El objeto de la historia 
d
e las ciencias
(1)

Georges Canguilhem


 

 

 

 

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Considerada bajo el aspecto que ofrece en la Recopilación de las Actas de un Congreso,  la historia de las ciencias puede pasar por una rubrica más que por una disciplina o un concepto. Una rúbrica que se expande o se distiende casi indefinidamente,  ya que no es mas que un etiqueta; un concepto, en cambio, encierra una norma operatoria o judicativa y  no puede variar en su extensión sin rectificación de su comprensión. Es así que bajo la rúbrica de la historia de las ciencias pueden ser inscriptos tanto la descripción de un portulano* recientemente hallado como un análisis temático de la constitución de una teoría física. No es vano, entonces,  preguntarse en principio acerca de la idea que se hacen de la historia de las ciencias aquellos que pretenden interesarse en ella hasta el punto de hacerla. En cuanto al tema de este hacer,  ciertamente, desde hace tiempo han sido planteadas, y continúan siéndolo,  varias preguntas. Estas preguntas son las de  ¿Quien?,  ¿Por qué? y ¿Como?.  Pero encontramos que una pregunta de principio que debería ser planteada y que no lo es casi nunca,  es la pregunta  ¿De qué?. ¿De qué la historia de las ciencias es historia?.  Que esta pregunta no sea formulada tiene que ver con el hecho de que se la cree generalmente respondida en la expresión misma de historia de las ciencias o de la ciencia.

Recordemos brevemente como se formulan la mayoría de las veces,  hoy, las preguntas por el  Quien, el Porqué  y el Cómo.

La pregunta por el ¿Quien? conduce a la pregunta por el ¿Donde?.  Dicho de otro modo,  la exigencia de la investigación y la enseñanza de la historia de las ciencias, según que ella se experimente en tal o cual dominio ya especificado del saber, conduce a fijar domicilio aquí o allá en el espacio de las instituciones universitarias. Bernhard Sticker, director del Instituto de historia de las ciencias de Hamburgo,  ha subraya do la contradicción entre el objetivo y el método (2).  Su objetivo debería ubicar a la historia de las ciencias en la Facultad de Ciencias, su método en la de Filosofía. Si se la tiene por una especie de un género, la historia de las ciencias debería tener su lugar en un instituto central de las disciplinas históricas. En efecto, los intereses específicos de los historiadores, de una parte, de los hombres de ciencia, por otra, no conducen a la historia de las ciencias más que por una vía lateral. La historia general es, ante todo, historia política y social, completada por una historia de las ideas religiosas o filosóficas. La historia de una sociedad como un todo, en cuanto a las instituciones jurídicas,  a la economía, a la demografía, no requiere necesariamente de la historia de los métodos y las teorías científicas en tanto tales, aun cuando los sistemas filosóficos tienen relación con teorías científicas vulgarizadas, es decir degradadas en ideologías. Por otro lado, los científicos no tienen, en tanto tales, independientemente del mínimo de filosofía sin el cual no podrían hablar de su ciencia con interlocutores no científicos, necesidad de la historia de las ciencias. Es muy raro, sobre todo en Francia, con excepción de Bourbaki, que incorporen los resultados en la exposición de sus trabajos especiales. Si se convierten ocasionalmente en historiadores de  las ciencias es por razones extrañas a los requisitos intrínsecos de su investigación. Existen ejemplos en los que su competencia los guía en la elección de cuestiones de interés primordial. Ese fue el caso de Pierre Duhem en historia de la mecánica, de Karl Sudhoff y de Harvey Cushing en historia de la medicina. En cuanto a los filósofos, pueden ser arrastrados a la historia de las ciencias, ora tradicional e indirectamente por la historia de la filosofía, en la medida en que tal filosofía ha demandado en su tiempo una ciencia triunfante que la esclarezca sobre las vías y los medios del conocimiento militante, ora más directamente por la epistemología, en la medida en que esta conciencia crítica de los métodos actuales de un saber adecuado a su objeto se siente tentada de celebrar el poder de esa adecuación por el recuerdo de las dificultades que han retardado la conquista. Por ejemplo, si importa poco al biólogo y menos aun al matemático probabilista, investigar qué es lo que ha podido impedir a Augusto Comte y a Claude Bernard admitir la validez del cálculo estadístico en biología  en el siglo XIX, no es lo mismo para quien se ocupa en epistemología de la causalidad probabilística en biología. Pero queda por demostrar -intentaremos hacerlo después- que sí la filosofía sostiene con la historia de las ciencias una relación mas directa que la que tiene con la historia de la ciencia, es con la condición de aceptar, por ese hecho, un nuevo estatuto en su relación con la ciencia.

