe también contribuir a la
evolución de la formación de los docentes, considerada insatisfactoria. Tiene,
así, una doble vocación: epistemológica y social. Su nombre, “Instituto de
Ciencias de la Educación” es significativo, mucho más que el patrocinio de Jean
Jacques Rousseau: no hay una, sino más de una ciencias de la educación,
de las cuales ocupa la primera línea, la psicología experimental, así como
también la psicotécnica, la pedagogía, la paidología o ciencia del niño y el
psicoanálisis.
El instituto cuenta
desde 1913 con una escuela de aplicación, la “Casa de los pequeños”, con un
consultorio médico-pedagógico y, desde 1918, con un centro de orientación
profesional. Dispone también de un laboratorio de psicología, el de Claparède
en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Ginebra.
En 1921, el joven
Jean Piaget es contratado, por Bovet, como jefe de trabajos prácticos. Bajo su
influencia, la psicología comienza poco a poco a separarse de la pedagogía, en
favor de un enfoque experimental y epistemológico. Esta tendencia se acentúa al
cabo de los años 20 y 30, con la incorporación de Léon Walter, Richard Meili y
André Rey, y consagra de hecho, la hegemonía de los psicólogos sobre los
pedagogos. A partir de 1933, Piaget toma la dirección del Instituto en
reemplazo de los viejos maestros Bovet y Claparède. Según Charles Baudouin, se
trata de una verdadera “revolución de palacio” [Baudouin, 1933]. El instituto
pierde por otra parte, su carácter privado y queda parcialmente anexado a la
Facultad de Letras de Ginebra.
La influencia de
Piaget en las orientaciones científicas del Instituto es muy evidente. Sus
trabajos sobre el desarrollo de la inteligencia en el niño relegan a segundo
plano las problemáticas escolares que habían estado en el origen de su
creación, así como también las investigaciones en psicología aplicada a la
orientación profesional. En Ginebra, la psicología del niño pasa así, en dos
decenios, del status de ciencia naciente, basando su legitimidad en la
educación, al de una disciplina que trata sus propios objetos científicos
[Hofstetter y Schneuwly, 2002].
Jean Piaget : de la
psicología del niño a la epistemología genética
Jean Piaget
(1896-1980) ha sido considerado, dentro y fuera de las fronteras de la
francofonía, como uno de los mayores pensadores del siglo XX. Terminados sus
estudios de ciencias naturales, se orienta hacia la filosofía, con inquietudes
metafísicas y sociales; quiere reconciliar la ciencia con la fe, el
cristianismo con el socialismo [Vidal, 1994]. Sus primeros intereses
científicos lo conducen hacia el psicoanálisis. En 1918 en Zurich, con Sabina
Spielrein, sigue un breve psicoanálisis, según sus propias palabras. En 1920,
en la Sociedad Alfred Binet de París, da una conferencia sobre el movimiento
psicoanalítico y, en 1922, en Berlín, en presencia de Freud, una conferencia
sobre el pensamiento del niño. Piaget, por otra parte, no ha renegado nunca de
sus amores de juventud: permaneció como miembro de la Sociedad psicoanalítica
de Ginebra hasta su muerte y buscó siempre el diálogo con los psicoanalistas.
En 1933, durante la VII Conferencia de Psicoanalistas de Lengua Francesa, en
París, el tema elegido es “Psicología genética y psicoanálisis” y todo gira
alrededor de las investigaciones de Piaget.
Llega a ser jefe de
trabajos prácticos en el Instituto Jean-Jacques-Rousseau y recién entonces
comienza a publicar las obras que van a otorgarle notoriedad: Le langage
et la pensée chez l’enfant, en 1923; Le jugement et le raisonnement chez
l’enfant, en 1924; La Représentation du monde chez l’enfant, en
1926; La Causalité physique chez l’enfant, en 1927; Le
jugement moral chez l’enfant, en 1932 y La Naissance de l’intelligence
chez l’enfant, en 1936. No se puede pasar por alto la extraordinaria
fecundidad de este periodo. Los niños del Instituto se convierten en sujetos
experimentales para Piaget, quien además observa también a sus propios hijos.