La respuesta a la pregunta ¿Por que? es simétrica de la respuesta a la pregunta por el ¿Quien?.  Hay tres razones para hacer historia de las  ciencias, histórica, científica, filosófica. La razón histórica, extrínseca  a la ciencia entendida como discurso verificado sobre un sector delimitado de la experiencia reside en la practica de las conmemoraciones. en las rivalidades en las que se investiga la paternidad intelectual, en las querellas de prioridad, como aquella evocada 'por Joseph Bertrand en su  "Elogio académico de Niels Henrik Abel", que concierne al descubrimiento en 1827 de las funciones elípticas. Esta razón es un hecho académico ligado a la existencia y la función de las Academias, y a la multiplicidad de las Academias nacionales. Existe una razón más expresamente científica,  sentida por los hombres de ciencia en tanto son Investigadores y no académicos. Aquél que alcanza un resultado teórico o experimental hasta entonces inconcebible, desconcertante para sus pares contemporáneos, no encuentra ningún apoyo, falto de cualquier comunicación posible, en la ciudad científica. Y ya que, en tanto científico, debe creer en la objetividad de su descubrimiento, investiga si por ventura eso que piensa no  habrá sido ya pensado.  Es buscando acreditar su descubrimiento en el pasado, a falta momentáneamente de poder hacerlo en el presente, que un inventor  inventa a sus predecesores.  Así es como Hugo de Vries redescubrió el mendelismo y descubrió a Mendel. En fin, la razón propiamente filosófica tiende a que, sin referencia a la epistemología una teoría del conocimiento  sería siempre una meditación sobre el vacío, y que sin relación con la historia de las ciencias una epistemología sería una duplicación perfectamente superflua de la ciencia sobre la que pretende discurrir.

Las relaciones de la historia de las ciencias y la epistemología pueden entenderse en dos sentidos inversos. Dijksterhuis, el autor de "Die Mechaniesierung des Weltbildes, piensa que la historia de las ciencias no es solamente la memoria de la ciencia sino también el laboratorio de la epistemología. Las palabras han sido citadas frecuentemente y la tesis ha encontrado el favor de muchos especialistas. Esta tesis tiene un precedente menos conocido. En su "Elogio de Cuvier",  Flourens refiriéndose a la Historia  de las ciencias naturales,  publicada por Magdelaine de Saint-Agy, declara que hacer historia de las ciencias es "poner al espíritu humano en experiencia... hacer una teoría experimental del espíritu humano". Tal concepción llega a calcar la relación de la historia de las ciencias con las ciencias de las que ella es la historia sobre la relación de las ciencias  con los objetos constitutivos de las que ellas son ciencias.  De hecho,  la relación experimental es una de esas relaciones, esto sin decir que es esa relación allí, la que debe ser importada y transplantada de la ciencia a la historia. Por lo demás esta tesis de metodología histórica lleva, en su reciente defensor, a la tesis epistemológica por la cual existe un método científico eterno, adormecido en ciertas épocas, vigilante y activo en otras.  Tesis tenida por ingenua por Gerd Buchdahl (3),  con la que acordaríamos si el empirismo o el positivismo que lo inspiran pudiera pasar por tal. No es sin motivos que se denuncia aquí al positivismo.  Entre Flourens y Dijkterhuis, Pierre Lafitte, discípulo confirmado de Augusto Comte ha definido el rol de la historia de las ciencias como el de un "microscopio mental" (4) con un efecto revelador que Introduce retar do y distancia en la exposición corriente del saber científico,  por la mención de las dificultades encontradas en la invención y la propagación de ese saber. Con la imagen del microscopio permanecemos en el interior del laboratorio y encontramos una presuposición positivista en la idea de que la historia es solamente una inyección de duración en la exposición de los resultados científicos. El microscopio procura el aumento de un desarrollo dado sin el, aunque visible sólo por él.  Aquí la historia de las ciencias es aun,  respecto de las ciencias, lo que un aparato científico  de detección es respecto de los objetos ya constituidos.

Al modelo del laboratorio puede oponerse, para comprender la función y el sentido de una historia de las ciencias, el modelo de la escuela o del tribunal, de una institución y de un lugar en el que se pronuncian juicios sobre el pasado del saber y sobre el saber del pasado. Pero es necesario aquí un juez. Es la epistemología la que es llamada a proveer a la historia  del principio de un juicio, enseñándole el último lenguaje hablado por tal ciencia, la química por ejemplo, y permitiéndole así regresar en el pasado hasta ese momento en que ese lenguaje cesa de ser inteligible o traducible por algún otro, más laxo o más vulgar, anteriormente hablado. El lenguaje de los químicos del siglo XIX encuentra su vacancia semántica  en el período anterior a Lavoisier,  porque Lavoisier instituyó una nueva nomenclatura. No ha sido suficientemente remarcado,  y admirado, entonces,  que en el "Discurso preliminar al Tratado Elemental de Química" Lavoisier haya asumido,  a la vez, la responsabilidad de dos decisiones por la cuales se le hacia, o podía hacérsele, objeto de agravios: aquélla "de haber cambiado el lenguaje que nuestros maestros han hablado", y la de no haber dado en su obra "ningún estudio histórico de la opinión de los que me han precedido",  como si hubiera comprendido, a la manera cartesiana, que fundar un nuevo saber y separarlo de toda relación con aquello que ocupaba abusivamente ese lugar es un proceso único. Sin la epistemología sería imposible discernir entre dos modos de la llamada historia de las ciencias, la de los conocimientos caducados y la de los conocimientos sancionados, es decir actuales aun por actuantes. Es Gastón Bachelard quien ha opuesto la historia caducada a la historia sancionada (5), a la historia de los hechos de experimentación o de conceptualización científicas apreciados en su relación con los valores científicos recientes. La tesis de Gastón Bachelard encontró su aplicación y su ilustración en muchos capítulos de sus obras de epistemología (6).

La idea que Alejandro Koyré se hace de la historia de las ciencias,  y que sus obras han ilustrado,  no difiere fundamentalmente. Si bien es cierto que la epistemología de Koyré está mas cerca de la de Meyerson que de la de Bachelard,  más sensible a la continuidad de la función racional que a la dialéctica de la actividad racionalista,  es en razón de ésta que han sido escritos, como lo han sido, los "Estudios Galileanos" y la "Revolución astronómica". No carece, por otra parte, de interés, para evitar a una diferencia de apreciación de las rupturas epistemológicas la apariencia del hecho contingente o subjetivo, subrayar que, de modo general, Koyre y Bachelard se han interesado en períodos de la historia de las ciencias exactas sucesivos y desigualmente estructurados por el tratamiento matemático de los problemas de la física. Koyré comienza con Copérnico y termina en Newton, donde Bachelard comienza. De manera que la orientación epistemológica de la historia, según Koyré, puede servir de verificación de la opinión de Bachelard, según la cual una historia de las ciencias continuista es una historia de las ciencias jóvenes. Las tesis epistemológicas de Koyré historiador, son, ante todo, que la ciencia es teoría y que la teoría es fundamentalmente matematización -Galileo, por ejemplo, es arquimedeano antes que platónico- en tanto que no hay economía posible de error en el advenimiento a la verdad científica. Hacer la historia de una teoría es hacer la historia de las hesitaciones del teórico. "Copérnico.. no es copernicano"(7). Al invocar la imagen de la escuela o del tribunal para caracterizar la función y el sentido de una historia de las ciencias que no se prohíbe emitir juicios de validez científica, conviene evitar un desconocimiento posible. Un juicio, en esta materia, no es una purga ni una ejecución. La historia de las ciencias no es el progreso de las ciencias invertido, es decir la puesta en perspectiva de las etapas superadas, respecto  de las cuales la verdad de hoy sería el punto de fuga. Es un esfuerzo para investigar y hacer comprender en qué medida nociones o actitudes o métodos superados han sido, en su época, una superación y en consecuencia en qué el pasado superado permanece como el pasado de una actividad para la cual es necesario conservar el nombre de científica. Comprender   lo que fue la instrucción del momento es tan importante como exponer las  razones de la destrucción que la siguió.

¿Como se hace la historia de las ciencias y como debería hacérsela? Esta cuestión toca desde mucho más cerca a la cuestión siguiente: ¿de qué se hace la historia en historia de las  ciencias?.  De hecho, ella supone frecuentemente  esta pregunta como resuelta y parece que es solo por eso que no es siquiera planteada. Es lo que surgió en ciertos debates oponiendo a los que los autores anglosajones designan bajo el nombre de externalistas y de internalistas (8).  El externalismo es una forma de escribir la historia de las ciencias que condiciona un cierto número de acontecimientos -que continuamos llamando científicos mas por tradición que por ana lisis crítico- a sus relaciones con intereses económicos y sociales, con exigencias y prácticas técnicas, con ideologías religiosas o políticas. Esto es, en suma, un marxismo debilitado, o mejor empobrecido, que se da en las sociedades ricas (9). El internalismo -considerado por los primeros  como idealismo- consiste en pensar que no hay historia de las ciencias sí uno no se ubica en el interior mismo de la obra científica para analizar las idas y vueltas por las cuales busca satisfacer las normas específicas que permiten definirla como ciencia y no como técnica o ideología. En esta perspectiva el historiador de las ciencias debe adoptar una actitud teórica con respecto a lo que es sostenido como hecho de teoría, en consecuencia debe utilizar hipótesis,  paradigmas, del mismo modo que los propios científicos.