Perfecciona un método clínico original de entrevista, la interrogación crítica,
para comprender la génesis de la lógica infantil. A través del espejo del niño,
Piaget trata de sacar a la luz el proceso de construcción del pensamiento y de
adquisición de los conocimientos. Sus diferentes investigaciones van diseñando
una especie de “embriología de la razón”, que se construye poco a poco
siguiendo sus propias leyes y que evoluciona, pasando por diferentes estadios,
hasta alcanzar el nivel del adulto.
Las principales críticas que se efectúan a
Piaget, apuntan al hecho de que haya ignorado el papel de la afectividad y de
los factores sociales en el desarrollo psíquico del niño. En efecto, salvo en El
juicio moral en el niño, donde insiste en el papel capital de la
interacción social y de la cooperación en el surgimiento de la conciencia
moral, de la inteligencia y de la personalidad, el sujeto piagetiano está siempre
solo. El psicólogo lo observa, construyendo estructuras cognitivas, en pugna
con los objetos materiales más que con el mundo humano. Piaget responderá a
esas críticas, por ejemplo en el “Que sais-je?” sobre la psicología del
niño, que escribe en 1966 con Barbel Inhelder [Piaget e Inhelder, 1966]. Define
allí sus investigaciones en términos de “epistemología genética”. Con esta
expresión, designa un nuevo campo de investigación que identifica la historia y
la génesis del psiquismo con las del conocimiento. Esta dimensión lo diferencia
claramente de alguien que, en ese momento en Francia, despliega su obra de
psicólogo del niño: Henri Wallon.
Henri Wallon: el
niño, ser social
De todos los médicos
filósofos que se convirtieron en psicólogos (Janet, Dumas, Blondel), Henri
Wallon es sin duda el más médico, es decir el que asignó mayor importancia al
cuerpo como sustrato de la vida psíquica. A partir de su tesis de Doctorado en
Letras, L’enfant turbulent, en 1925, hasta sus últimos artículos, sigue
sosteniendo la misma tesis: el niño ingresa a la vida psíquica por la emoción,
ella es la que inserta al individuo en la vida social, preludio de la
representación y el lenguaje. Discípulo de Rauh en filosofía y del neurólogo
Nageotte en medicina, elabora su perspectiva de psicología genética a partir de
la observación de los heridos de la Primera Guerra mundial. La constatación de
perturbaciones durables y profundas debidas únicamente a la emoción, sin
ninguna lesión del sistema nervioso, lo conduce a superar la concepción
estrictamente psicológica de la emoción y a formular la idea según la cual los
factores biológicos y psicosociales están indisociablemente ligados en toda
conducta humana, aun en la más arcaica.
Lo esencial de las
observaciones de Wallon se desarrolla en el laboratorio de psicología del niño
que funda en 1922, en una escuela pública de Boulogne-Billancourt, siguiendo
así el ejemplo de Binet, para observar al niño en uno de sus ámbitos sociales.
En el transcurso de los años 30, varios colaboradores se acercan a él, de los
que serán importantes en psicología del niño: René Zazzo, Hélène
Gratito-Alphandéry, Maurice Prudhommeau e Irene Lézine. También organiza y
dirige el consultorio médico-pedagógico del servicio de niños anormales del
Instituto Marie-Lannelongue, en Boulogne, de 1928 a 1939. Allí reúne el
material para sus obras más importantes: Les Origines du caractère chez
l’enfant [1934] y De l’acte à la pensée [1942].
Estudiando niños
normales y anormales -su tesis se titula Les retards et les anomalies du
développement moteur et mental-, establece una relación vital y fundamental
de acción recíproca entre el niño y el medio social. Para Wallon, la
sociabilidad no se adquiere, es innata, de carácter biológico y halla su
primera manifestación en la emoción, que está en el origen de la conciencia de
sí y de la experiencia del otro. En la década del 30, las hipótesis de Wallon
están muy cerca de las que, por entonces, desarrolla Janet (cf. Cap. 6,
parágrafo “Perennidad y cuestionamiento del modelo patológico”). En Les
Origines du caractère chez l’enfant, define la emoción como el primer
lenguaje, la primera forma de sociabilidad que, en forma sucesiva, perturba,
desadapta y organiza preparándose para relaciones nuevas. Tiene también un
carácter expresivo y relacional que destaca en el texto reproducido en el
recuadro p.154-155.