Es evidente que una y otra posición vuelven a asimilar el objeto de la historia de las ciencias al objeto de una ciencia.  La externalista ve la historia de las ciencias como una explicación de un fenómeno de cultura, por el condicionamiento del ambiente cultural global, y, en consecuencia, la asimila a una sociología naturalista de las instituciones, descuidando  enteramente la interpretación de un discurso con pretensión de verdad. La internalista ve en los hechos de la historia de las ciencias,  por ejemplo  los hechos de descubrimiento simultáneo (cálculo infinitesimal, conservación  de la energía),  hechos respecto de los cuales no se puede hacer la historia sin teoría. En consecuencia, allí el hecho de la historia de las ciencias es tratado como un hecho de ciencia, según una posición epistemológica  que consiste en privilegiar la teoría respecto del dato empírico.

Ahora bien,  la cuestión a plantear es la actitud, que podríamos llamar espontánea y de hecho casi general,  que consiste en alinear la historia sobre la ciencia cuando de lo que se trata es de la relación del conocimiento  con su objeto. Preguntémonos, entonces, de qué es historia exactamente,  la historia de las ciencias.

Cuando se habla de la ciencia de los cristales, la relación entre la ciencia y loa cristales no es una relación del genitivo, como cuando se habla de la madre de un gato. La ciencia de los cristales es un discurso sobre la naturaleza de los cristales, no siendo la naturaleza de los cristales  otra cosa que éstos considerados en su identidad consigo mismos, minerales diferentes de los vegetales y de los animales, e independientes de cualquier uso al que el hombre los someta y al que no están naturalmente destinados. A partir del momento en que la cristalografía, la óptica cristalina, la química mineral, se constituyen como ciencias, la naturaleza de los cristales es el contenido de la ciencia de los cristales, es decir una exposición de proposiciones objetivas adquiridas por un trabajo de hipótesis y verificaciones, que es olvidado en beneficio de sus resultados. Cuando Hélene Metzger escribió La génesis de la Ciencia de los cristales (10), compuso un discurso sobre discursos referidos a la naturaleza de loa cristales, discursos que, en principio, no eran buenos discursos, en los términos en los cuales los cristales se convirtieron en el objeto expuesto en su ciencia. Entonces, la historia de las ciencias es la historia de un objeto que es una historia, que tiene una historia, mientras que la ciencia es ciencia de un objeto que no es historia,  que no tiene historia.

Los cristales son un objeto dado. Aun si es necesario tener en cuenta en la historia de los cristales una historia de la tierra y una historia de los minerales, el tiempo de esta historia es él mismo un objeto ya dado  allí. Así, el objeto cristal tiene, en relación con la ciencia que lo toma como objeto de un saber por alcanzar, una independencia respecto del discurso que hace que lo llamemos objeto natural (11).  Este objeto natural,  fuera de todo discurso sobre él, no es, por supuesto,  el objeto científico.  La naturaleza no está por sí misma recortada y repartida en objetos y en fenómenos científicos. Es la ciencia la que constituye su objeto a partir del momento en que inventa un método para formar, mediante proposiciones capaces de ser integralmente compuestas, una teoría controlada por la preocupación de ser descubierta en falta. La cristalografía se constituye a partir del momento en que se define la especie cristalina por la constancia del ángulo de las fases,  por los sistemas de simetría, por la regularidad de los troncos en las cimas en función del sistema  de simetría. "El  punto esencial, dice Haüy, es que la teoría y la cristalización terminan por encontrarse y ponerse de acuerdo una con la otra" (12). 

El objeto  en historia de las ciencias no tiene nada en común con el objeto de la ciencia. El objeto científico constituido por el discurso metódico  es segundo, aunque no derivado, respecto del objeto natural, inicial, y que podría muy bien llamarse, jugando con el sentido, pre-texto.  La historia de las ciencias se ejerce sobre esos objetos segundos, no naturales, culturales, pero no sé deriva de ellos más de lo que  ellos lo hacen  de los primeros. El objeto del discurso histórico es, en efecto, la historicidad del discurso científico en tanto que esta historicidad representa  la efectuación de un proyecto interiormente normado pero atravesado por accidentes, retardado o desviado por obstáculos, interrumpido por crisis, es decir por momentos de juicio y de verdad. No se ha subrayado quizá lo suficiente que el nacimiento de la historia de las ciencias como género literario, en el siglo XVIII, supuso condiciones históricas de posibilidad, a saber, dos revoluciones científicas y dos revoluciones filosóficas; y no eran necesarias menos de dos. En matemáticas, la geometría algebraica de Descartes y luego el calculo infinitesimal de Leibnitz-Newton; en mecánica y cosmología los Principios de Descartes y los Principia. de Newton.  En filosofía, y mas exactamente en teoría del conocimiento, es decir en teoría del fundamento de la ciencia, el innatismo cartesiano y el sensualismo de Locke. Sin Descartes, sin desgarramiento de la tradición,  una historia de la ciencia no podía comenzar (13).  Pero, según  Descartes, el saber es sin historia. Fue necesario Newton y la refutación de la cosmología cartesiana para que la historia, ingratitud de un comienzo reivindicado en contra de los orígenes rechazados, apareciera como una dimensión de la ciencia.  La historia de las ciencias es la toma de conciencia explícita, expuesta como teoría, del hecho de que las ciencias son discursos críticos y progresivos, por la determinación de lo que, en la experiencia, debe ser tenido por real. El objeto de la historia de las ciencias es, entonces, un objeto no dado, un objeto al que el inacabamiento le es esencial. De ninguna forma la historia de las ciencias puede ser historia natural de un objeto cultural. A menudo ha sido  hecha como una historia natural porque identifica la ciencia con los científicos y a los científicos con su biografía civil y académica, o bien porque identifica la ciencia con sus resultados y los resultados con su enunciado pedagógico actual.

El objeto del historiador de las  ciencias no puede ser delimitado más que por una decisión que le asigna su interés y su importancia. Por otra parte siempre es así, en el fondo, aun en el caso en que esta decisión no obedezca sino a una tradición observada sin critica. Véase como ejemplo la historia de la introducción y de la extensión de las matemáticas probabilísticas en la biología y las ciencias del hombre en el siglo XIX (14). El objeto de esta  historia no depende de ninguna de las ciencias constituidas en el siglo XIX;  no corresponde a ningún objeto natural del cual el conocimiento sería la réplica o el pleonasmo descriptivo.  En consecuencia, el historiador  constituye por sí mismo un objeto a partir de un estado actual de las ciencias biológicas y humanas, pero ese estado no es la consecuencia lógica  ni el resultado histórico de ningún estado anterior de una ciencia distinta, ni de la matemática de Laplace, ni de la biología de Darwin,  ni de la psicofísica de Fechner, ni de la etnología de  Taylor, ni de la sociología de Durkheim.  Por el contrario, la biometría y la psicometría no pudieron ser constituidas por Quêtelet, Galton, Catell y Binet sino a partir del momento en que practicas no científicas tuvieron por efecto proveer a la observación de una materia homogénea y susceptible de un tratamiento  matemático. La talla humana, objeto de estudio de Quêtelet, supone  la institución de ejércitos nacionales, la conscripción y el interés concedido a los criterios de reforma.  Las aptitudes intelectuales, objeto de estudio de Binet, suponen la institución de la escolaridad primaria obligatoria y el interés concedido a los criterios de retraso.  Entonces, la historia de las ciencias, en la medida en que se aplica al objeto antes delimitado, no está únicamente relacionada con un grupo  de ciencias sin cohesión intrínseca sino también con la no-ciencia, la ideología, la practica política y social. Así, este objeto no tiene su lugar teórico natural en tal o cual ciencia, donde la historia iría a extraerla, no mas de lo que lo tiene, por otra parte, en la política o la pedagogía. El lugar teórico de este objeto no debe ser buscado más allá de la misma historia  de las ciencias, porque es ella únicamente la que constituye el dominio  específico en el que encuentran su lugar las cuestiones teóricas planteadas por la practica científica en su devenir (15). Quêtelet, Mendel,  Binet, Simon, inventaron relaciones imprevistas entre las matemáticas  y prácticas en principio no científicas: selección, hibridación, orientación. Sus invenciones son respuestas a cuestiones que se plantearon en un lenguaje que aun tenían que poner en forma. El estudio crítico de esas cuestiones y esas respuestas, he aquí el objeto propio de la historia de las ciencias, lo que basta para despejar la objeción posible a una concepción externalista.