Esta afirmación
basada en la dimensión social de la vida psíquica marca la principal diferencia
entre Wallon y Piaget, para quien, como lo hemos visto, la inteligencia se
nutre en lo sensoriomotriz y en la relación con el mundo de los objetos, la
afectividad no crea nada en el registro intelectual.
A pesar de la
controversia que enfrenta a Wallon con Piaget en los años 30, los puntos en
común son numerosos. Ambos quieren reformar la educación, ambos son militantes
de la Escuela Nueva y piensan que la pedagogía se debe constituir sobre la
psicología del niño. La evolución del niño, tanto de su inteligencia como de su
afectividad, no se concibe como un acrecentamiento: ambos postulan la
existencia de estadios, es decir de cambios cualitativos que implican pasajes,
incluso rupturas para Wallon. De la inteligencia sensorio-motriz al pensamiento
lógico, del acto al pensamiento, se va desplegando una historia hecha de
reorganizaciones y de emergencias. Ambos tratan de explicar esta historia en la
permanencia de sus condiciones, así como en la novedad de sus momentos. Pero
mientras que para Piaget la sucesión de los estadios es contínua, para Wallon,
entre esos diferentes momentos, se produce una crisis, el crecimiento va siendo
marcado por conflictos, como si el niño tuviera necesidad de elegir entre las
conductas anteriores y las nuevas. Para ambos, una vez superado el estadio, no
se destruye nada de lo que se abandonó.
Podemos preguntarnos
sobre el hecho de que los psicoanalistas se hayan interesado más por la obra de
Piaget que por la de Wallon, siendo que éste da mucha más importancia a la
afectividad que aquel. Varias explicaciones se pueden adelantar en cuanto al
estilo de Wallon, a su personalidad, a sus compromisos políticos y a sus
escritos teóricos: Wallon no resulta fácil ni agradable de leer. Aunque haya
dedicado toda su obra a la sociabilidad, parecería haber estado, él mismo,
desprovisto de ella. Sus compromisos marxistas lo llevaron algunas veces a
posiciones bastante sectarias. Por último, el propio contenido de sus trabajos,
la importancia que asignó al cuerpo, a la psicomotricidad, lo han mostrado a
menudo como un organicista.
La expresión de las emociones y sus fines sociales “No tener más testigo que uno mismo para sus propias emociones basta a menudo para hacerlas abortar. El niño que se cayó grita de dolor o de miedo sólo si sabe que lo oyen; en cambio si sabe que no lo escucha nadie, deja de llorar de inmediato. En soledad, la rabia se manifiesta poco y dura menos. Los sollozos crecen o vuelven a aparecer en cuanto se acercan personas sensibles, o sólo al pensar que saben o se enterarán de nuestra pena. La emoción necesita suscitar reacciones similares o recíprocas en el otro y, a la inversa, se contagia del otro con facilidad. Resulta difícil permanecer indiferente a sus manifestaciones, no asociarse a sus exteriorizaciones sean coincidentes o antagónicas. En la multitud, cuando más se borra en cada uno la noción de individualidad, las emociones estallan con mayor facilidad e intensidad. |
Resulta paradójico que lo que torna difícil la confrontación entre Wallon y el psicoanálisis sea la proximidad mal conocida de ambas partes, entre sus hipótesis y las de Freud, en especial sobre la génesis de la conciencia del yo. Recién en 1936, cuando Jacques Lacan se valió de su obra para construir su famoso estadio del espejo, el psicólogo francés ganó un reconocimiento retrospectivo, en gran medida basado en un malentendido. En cuanto a Piaget, sus trabajos fueron considerados, por los psicoanalistas contemporáneos, más fecundos aún por situarse en un terreno distinto del suyo.
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