La historia de las ciencias puede, sin duda, distinguir y admitir varios  niveles  de objetos en el dominio teórico específico que ella constituye; documentos por catalogar, instrumentos y técnicas que describir,  métodos y preguntas por interpretar, conceptos por analizar y criticar. Esta ultima tarea únicamente confiere a las precedentes la dignidad de historia  de las ciencias. Ironizar sobre la importancia acordada a los conceptos es mas fácil que comprender por qué sin ellos no hay ciencia.  La historia de los instrumentos o de las academias no es historia de las ciencias  si no se las pone en relación, en sus usos y sus destinos, con teorías. Descartes necesita de Ferrier para pulir cristales de óptica, pero es él quien hace la teoría de las curvaturas a obtener por la talla.

Una historia de los resultados del saber puede no ser mas que un registro  cronológico.  La historia de las ciencias concierne a una actividad axiológica, la búsqueda de la verdad. Es en el nivel de las preguntas, de los métodos, de los conceptos que la actividad científica aparece como tal. Es por lo que el tiempo de la historia de las ciencias no podría ser un hilillo lateral del curso general del tiempo. La historia cronológica de los instrumentos, o de loa resultados, puede ser separada según los períodos de la historia general.  El tiempo civil en el cual se inscribe la biografía de los hombres de ciencia es el mismo para todos. El tiempo del advenimiento de la verdad científica, el tiempo de la verificación,  tiene una liquidez o una viscosidad diferentes para disciplinas diferentes en los mismos períodos de la historia general. La clasificación periódica  de los elementos por Mendeleiev precipitó la marcha de la química y empujó la física atómica, mientras que otras ciencias conservaron un paso acompasado. Así, la historia de las ciencias, historia de la relación  progresiva de la inteligencia con la verdad, segrega ella misma su tiempo y lo hace de modo diferente según el momento del progreso a partir del cual se da por tarea reavivar en los discursos teóricos anteriores lo que el lenguaje de hoy permite aun entender. Una invención científica promueve ciertos discursos que fueron incomprendidos en el momento en que fueron sostenidos, tal el caso de Grégor Mendel, y anula otros discursos cuyos autores pensaban, sin embargo, que iban a hacer escuela. El sentido  de las rupturas y de las filiaciones históricas no puede venirle al historiador sino de las ciencias, de ninguna otra parte que de su contacto con la  ciencia reciente. El contacto es establecido por la epistemología, con la condición de que sea vigilante, como lo enseñó Gastón Bachelard.  Comprendida de esta forma, la historia de las ciencias no puede ser sino precaria, destinada a  su rectificación. Para el matemático moderno,  la relación de sucesión entre el método  exhaustivo de Arquímedes y el calculo  infinitesimal no es la misma que para Montucia, el primer gran historiador  de las matemáticas. Es que no hay definición posible de las matemáticas antes de las matemáticas, es decir, antes de la sucesión aun en curso de las invenciones y las decisiones que constituyen las matemáticas. "Las matemáticas son un devenir" ha dicho Jean Cavailles (16). En esas condiciones, el historiador de las matemáticas no puede obtener sino del matemático de hoy la definición provisoria de lo que es matemático. De esta manera, muchos trabajos interesantes en otro tiempo para los matemáticos pierden su interés matemático, bajo la mirada de un nuevo rigor se vuelven aplicaciones triviales (17).

De toda teoría se exige, con derecho, que provea pruebas de eficacia practica. ¿Cuál es, entonces, para el historiador de las ciencias el efecto  práctico de una teoría que tiende a reconocerle la autonomía de una disciplina  que se constituye en el lugar donde son estudiadas las cuestiones teóricas planteadas por la practica científica?. Uno de los efectos prácticos  más importantes es la eliminación de lo que J.T. Clarck ha llamado "el virus del precursor" (18). En rigor, si existieran precursores, la historia de las ciencias perdería todo sentido, ya que la ciencia misma no tendría una dimensión histórica sino en apariencia. Si en la Antigüedad, en la época del mundo cerrado, alguno hubiera podido ser, en cosmología, el precursor de un pensador de la época del universo infinito, un estudio de historia de las ciencias  y de las ideas como el de Alexandre Koyré (19) sería imposible.  Un precursor sería un pensador, un investigador, que habría hecho ya entonces un extremo del camino acabado más recientemente por otro. La complacencia en investigar, en encontrar y en celebrar  a los precursores es el síntoma mas neto de ineptitud en la crítica epistemológica. Antes de poner de una punta a otra dos recorridos sobre un camino, conviene primero asegurarse que se trata del mismo camino.  En un saber coherente  un concepto tiene relación con todos los otros. Por haber hecho una suposición de heliocentrismo, Aristarco de Samos no es un precursor de Copémico,  aun cuando éste se autoriza en aquél. Cambiar el centro de referencia de los movimientos celestes es relativizar lo alto y lo bajo, cambiar las dimensiones del universo, en realidad es componer un sistema. Ahora bien, Copérnico reprocho a todas las teorías astronómicas anteriores a la suya por no ser sistemas racionales (20). Un precursor sería un pensador de muchos tiempos, del suyo y del de los que se asumen como sus continuadores, como los ejecutantes de su empresa inacabada. El precursor es,  entonces, un pensador que el historiador cree poder extraer de su encuadramiento  cultural para insertarlo en otro, lo que lleva a considerar conceptos, discursos y gestos especulativos o experimentales como pudiendo  ser desplazados y reemplazados en un espacio intelectual en el que la reversibilidad de las relaciones ha sido obtenida por el olvido del aspecto  histórico del objeto tratado. ¡Cuantos precursores del transformismo darwiniano no han sido buscados entre los naturalistas o los filósofos o  aun los publicistas del siglo XVIII! (21).  La lista de precursores sería larga. En el límite se rescribirían, después de Dutens, las Recherches sur I´origine des découvertes attribuées aux modernes (1776), Cuando  Dutens escribe que Hipócrates conocía la circulación de la sangre, que el sistema de Copérnico pertenece a los antiguos, uno sonríe ante la idea de que olvida lo que Harvey debe a la anatomía del Renacimiento y al uso de modelos mecánicos y olvida que la originalidad de Copérnico consistió en investigar la posibilidad matemática del movimiento de la tierra.  Del mismo modo, deberíamos sonreír ante aquellos, mas recientes, que saludan a Réaumur o a Maupertuis como precursores de Mendel, sin haber advertido que el problema que se planteaba Mendel le era propio y que lo resolvió por la invención de un concepto sin precedentes, el de carácter hereditario  independiente (22). En una palabra, en tanto un análisis crítico de los textos y de los trabajos, aproximados por la observación ampliada de la duración heurística, no haya establecido explícitamente que en uno y otro investigador hay identidad de la cuestión y de la intención de la investigación,  identidad de la significación de los conceptos directrices, identidad del sistema de conceptos de donde los precedentes adquieren  su sentido, es artificial, arbitrario e inadecuado para un proyecto auténtico de historia de las ciencias ubicar a dos autores científicos en una sucesión lógica desde el comienzo a la terminación, o de la anticipación  a la realización (23). Sustituyendo el tiempo lógico de las relaciones de verdad por el tiempo histórico de su invención, se alinea la historia de la ciencia sobre la ciencia, el objeto de la primera sobre el de la segunda,  y se crea este artefacto, este falso objeto histórico que es el Precursor.  Alexandre Koyré escribió: "La noción de precursor es para el historiador una noción muy peligrosa. Es verdad, sin duda, que las ideas tienen un desarrollo quasi autónomo, es decir que, nacidas en un espíritu llegan a la madurez y aportan sus frutos en otro, y que de este modo es posible hacer la historia de los problemas y de sus soluciones; es igualmente verdad que las generaciones posteriores no están interesadas en aquellas que las precedieron sino en tanto que ven en ellas a sus  ancestros y sus precursores. Es sin embargo evidente -o al menos debería serlo- que nadie se ha considerado jamás precursor de  otro; y no ha podido hacerlo.  De modo que considerarlo como tal es el mejor modo  de impedirse comprenderlo" (24).

El precursor es el hombre de saber del cual sabemos, únicamente después, que ha corrido delante de todos sus contemporáneos y aun delante de aquel a quien se tiene por el vencedor de la carrera.  No tomar conciencia  del hecho de que es una criatura de cierta historia de las ciencias  y no un agente del progreso de la ciencia, es aceptar como real su condición de posibilidad, la simultaneidad imaginaria del antes y el después  en una suerte de espacio lógico.

Haciendo la crítica de un falso objeto histórico, hemos intentado justificar por contra-prueba la concepción que hemos propuesto de una delimitación  específica de su objeto por la historia de las ciencias. La historia de las ciencias no es una ciencia y su objeto no es un objeto científico.  Hacer, en el sentido mas operativo del término, historia de las ciencias, es una de las funciones, no la mas fácil, de la epistemología filosófica.

 

 

NOTAS:

 

* Planos de un puerto.

(1) Conferencia dictada el 28 de octubre de 1966 en Montreal, por invitación  de la Sociedad canadiense de historia y filosofía de las Ciencias. El texto fue  corregido y aumentado para la presente publicación. (En: G. Canguilhem,  Etudes d´ Histoire et de Philosophie des Sciences,  Paris, J. Vrin, 1968). La problemática de la Historia de las ciencias fue objeto de trabajos y discusiones en seminarios en el Instituto de historia de las Ciencias y de las Técnicas de la Universidad de Paris en 1964-65 y 1965-66.  Nos fue imposible no tomar en cuenta eso. En particular, una parte de los argumentos  expuestos a continuación, en el examen de las preguntas por el ¿Quién?, ¿Por qué? y ¿Como?,  se inspiran en una exposición de Jacques Piquemal, entonces asistente de historia de las Ciencias.

(2) "Die Stellung der Geschichte der Naturwissenschaften im Rahmen unserer  heutigen Universitäten",  en Philosophia Naturalis,VIII, l/2, 1964, 109-116.

(3) "On the Presuppositions of Historians of Science",  en History of Science, ed. Cromble and Hoskin, I,  1967, pp. 67-77.

(4) Discurso de apertura del Curso de Historia General de las Ciencias, en el College de France,  26 de marzo de 1892,  en Revue Occidentale, 1° de mayo de 1892,  p.24.

(5) " L´activité rationaliste de la science contemporaine",  p.25. Cf. igualmente "L´actualité de l´histoire des Sciences",  Conferencia del Palais de la Découverte. (Traduc.castellana: "La actualidad de la historia de las ciencias", en G. Bachelard,  El compromiso racionalista,  Bs.As., Siglo XXI, 1973).

(6) Ver más adelante los estudios dedicados a Gastón Bachelard.

(7) La Révolution Astronomique, p.69.

(8) Cf. el artículo ya citado de Gerd Buchdahl.

(9) Para una crítica del externalismo véase A.Koyré,  "Perspectives sur l´histoire des sciences",  en Etudes d´ histoire de la pensée scientifique, Paris,  1966. (Traduc. castellana: Estudios de historia del pensamiento científico, México, Siglo XXI, 1977).  Se trata del comentario de una comunicación de Henri Guerlac,  "Some Historical Assumptions of the History of Science",  en Scientific Change,  ed. A.C.Cromble, Heinemann, London, 1963.

(10) Paris, Alcan, 1918.

(11) Indudablemente, un objeto natural no es naturalmente natural, es objeto de experiencia usual y de percepción en una cultura. Por ejemplo, el objeto mineral y el objeto cristal no tienen existencia significativa por fuera de la actividad del minero o del trabajador de la cantera, del trabajo en la excavación o en la mina.  Detenerse aquí sobre esto constituiría una disgresión.

(12) Citado por H.Metzger, op.cit., p.l95.

(13) Véase mas adelante el estudio sobre Fontenelle, p.55. (Se refiere a  "Fontenelle,  Philosophe et Historien des Sciences", y G.Canguilhem,  Etudes a' Histoire.., op.cit. pp.51-58).

(14) Es, en parte,  objeto de un estudio en curso de Jacques Piquemal.

(15) "La practica teórica se incluye bajo la definición general de la practica.  Trabaja sobre una materia prima (representaciones, conceptos, hechos) que le es dada por otras practicas, ya sean "empíricas",  ya sean `técnicas´, ya sean `ideológicas´....La practica teórica de una ciencia es netamente distinguible de la práctica teórica ideológica de su prehistoria", L.Althusser, Pour Marx, Paris, 1965. (Traduc.castellana: La revolución  teórica de Marx, Bs.As., Siglo XXI, 1968).

(16)"La pensée mathématique",  en Bulletin de la Societé française de philosophie, CL,1946, 1, p.8.

(17) Sobre este tema, cf. Michel Serres, "Les Anamnèses mathématiques", en Archives Internationales d` Histoire des Sciences, XX,  1967, pp.3-38.

(18) "The philosophy of science and History of Science", en Critical Problems in the History of science, Marshall Clagett ed., Madison, 2d. ed., 1962, p.103.

(19) From the Closed World to the Infinite Universe, Baltimore, l957. Traducido al francés con el título Du monde clos à l' universe infini, Paris, 1962.

(20) Cf.  A. Koyré, La révolution astronomique, p.42.

(21) Para una crítica de esas tentativas, cf.  Michel Foucault, Les Mots et les Choses, pp.158-176.  (Traduc. castellana: Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1968).

(22) Cf. J.Piquemal, "Aspects de la pensée de Mendel", Conférence du Palais de la Découverte, 1965. (23) Cf. el texto de Blot,  p. 177.  (Se refiere a una nota en la página citada de los Etudes d´ histoire..., op.cit.,  obra a la que pertenece la presente traducción). (24) La révolution astronomique, p.79.

 

 

Fuente:
“ L´object  de l´histoire des Sciences”, en G. Canguilhem, Études d´Histoire et de philosophie des Sciences, Paris, J. Vrin, 1968, pp. 9-23.

Traducción:
 G.Zimmes y M. Germain.